Porque nos preguntan si existimos: Marina Colasanti + El final no existe
«Ya tengo mi maleta lista bajo la cama», me dijo Marina la última vez que nos vimos, en septiembre de 2019. Me sorprendió el sentido figurado de la frase y […]
Linternas y bosques
Expediciones a la literatura infantil y juvenil
«Ya tengo mi maleta lista bajo la cama», me dijo Marina la última vez que nos vimos, en septiembre de 2019. Me sorprendió el sentido figurado de la frase y […]
Allí también había registrado una anécdota que evidenciaba el amor de Marina por las flores y que, algunos meses después, compartí con varias fotos en mi cuenta de Instagram: «¿Qué te inspira?», le preguntaron a Marina Colasanti. «Mi mirada. La vida, las personas, los animales, las plantas…». Y cuando le explicaron que podía comerse una flor púrpura que decoraba su postre, ella dijo: «Ya sé que puede comerse, pero no soy una caníbal». 😊😍 Luego la tomó delicadamente y la puso a salvo sobre la rosa amarilla de la foto. Uno de los más lindos encuentros en la maravillosa Feria Libraq.
Y recuerdo lo que leyera en su ponencia del Seminario LIJPE 2020: «No existe una única historia de un único autor, sino que cada historia da origen a otras historias, en la formación de una red interconectada y simbólica, con un fondo mítico, cuya fuente se confunde con el surgimiento de aquello que llamamos humanidad».
De ese viaje también guardo en mi memoria: a Yolanda Reyes y a Marina retirándose a trabajar en la traducción al castellano que Yolanda hacía de los cuentos de Marina para la edición de Una idea toda azul (Loqueleo, 2020, Colombia); a Marina en el asiento del copiloto de un taxi, muy conversadora, entrevistando al conductor con su curiosidad habitual; y en un elevador, hablándole a una niña pequeña para elogiar su mochila en forma de perrito, y respetando con una sonrisa la seriedad de la niña, que no le respondió.

Aunque me había hablado de esa «maleta lista», jamás imaginé que no volvería a darle un abrazo. Continuamos escribiéndonos con frecuencia, intercambiando libros por correo postal, y la vi en varios zooms. El último, la lectura que hicimos de Cajita de fósforos. Leyó su poema «Debajo de sus cascos», en castellano y portugués, con el galope invisible, pero inevitable, del tiempo.
Y unas ‘horas mudas’, un silencio que reconocí en las imperdibles palabras que compartió en el III Seminario IBBY Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil en un hermoso video editado por su hija Alessandra, que ahora leo como despedida: «La vida es tan fugaz y eso es todo lo que tenemos. Y le damos importancia a todo lo que cabe en ella, cuando lo que cuenta es el tránsito de aire y sangre que garantizan la sístole y la diástole. Habrá un punto de mutismo por delante y el último esfuerzo de las válvulas arrojando el sol a la oscuridad y derramando las estrellas de la Vía Láctea».
No existe el punto final, sólo un descanso, y continúa una historia común, otra respiración transformadora en la que Marina seguirá tensando su arco.
Conocí la obra de Marina un 9 de marzo de 2013, durante un picnic literario en el Parque Nacional de Bogotá, como parte del cierre de un Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, el CILELIJ. Y fue una fortuna conocerla a través de la voz de María Teresa Andruetto, quien leyó en voz alta un cuento titulado «Como un collar» (Catorce perlas escurren como gotas sobre el albo cuello de la princesa. Y, preciosas, anidan alrededor de su garganta. Como un collar), incluido en el libro Entre la espada y la rosa (Babel, 2007). Mientras Tere leía, Marina escuchaba atentamente a su lado. Y al terminar, con el aplauso, ellas en un abrazo cerrado.
Me conmovió mucho esa amistad y me asombró ese cuento. Experimenté la revelación/revolución interior que provoca la belleza y la complejidad del lenguaje escrito, el lenguaje «palpitante como una vena», así lo concebía Marina. Y, además, se expandió un territorio: ¡se podían escribir cuentos de hadas hoy! «¿Qué es lo real? ¿quién mide lo fantástico? ¿no es mágico también transformarse de bebé a mujer?», preguntó Marina en aquel picnic. Empecé a leerla enseguida y, cada cuento en ese libro, con avidez.
