Cuando las siete jóvenes deciden abandonar la ciudad y refugiarse en el campo, la pandemia ya las ha herido a todas. La mayor del grupo tiene veinte años; la menor acaba de cumplir dieciocho. Algunas son primas, otras amigas, hay alguna vecina. Se han quedado más o menos solas en la ciudad y reconocen el terror de morirse. Así que, sin pensarlo demasiado, se van a la montaña, a la casa vacía de la familia de una ellas. Justo antes de partir, se suman tres novios. Se ha conformado una pequeña comunidad.

Una vez instalados, la mayor de las jóvenes insiste en que no haya nuevos mandatos únicos, así que propone que cada día una persona distinta coordine las actividades. Les parece bien. Con todo, pesa la tristeza, no hay quien no haya perdido algún ser querido, y se han recluido en un sitio tan aislado… La mayor de las jóvenes, que mantiene el ánimo, vuelve a tomar la iniciativa y los invita a que cuenten cuentos. Desde el atardecer hasta el anochecer, diario.

Llaman a su dinámica “novelar”, y novelando cruzan ficción y realidad. Pasarán tardes y noches allí, recluidos, y al mismo tiempo imaginándose fuera, en otros lugares, no despojados de conflictos, pero sí resistiendo a la muerte, libres de la Peste Negra de 1348.

Giovanni Boccaccio escribió la historia de estos jóvenes y las “novelas” que cuentan hace 673 años. La pandemia se encontraba en su punto máximo. El propio Boccaccio había perdido a su padre y se había aislado, probablemente en su pueblo natal, Certaldo, para traducir la experiencia traumática, que le había arrebatado un mundo, en un lenguaje que se lo devolviera o le construyera otro. Era un lector escribiéndose “un refugio en medio del gran desconcierto”, como llama Graciela Montes al territorio de lo leído, sea cual sea el contexto; ese “gran desconcierto” primigenio para el que encendimos hogueras en las que ardió el mito, la imaginación.

Fueron cien historias las de Boccaccio; más de mil páginas, como mil y una noches, escritas a mano, contadas para sobrevivir, que se popularizaron por la forma en que renovaban una prosa cercana a la oralidad, que un lector-escucha podía reconocer, memorizar y contar aquí y allá, una y otra vez.

Luego Boccaccio renegó de su creación e intentó destruir los manuscritos, pero sus jóvenes protagonistas ya se habían abierto camino de boca en boca.

Dice Maurício Santana Dias, en el prólogo de una impecable y reciente edición del Decamerón (Zorro Rojo, 2017), ilustrada por Alex Cerveny, que esta obra continuó siendo tan popular que, un par de siglos después, ingresó al primer Índice de libros prohibidos creado en 1559 por la Santa Inquisición, pero duró poco. “No hubo más remedio que volver a ponerlo en circulación quince años más tarde, aunque en una versión ‘expurgada’, para atender el clamor de sus admiradores”.

Este acto de resistencia a una institución tan poderosa, provocado por una práctica de lectura compartida (¡a lo largo de siglos!), me recuerda otro, protagonizado por expertos en leer y resistir: niñas y niños.

La noche del 10 de mayo de 1933 los nazis encienden otras hogueras de historias, sin metáfora: queman miles de libros en plazas de todo el país. Se ha ordenado la destrucción de la obra de Erich Kästner, un autor de literatura infantil crítico del nuevo régimen. Toda su obra… o casi… Hay un libro suyo que ni siquiera los nazis se atreven a quemar. Niños y niñas de toda Alemania se han hecho un lugar en él, un refugio en el gran desconcierto.

Publicado apenas cuatro años antes, en 1929, Emilio y los detectives es ya un libro favorito, pues le habla al oído a sus lectores: sucede en Berlín, con una voz familiar, la de un niño que cuenta en primera persona cómo se organiza con otros niños, sin ayuda de la policía, para recuperar un dinero que le han robado. Y lo que recuperan las y los que leen es agencia. Imaginan un orden en el que son capaces de procurarse justicia al margen de totalitarismos.