La casualidad quiso que, un par de meses después, volviera a escucharlas a ambas.
En mayo de 2013, mientras pasaba una temporada en Buenos Aires con Mariela, que tenía una residencia artística en esa ciudad, se celebraron las Jornadas Internacionales de LIJ en el Teatro Empire, organizadas por Claudio Ledesma. ¿La conferencia inaugural? «Entre realidad y fantasía, las costuras de la creación», a cargo de María Teresa y Marina. Una conversación, en modo ponencias, realmente memorable.
Días más tarde participé en un conversatorio/taller con Marina que llevaba por título “Porque es tan difícil escribir -bien- para niños y jóvenes» cuyo eje eran las siguientes preguntas: ¿Por qué es tan difícil escribir para niños y jóvenes?, ¿Para quién escribe el autor de LIJ?, ¿De dónde habla?, ¿Dónde se sitúa la frontera entre la obra adulta y la obra infantil?, ¿Qué orienta el escritor de Literatura Infantil y Juvenil? Recuperé parte de esta historia al buscar en mis correos electrónicos. En algún otro cajón debo tener mis notas sobre ese taller.
Una casualidad más: en aquellas jornadas, a Marina y a mí nos tocó compartir un taxi, y allí tuvimos una buena conversación y me dio su correo electrónico de uol.com.br. Cuando en enero del siguiente año, en 2014, lancé este blog, la incluí en una base de datos para que le llegaran mis entradas. El primer correo electrónico que conservo de ella comentaba una entrevista que le había realizado de María Teresa. En mi respuesta le recordaba una fotos que iba mandarme para ilustrar la entrevista que le había hecho también a ella y que titulé:
Pero es curioso, no encuentro ningún correo previo ni recuerdo dónde tuvo lugar esa entrevista. Parece que fue en el mismo CILELIJ, ya que en otro correo electrónico le cuento a Nacho Padilla que conocí a Marina y la entrevisté en ese congreso. Tendría que hacer más arqueología de mails o dejarlo así: con la mística que inspiraba la propia Marina.
En 2013, el año que conocí a Marina, terminé el máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Autónoma de Barcelona con una tesina que abordaba el viaje del personaje secundario de la periferia al centro. Mi «guía en el desfiladero» había sido Las aventuras de Huckleberry Finn y utilicé buena parte de esa investigación para justificar un proyecto de creación que en 2016 se publicó bajo el título de El dragón blanco y otros personajes olvidados. Marina se mantuvo cercana en el proceso y fue siempre muy generosa con sus comentarios sobre el libro.
Uno de los cuentos, «La hermosa niña de pelo turquesa», es un homenaje a Collodi y, sobre todo a Marina. Tanto la prosa del cuento como el personaje se inspiraron en la voz y en la persona que fue Marina, tan nutricia. Siempre sentí que ella era el hada. Y se lo dije en varias ocasiones.
Por eso el año pasado que la editorial italiana, Logos Edizioni, publicó ese cuento solito, no dudé en dedicárselo:
Para Marina Colasanti, porque con sus cuentos, palpitantes como venas, transforma a los lectores en niñas y niños de verdad…
Las ilustraciones de David Álvarez son para mí también un homenaje, la veo allí. Y sólo ahora, que ha fallecido también el gran compañero de vida de Marina, el poeta Affonso Romano de Sant’Anna, releo esa historia de amor y al hada aferrada a un príncipe convertido en árbol de otra forma, pues hacía algunos años que Affonso padecía la enfermedad de Alzheimer.
Marina no alcanzó a recibir la copia física (salió por correo junto con una carta una semana antes de su muerte), pero le conté que se lo dedicaría y generosamente lo leyó en pdf, y aprobó la traducción de Federico Taibi.
“Querido Adolfo,
la traducción está perfeita.
Un beso”.
Fue el último correo que recibí de ella. Un 5 de diciembre de 2023.
Cuando volví a escribirle, varios correos, para celebrar que fuera finalista del Andersen, contarle que había propuesto un Material de Lectura de la UNAM de sus cuentos de hadas, preguntarle si podía publicar uno de sus ensayos en mi blog y más… Ya no recibí respuestas.
Supe por sus amigas más cercanas, Yolanda, Tere, que estaba un poco enferma y apartada.
Pero la veía en redes disfrutar de su nieto. Así que me sorprendió mucho su muerte. De alguna manera había imaginado que se haría muy viejita y que seguiríamos carteándonos; que quizá, algún día, la visitaría en su casa en la montaña de la que me contaba mucho.
La releo y la releo preparando ese libro para la UNAM… nos dió tanta belleza y complejidad, tanto hálito de vida; imaginamos homenajes y le agradezco otra vez esa prosa de verdad, que seguirá volviéndonos un poco menos títeres, mucho más humanos.
Publiqué originalmente esta suerte de obituario, ojalá, elegía, aquí.

«Si nos niegan la palabra oral, volátil y efímera, ¿cómo esperar que reconozcan nuestro derecho a la palabra escrita, mucho más prometedora?».
Hace 29 años, en 1996, Marina Colasanti dictó una conferencia en la Universidad de Illinois, Estados Unidos, en la que declaraba no estar ya dispuesta a responder la pregunta «¿Existe una escritura femenina?». Tenía ya casi otros treinta años escuchándola y escribiendo cuentos de hadas en un contexto en el que este tipo de cuentos eran denostados por los feminismos.
«Justamente a principios de los años 70 di inicio a unos veinte años de intensa actividad feminista, como periodista, autora y conferencista. Inclusive hice parte durante cuatro años del Primer Consejo de Derechos de la Mujer. Y nunca consideré que una cosa [la escritura de cuentos de hadas] fuera incompatible con la otra».
En 1978, Marina había logrado publicar su primer libro: Una idea toda azul, volumen atípico con reyes soñadores que preferían irse volando en cometas que invadir reinos vecinos, una niña que se bordaba un jardín propio cuya hermana lo hacía eterno dando la última puntada, una princesa cazadora que se convertía en cisne y otra más que entregaba su amor a un unicornio en desobediencia del padre…
«En la época en que los escribí hablábamos de feminismo; hoy decimos estudios de género. Sea cual fuera el rótulo, desde temprano estaban en mi ruta. Pues, ¿cómo podría pretender cualquier mínima indagación sobre el mundo y sobre la vida, sin antes establecer quién soy y cuestionar mi posición entre los demás?», continúa en su ponencia titulada «Porque nos preguntan si existimos» e incluida en la nueva edición de su emblemático Fragatas para tierras lejanas rescatado por Babel Libros (2023, Colombia) y que podrán leer a continuación.
Marina estaba amasando masa para pizza cuando la llamaron para informarle que había ganado el premio Machado de Assis, el más antiguo e importante reconocimiento literario en Brasil. Hacía 22 años que la Academia Brasileña de Letras no otorgaba el galardón a una mujer (¡!). La anterior en ganarlo había sido Ana María Machado, en 2001, un año después de recibir el Premio Hans Christian Andersen (¡quedaron a deberle el Andersen a Marina!).
Leo hoy este artículo en parte como una protesta contra esas instituciones (que tardaron 22 años en reconocer el trabajo de otra escritora), pero también como una afirmación al margen de esas validaciones masculinas.
Muchas gracias a María Osorio y Silvia Castrillón por compartir «Porque nos preguntan si existimos» para la comunidad de Linternas y bosques, y a María Teresa Andruetto, Yolanda Reyes y Sergio Andricaín por su cercanía en esta triste despedida.
Adolfo Córdova
Si yo digo: “Soy una mujer”, sé que esa afirmación no causará ninguna sorpresa.
Me permito seguir con las afirmaciones y digo: “Soy una escritora”.