Días después de la quema nazi de libros, circulan listas de autores prohibidos, un “proceso de purificación” del que todos deben participar. Sin embargo, al llegar a la letra “K” de la lista, se lee una excepción: “Kastner, Erich: alles außer Emil”, “Todo menos Emil”. Ni siquiera había hecho falta escribir el nombre completo del libro. Emil, Emilio, se salva por pura voluntad lectora, igual que los jóvenes inventados por Boccaccio; son todos, a su vez, símbolo de resistencia: libros que resisten con protagonistas que resisten.  

Es el sueño de un tesoro enterrado en otra ciudad lo que hace al personaje del cuento “La ciudad de los cinco cipreses”, de Marina Colasanti, abandonar la normalidad. «Quiero un lenguaje palpitante como una vena«, dice Colasanti, y sentimos palpitar ese deseo de transformación en su soñador, que vende su casa y todas sus posesiones, y galopa lejos, tras el tesoro. Una fantasía de renuncia al orden. El deseo de huida hacia un lugar lejos de la muerte.

Aunque es por terror a la muerte que un joven príncipe, que ha visto morir a su padre y tíos en la guerra, levanta unas murallas tan altas alrededor de su castillo que incluso a la luz del día le cuesta entrar. “Los muros no son suficientes para detener el miedo”, le advierten sus consejeros. El príncipe lo sabe, pero no puede evitar sumirse más en su grandísimo pozo.

Hasta que, una mañana, llega un viajero. Trae 23 historias. Después de contarle la primera, el príncipe decide salir, enfrentar el gran desconcierto. Viajará con el contador de historias. Cada tarde detendrán su caravana para escucharlo. La promesa de una narración, de otra vida, hace que el príncipe alargue su viaje. Hay una que cuenta el sueño de un tesoro enterrado en otra ciudad, con cinco cipreses. El soñador nunca lo encuentra, pero imaginar que existe es su refugio.

 

Sitiados por la muerte

Escribí el texto anterior, «Leer o imaginar refugios en el desconcierto», para el suplemento «Libros UNAM» del mes de abril titulado «La resistencia de la imaginación», editado por Carlos Antonio de la Sierra (y a Carlos Antonio y a Socorro Venegas, directora de publicaciones de la UNAM, agradezco la invitación).

Esa conversación entre libros continuó después, en mis lecturas, hacia la novela más reciente de Verónica MurguíaEl cuarto jinete (Era, 2021), ubicada también en la peste bubónica que vivió Boccaccio. Pero aquí, contar cuentos de otras realidades no es la escapatoria, no hay mayor escape que la plegaria, el relato mismo de esa vida terrible sitiada por la muerte:

«Ha llegado la Peste, tal como lo advirtió el profeta Juan: irrumpió entre nosotros montada en su caballo verdoso y no podemos detenerla. Galopa incansablemente y su aliento mortífero nos derriba.

«Señor, tengo miedo. Tus criaturas no entienden Tus propósitos y se dedican a pecar, asustados por la inminencia de la muerte, en lugar de dedicar sus últimos días a la oración y a las buenas obras. Caen muertos en las calles, dentro de las iglesias, y cuando se arrodillan para recibir la comunión…».

Esta es una de las muchas voces con las que Murguía narra en primera persona el horror. Su precisión y emotividad de testigo consiguen tal verosimilitud que uno olvida que sus personajes no vivieron la peste negra y pareciera que leemos una serie de crónicas manuscritas (hechas de plegarias, confesiones, conversaciones oídas) halladas en algún monasterio medieval.

«Fue grande la mortandad entre cristianos y creyentes en esos días primeros, pues la Peste es más sabia y más poderosa que la Guerra. Los hombres caían como si los atravesaran las flechas enemigas, pero eran los dardos certeros de la Plaga; los camastros destinados a los heridos por la espada se llenaron de apestados. El morbo hizo que muchos cristianos quedaran tendidos en el campo de batalla. Las armaduras relucientes fueron para ellos el metálico sudario dentro del que se pudrieron».