Tampoco esto debería acusar inquietud. Los dos asuntos son pacíficos. No obstante, combinados, parecen producir una poderosa reacción química, cuya fórmula conduce inevitablemente a la pregunta: ¿existe una escritura femenina?
Hace veintiocho años que la estoy respondiendo. Con paciencia, con buena educación, con sincera intención didáctica. Repito todo aquello que la gente sabe, la dificultad de acceso a la educación, el control de nuestro lenguaje, la crítica exclusivamente masculina que establece los patrones, y nuestra fuerza para lograr vencer todo esto. Cuando dispongo de tiempo, hablo un poco de historia, voy hasta el siglo XIX, hablo de las Brontë, ¿quién no conoce a las Brontë? No me atrevo a llegar hasta Aphra Behn, sería abusar; pero Emily Dickinson, quien ya inspiró incluso una obra teatral, puede citarse sin riesgo de parecer pedante.
Finalmente, la respuesta es tan poco original como la pregunta, pues no soy yo quien la inventa, no soy yo quien la responde. Somos millares en el mundo entero. Justamente cuando me hallaba preparando mi intervención en esta charla, encendí la televisión y sintonicé un programa italiano de literatura llamado Pickwick. Sonriendo a la cámara, al lado del entrevistador, estaba la escritora Dacia Maraini. ¿Y qué fue lo que el entrevistador —un profesional correctísimo, dígase de paso— le preguntó? Veamos si adivinan… Hagan el esfuerzo de imaginarlo. Pues esto: “¿Existe la literatura femenina?”. Ella siguió sonriendo y respondió, educada, paciente, con los mismos argumentos que todas nosotras usamos, tal vez añadiendo algunos: la mirada femenina, el mundo de las emociones al cual las mujeres son históricamente más afectas, la relación femenina con aquello que es físico y que podríamos llamar fisicidad de las mujeres. Supongo que sabía de memoria la respuesta, después de haberla repetido infinitas veces; en Rio, en una conferencia que dictó y en la cual serví de spalla, le preguntaron exactamente lo mismo, con iguales términos, y la respuesta no fue diferente.
Desde hace años y en todos los niveles la estamos respondiendo con la mejor de las intenciones. Pero, aunque clara y justa, la respuesta ha demostrado ser ineficaz. No logra eliminar la pregunta. No logra siquiera modificarla. A pesar de todo lo que ya hemos dicho, siguen cuestionando nuestro trabajo literario, exactamente del mismo modo, con la misma insistencia, con idénticas palabras. Como si nada hubiéramos dicho.
Así pues, después de tanto responder, llegué a una convicción: el error no está en la respuesta.
Planteado esto, no volveré a comprar el pescado que quieren venderme. No seguiré aceptando esa pregunta como se aceptan las preguntas que esperan una respuesta. Me rehúso a buscar nuevos y, acaso, más convincentes argumentos. Yo que, a partir de la escritura, hace tanto me empeño en construir la arquitectura de una voz, de una voz que siendo mía es femenina, me declaro ofendida por la pregunta. Y, en vez de responderla, la cuestiono.
¿Y qué pregunta esa esa, a fin de cuentas?
Ciertamente no es nueva. Si fuera una pregunta normal, cabría esperar que con el tiempo, minada por los estudios académicos, por el intenso trabajo de la crítica feminista, por las palabras de muchas autoras, por la simple evolución e incluso por los avances de la ciencia, hubiera sufrido alguna alteración. Normal sería también que esa pregunta, tal vez pertinente hace 20 años, se hubiera desgastado y hubiese desaparecido. No obstante, ella parece superar esas barreras, conservándose totalmente inalterada, inclusive en el modo de formularse. Ningún argumento la toca. ¿Por qué?
Porque no le interesan los argumentos. No depende de la respuesta, es una extraña clase de pregunta, cuya razón de ser no reside en la búsqueda de una explicación; es la pregunta en sí y por sí.
Todo ello se hace más claro cuando vemos de qué modo ignora las evidencias científicas.
En los últimos años la ciencia ha demostrado que los hombres y las mujeres no son iguales. No nos extenderemos aquí sobre las infinitas diferencias biológicas. Nos ceñiremos, y apenas de manera esquemática, a lo que ahora nos interesa:
Sin duda hay más datos, pero creo que estos bastan para llevarnos a una deducción. Si los hombres y las mujeres usan el cerebro, al hablar, de distinta manera y si, como todo parece indicarlo, lo usan también de diverso modo para leer, parece apenas lógico que lo usen de manera diferente también para escribir. Yendo más lejos, es poco probable, desde un punto de vista puramente físico, que habiendo un mecanismo biológico particular para hablar y leer, dicho mecanismo no se manifieste en el acto de escribir.
Sería de esperar que, después de esos descubrimientos, la pregunta pasara a otro nivel. No pasó. Peor aún, con el aumento de la presencia femenina en el mundo literario, se repite con mayor frecuencia.
Dicha permanencia demuestra que su función no se ha alterado. La función de una pregunta que está en busca de respuesta cesa cuando la respuesta se obtiene. Pero si la función de una pregunta no cesa a pesar de las respuestas, debemos buscar en otro sitio su verdadera función.
Si yo digo, “este vaso es de vidrio”, estaré confirmando vaso y vidrio. Pero si pregunto, “¿es de vidrio este vaso?”, estaré planteando una duda. Ustedes, que no tienen ese vaso en la mano, que están un poco apartados de él, se preguntarán si no es de plástico. Y si alguno de quienes me acompañan en la mesa dijera, “sí, es de vidrio”, y si entonces yo le preguntara con aire de duda, “¿pero es realmente de vidrio?”, yo estaría, para muchas personas “plastificando” este vaso de vidrio.
Cuando alguien me pregunta si existe una literatura femenina, sé hoy que quien está haciendo esa pregunta no es ese alguien —los individuos no hacen preguntas de modo tan simétrico y unísono—; quien está preguntando es la sociedad. Y a estas alturas ya tengo elementos para creer que la sociedad no quiere de hecho saber si existe una literatura femenina. Lo que quiere es poner en duda su existencia. Al preguntarme, sobre todo a mí, a una escritora, si lo que hago existe realmente, está afirmando que, aunque pueda existir, su existencia es tan débil, tan imperceptible, que es muy probable que no exista.
Aquello de los que se duda está bajo sospecha. Está en suspensión. Mientras la pregunta sea aceptada, la duda lo será también. Y nuestra literatura, la literatura de las mujeres, estará suspendida en el limbo, un espacio intermedio entre el paraíso de la plena literatura y el infierno de lo no escrito. Pero, ante todo, estará en un espacio que, no siendo el suyo verdadero, sólo puede ser el espacio del plagio, de la copia. Un espacio claramente ubicado detrás del espacio literario ya reconocido como existente, el masculino.
La pregunta, hecha infaliblemente a las escritoras, actúa de modo maquiavélico, obligándolas a una definición. Que digan ellas mismas si clasifican su trabajo como femenino o no.
Ahora bien, las escritoras tienen plena consciencia de que aún hoy un fuerte prejuicio tiende a teñir de rosa cualquier obra de literatura femenina. A pesar de la ola de los años sesenta, que acogió los escritos de las mujeres en un grande y esperanzado movimiento, no logramos vencer la barrera. El prejuicio subsiste. Ciertas investigaciones demuestran que basta la palabra “mujer” en un título para espantar a los lectores hombres y entibiar el entusiasmo de los críticos. Y aunque ya no nos sea preciso ampararnos en seudónimos masculinos, como en el siglo XIX, sabemos que los lectores abordan de modo diferente un libro cuando está escrito por una mujer que por un hombre.
Muchas escritoras, pues, buscando evitar el riesgo de desvalorización al declarar femenina su propia escritura, prefieren negar cualquier posibilidad de género en el texto y se refugian en el territorio neutro de una utópica androginia. Como George Sand, repiten: “Los dos sexos son apenas uno para quien escribe, ”. Pero si en la época de George Sand tal afirmación era revolucionaria y se clavó como una estaca en el intocable y viril universo de las letras, hoy ha cambiado de sentido. Ya no podemos ignorar que en nuestra sociedad, cuando los sexos son sólo uno, ese uno es masculino. Y excluyente.