Formalmente, en su apuesta por la recreación de un hecho histórico, su estructura de múltiples voces (la mayoría monólogos) y la potencia, el lirismo e incluso el misticismo de su prosa, me hicieron pensar en Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski (1961), esa otra obra monumental y laberíntica alrededor de la «cruzada de los niños» del siglo XII.

Esa presencia constante de la muerte en esta impresionante novela me condujo al prólogo de una reedición de la emblemática historieta El Eternauta de H. G. Oesterheld y Francisco Solano López (RM, 2010). Allí Juan Sasturain afirma: «Paradójicamente, la muerte totalizadora en escala, la catástrofe universal, es de algún modo la no-aventura porque, al destruir, la sociedad clausura la Historia. Ya no hay nada. Y ahí llega Oesterheld al punto que fue su disparador original cuando concibió su relato, al que llamó ‘situación Robinson’. El hombre -en este caso, el grupo humano- aislado, rodeado por una nada que en este caso no es el mar sino la Muerte. Fue ponerlos ahí y ver, cómo hizo Defoe, cómo se las arreglaban».

El Eternauta es precisamente uno de los libros que recomienda Cecilia Malem en el texto invitado, a continuación, que originalmente presentó como ponencia en la Feria del Libro de Córdoba, Argentina, 2021. «Pestes en la LIJ», formó parte de un panel titulado «Las pestes en la literatura».

Agradezco infinitamente a Cecilia su generosidad al proponerme publicarlo en Linternas y bosques. Su pertinente recorrido, de lectora experta, nos ofrece una perspectiva histórica y revela los muchos pliegues de esta experiencia. Y aunque la pandemia pareciera superada, el duelo no ha terminado y otras viejas amenazas continúan preocupándonos. Mirarnos en el espejo de la literatura, como dice Cecilia, puede hacer que las preguntas de niños, niñas y jóvenes encuentren un reflejo. Son crisis para encarar juntos, insiste Cecilia con sus ejemplos, leyendo juntos. 

Adolfo Córdova

 

Pestes en la literatura infantil y juvenil

por Cecilia Malem*

Comienzo por contarles que voy a plantear esta charla desde mi lugar como lectora, docente y como promotora de lecturas, que es lo que me dedico hace más de la mitad de mi vida. Para entrar en el tema voy a comenzar leyendo un fragmento del para mi bellísimo libro, de Liliana Bodoc: El perro del peregrino:

“Vi la lepra en Egipto —prosiguió el eunuco—. La conozco. Como siervo, estuve junto al lecho de muerte de un hombre sabio que la había contraído de tanto intentar curarla. Estuve y no me contagié. Estuve y escuché lo que el sabio repetía una y otra vez en su larga agonía. Él hablaba de agua y de amor. Lavar siete días seguidos las llagas cuando aun son blanquecinas, restregarlas con jabón áspero y enjuagarlas bien. Y junto al agua, decía el sabio, debe estar el amor. Lo escuché decir que no es la enfermedad la que mata sino el odio y la soledad… La repulsión del prójimo es lo que remuerde la carne de los enfermos. (…) Simón tiene aun las llagas blanquecinas, estamos a tiempo de intentar esa sanación. Mujer, somos tres desdichados, ¿qué más nos queda que ayudarnos?”.

Las pestes, las plagas, las pandemias, han asolado desde siempre a la humanidad. Y la humanidad ha sobrevivido y ha controlado la lepra, la viruela, la peste negra, el cólera, la fiebre amarilla, la peste bubónica, la polio…  (por nombrar algunas). Decía, la humanidad las ha superado, no sin costos inmensos en cantidad de vidas y en la desolación, el miedo y el vacío que provocaron en su tiempo.

Por eso voy a reflexionar y convidar, proponer lecturas, si es que uno quisiera leer con niños, niñas y jóvenes, literaturas que se acerquen, desde distintos lugares, al tema de las pestes y todo lo que provoca una peste, una pandemia, cómo atraviesa la vida de hombres, mujeres, niñes y cómo se ve reflejada en la literatura.