Aun en medio de esos prejuicios, numerosas escritoras subrayan la feminidad de sus textos, sobre todo en los países que vivieron más intensamente el feminismo y donde la crítica feminista ocupó espacios importantes. No puede decirse lo mismo con respecto a Brasil. El feminismo, tardíamente llegado al país a causa de la dictadura militar y obligado por lo tanto a quemar aceleradamente sus etapas, siguió entre nosotros un camino diferente. No se constituyó en un pensamiento común a todas las escritoras, o al menos a una parte considerable —o más visible— de ellas. La militancia no las tuvo en sus registros. La crítica feminista, actuando apenas en el medio académico, sin fuerza editorial, sin influencia en el mercado, sin presencia importante en los medios de comunicación, tiene pocas probabilidades de influenciar ese panorama.
Curiosamente, cuando la literatura femenina surge en Brasil, en la segunda mitad del siglo XIX, se afirma ante todo por medio del pensamiento libertario. Reunidas alrededor de revistas para mujeres, como El periódico de las señoras, El sexo femenino, Diario de las damas, y La mensajera, las escritoras intentaban no sólo proteger y desarrollar la mano-de-obra literaria femenina, sino también luchar por la liberación de los esclavos, por una mejor educación y por los derechos de las mujeres. Eran prefeministas que preparaban el terreno para las reivindicaciones que vendrían enseguida.
Colectiva y altamente politizada en su origen, la literatura femenina brasileña se despojó de esas características al entrar al nuevo siglo, dedicándose a luchar vigorosamente por un lugar importante entre los escritores hombres. Hoy en día, en los textos de casi todas las escritoras destacadas la cuestión del género está ausente.
En el mundo entero, las mujeres leen más que los hombres. Estos siempre dijeron que las mujeres leen más porque tienen más tiempo libre (entiéndase “no tienen nada que hacer”), pero, según datos recientemente divulgados por la ONU, por medio del Infome de Desarrollo Humano (1995), las mujeres trabajan más que los hombres. En el caso de los países en desarrollo, como Brasil, la carga horaria diaria de la mujer es un 13% superior a la de los hombres. Así que podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que las mujeres leen más, aunque tengan menos tiempo disponible, porque tienen más interés en la lectura. Dicha constatación es todavía más reveladora si recordamos que las mujeres representan las dos terceras partes del analfabetismo mundial.
Una investigación realizada en Francia en octubre de 1994 revelaba que, mientras un 70% de los lectores masculinos dedican el tiempo de transporte diario a la lectura del periódico, el 69% de las mujeres leen un libro. Las mujeres compran más libros, regalan más libros y recomiendan más libros que los hombres. De acuerdo con un informe realizado también en Francia sobre los libros de bolsillo de alta calidad literaria de la editorial Librio, el 71% de sus compradores son mujeres. Y otra investigación, realizada por el Ministerio de Cultura Francés entre 1973 y 1989 sobre las prácticas culturales de los franceses, nos dice que el incremento del público lector femenino es el mayor fenómeno del mundo literario. De cada diez lectores de novelas, siete son mujeres.
Estos datos nos demuestran que nuestra pregunta-tema no es ingenua. Nace de un mercado fuerte y del avance de las mujeres en ese mercado, y alude a una intensa lucha por el poder.
En primer lugar, el poder literario. Las mujeres no son sólo las que más leen; son también las que más compran libros escritos por mujeres. Y el número de escritoras —que ciertamente escriben tan bien como los escritores—, está creciendo en el mundo entero. El prejuicio ha logrado mantener la mayor parte de ese contingente femenino en un segundo plano. No es difícil advertir que, si se retira el prejuicio, habría un considerable avance femenino en el universo literario, con la consiguiente conquista de parte de ese espacio importante que los hombres, consciente o inconscientemente, consideran su propiedad.
En segundo lugar, el poder de la palabra. No me parece necesario insistir aquí en aquello que todas conocemos y sobre lo que tanto se ha escrito: el poder creador de la palabra; el exceso de fuerza que tendrían las mujeres, de por sí creadoras de vida, si disfrutaran de su libre uso; la negación de las palabras sagradas que se les ha impuesto; el comprobado abuso verbal al que se les somete día tras día mediante la interrupción y encubrimiento de sus frases. Si nos niegan la palabra oral, volátil y efímera, ¿cómo esperar que reconozcan nuestro derecho a la palabra escrita, mucho más comprometedora?
Durante siglos las mujeres fueron las grandes narradoras, aquellas que alrededor del fuego o junto a la cama conservaban vivos milenarios relatos. A estas narradoras acudieron los hermanos Grimm para construir su obra. Y ante todo gracias a las contadoras se preservó el folclor narrativo italiano como lo reconoce Italo Calvino en la introducción de la antología por él elaborada. Nadie objetó a las mujeres el ejercicio de esa tarea. Y no sólo porque se trataba de oralidad —en apariencia más perecedera—, sino porque actuaban como transmisoras de elementos culturales estratificados, como repetidoras de narraciones ya existentes y surgidas de otras fuentes; en último análisis, como mantenedoras de valores de la sociedad patriarcal. El asunto cambia de aspecto cuando se convierten en narradoras de sus propios textos.
Una vez creadoras, escapan al control, se transforman en amenaza. Es preciso retirar esa fuerza antes permitida. ¿Y qué mejor modo de hacerlo que dudar de la autenticidad de su creación? La mujer narradora, antes aceptada sin reservas, es puesta en cuestión. Se enturbia la limpidez de su voz con acusaciones de falsedad; esa misma falsedad que ya se había atribuido con éxito a la voz de las sirenas, de las hechiceras, de tantas mujeres supuestamente tentadoras que a lo largo de la historia llevaron a los hombres a su perdición. La palabra de la narradora pierde su pleno poder.
Pero la literatura trae consigo otro factor en extremo amenazante. La literatura —reconocible como tal— supone un lenguaje individual. Y el lenguaje individual es transgresión, ruptura de normas, cuestionamiento de lo establecido. Si en los hombres la transgresión es estimulada y alabada por la sociedad —de un modo o de otro, el héroe es siempre un transgresor—, en las mujeres es execrada. La heroína no es aquella que transgrede, sino la que se supera dentro de la norma, enalteciéndola. En el reconocimiento de una literatura femenina vendría integrado el reconocimiento de un lenguaje individual; y ese reconocimiento llevaría, no sólo a legitimar la transgresión causada por las mujeres sino a la afirmación inequívoca de que transgredir hace parte de su naturaleza y no afecta en nada su feminidad.
Para simplificar: al aceptar la literatura femenina, la sociedad estaría aceptando ese modelo de mujer que muchas veces ella misma niega, y que con tanto esfuerzo intentamos imponer.
Al estudiar textos sobre la existencia o inexistencia de una escritura femenina, encontramos un elemento muy revelador: la afirmación, frecuentemente repetida, —prácticamente un consenso—, de que la pregunta sobre la existencia o inexistencia de una literatura femenina se hace innecesaria a partir de un determinado nivel cualitativo de la escritura; es decir, cuando se habla de escritoras consagradas. En efecto, resulta imposible negar la calidad, la fuerza, la individualidad de un texto mundialmente aceptado, así haya sido escrito por una mujer; y no es posible negar, en esa plena individualidad, la presencia de su género. Ahora bien, teniendo muy en claro el peligro que implicaría conceder a las otras, a todas las otras, esa aceptación, se exime únicamente a las escritoras universales de todo cuestionamiento y se delimita así el riesgo de contaminación. No apunta a las grandes la pregunta fatídica. Las menores son más fáciles de atacar.
Para desarrollar más ampliamente nuestro tema, deberíamos abordar el de las mujeres en las artes, al cual está vinculado. Bástenos recordar que, así en todas las otras artes sea intensa la resistencia a nuestro trabajo —reflejada en nuestra escasa presencia en los museos, en el menor número de papeles a nuestra disposición en las artes escénicas, en el olvido de nuestros nombres, en el desinterés sobre nuestras obras, en la escasa atención de los críticos, en el sistemático intento de minimizar nuestro cupo en la historia del arte—, en ningún otro arte la pregunta se formula de modo tan explícito y constante. Acaso porque ninguno aborda la palabra en su estado puro, y porque ninguna otra forma de expresión es tan amenazadora como la palabra.
En las artes, o en la vida, poco difiere la negación de nuestros actos. Es la misma cuando se atribuyen a otros autores los cuadros de Artemisia Gentileschi, cuando no se consideran horas laborales las dedicadas a la cocina o cuando se veta nuestro acceso a posiciones directivas.
En última instancia, podríamos decir que, al contrario de lo que parece, la pregunta de si existe una literatura femenina no alude a la literatura. Y la responderemos mejor si la retiramos de su falso lugar y la incluimos en el ámbito de una cuestión más amplia: la del miedo viril a la igualdad femenina.
Para terminar, y aunque no soy muy amiga de personalismos, creo necesario, en cuanto escritora, explicar mi propia posición. Como todo el mundo, temo a los prejuicios; pero ellos me hieren más de lo que me asustan. Y siempre me he defendido enfrentándolos. Escribir, se ha dicho infinitas veces, es asumir todas las formas, es ser hombre y ser mujer, es ser animal y piedra. El escritor, como el dios marino Proteo, es una criatura cambiante. Pero Proteo cambiaba sólo de apariencia, para protegerse de los otros; el escritor, en cambio, busca en la metamorfosis la esencia, para entregarse. Y lo que siento en mí, cuando frente al computador busco la esencia del hombre, la esencia profunda del animal y de la piedra que me permitirá escribirlos, lo que siento intensamente es que la busco dentro de mí, a través de mi, a través de mi propia y más profunda esencia. Y que ella es, antes que nada, una esencia de mujer.

Es maravilloso ese texto de la conferencia de Marina y un hermoso y merecido homenaje a su memoria. Gracias por hacerlo accesible.
Libertad
Gracias, Libertad. Lo quería publicar desde el año pasado pero ya no respondía mails Marina y nos quedamos un poco buscando otro camino con su editora. Aunque lo escribió hace tanto sigue hablando mucho (lamentablemente) de este tiempo. Y de homenajes, le haremos uno en la FILUNI el próximo 29 de agosto a propósito del Material de Lectura de la UNAM que preparé de ella. Me emociona mucho. Qué lástima que ya no pudo verlo. Abrazos, Libertad.
Gracias por este sentido homenaje a Marina Colasanti.
Dejó una obra fecunda y muy hermosa, eso la mantendrá siempre viva en nuestros corazones.
NO EXISTE EL PUNTO FINAL.
¡Gracias Adolfo! Fuerte abrazo desde Argentina.
Susana López.
Susana querida, muchas gracias por tu comentario. Así es. Con ella, otra historia interminable. Leí sus últimos dos cuentarios maravillosos en portugués y son brutales, seleccioné tres cuentos de ahí, inéditos en español, par una antología que preparé y que ya pronto saldrá a la luz. En México se le lee poco, aunque sea muy conocida por La joven tejedora y por su trabajo como pensadora, esperemos que esta antología contribuya un poquito a que la leamos más. Otro abrazo desde acá.
Hola Adolfo! Este viernes se celebró en Barcelona el 40 aniversario de la revista de literatura infantil y juvenil Faristol. Te hago llegar los videos en los que sus diferentes directores hablan de su trayectoria. Está en catalán, espero que puedas entenderlo ….un abrazo!! https://youtube.com/@laurafrailev?si=RV8aCGAqjUbpGupX
Muchas gracias por compartírmelo, Laura. Qué maravilla todo lo que subes y qué bello que le hayan hecho ese homenaje. Un abrazo.