La buena literatura nos interpela, nos suscita sentimientos, reacciones, preguntas, asombros, empatía, antipatías. Nos provoca emociones. Se dice que nadie sale indemne después de haber leído un buen libro. Y si leemos en comunidad, esas emociones bien pueden ser el puntapié inicial para interesantes conversaciones literarias –aquí, claramente estoy pensando y posicionándome como docente mediadora de lecturas-  donde se posibilite un tiempo, un espacio, un ambiente en el que cada une pueda resignificar el texto desde su propia experiencia de lectura y de vida.

En íntima relación a esto, a la lectura personal como experiencia y a los significados que despierta, voy a empezar comentando un libro que habla específicamente de una pandemia. Hace muchos años leí Cuento negro para una negra noche de Clayton Bess. Esta nouvelle me conmovió profundamente, me pareció una historia dolorosa y preciosamente narrada. Claro que estaba muy lejos de mi realidad, pasaba en una aldea pequeña y lejánisima de África, donde llegó la viruela… Y la viruela llegó en el cuerpo de una bebé que abandonan en una choza donde vivía Má, con sus dos niños y su madre. Esta mujer tuvo que enfrentar la decisión de escoger quedarse con la niña y tratar de curarla, con la esperanza de que ni ella ni sus hijos se contagien, o bien deshacerse de la niña en la selva, lo que equivalía a matarla, a dejarla morir. En esos casos, qué queda sino rogar… y entonces leemos:

“Esta bebé enferma, pobrecita enferma, / Momo y Meatta aquí, / la mala viruela por doquier, / la viruela, no la puedes ver, / la viruela, no la puedes sentir, / la viruela, no la puedes oler, / flota en el aire que Momo respira; / anda en el agua que bebe Meatta; / viruela, dime dónde estás… / No vengas aquí, no vengas aquí… / Esta bebé enferma, pobrecita enferma…”

Y así, esta plegaria, esta súplica, que también es una esperanza… provocaba que yo como lectora, pudiera empatizar, entender, inmiscuirme, reflejarme en los sentimientos que en esta historia se narraban. En las conductas humanas que se adoptaban, en los sentires… Pero lejos estaba de mi experiencia de vida atravesar una pandemia.

Y llegó el COVID.

Entonces releer este libro fue leer otro libro. Y esa aldea lejanísima era mi barrio, y ese pueblo africano era mi gente; y el aislamiento, los miedos, el egoísmo, el dolor, la esperanza y la desesperanza, los gestos de violencia y, también, la solidaridad, el amor…

La enfermedad rondando, lo que no se ve pero acecha, infecta, hiere el cuerpo y el corazón. Y las decisiones, las humanas decisiones, contradictorias, dolorosas, mezquinas o totalmente desprendidas, eran tan cercanas… Cada línea me hablaba, ya no solo de África, ya no solo de la viruela… 

Me hablaba de mi encierro y mi aislamiento, la distancia necesaria, el abrazo imprescindible y postergado. Me hablaba de la precariedad de la vida. Ponía palabras al dolor, al miedo, a las incertidumbres y también a la esperanza, al futuro, al mundo que imagino y en el que quisiera vivir.

Y estas son algunas de las razones por las que compartiría este libro con niños, niñas y jóvenes. Pero fundamentalmente porque no pretende “enseñarnos nada sobre la pandemia” sino, que habla de ella desde una propuesta ética, estética, ideológica.

Podríamos también considerar, si queremos abordar la peste desde la literatura, otras lecturas que apelen al poder de las metáforas. Y así, como un desvío, poner a consideración libros que no nos hablan de la enfermedad literalmente, pero nos permiten, desde un lugar simbólico, acercarnos, pensar, procesar y hablar de todo lo que nos pasó, nos pasa aún: el miedo, el encierro, la amenaza, el otro como un peligro, el cuidado, la pérdida de seres cercanos/queridos, la imposibilidad de despedirse, la imposibilidad de juntarse, la soledad, la pobreza al descubierto, las injusticias, las desigualdades, la segregación…

La literatura es y tiene que seguir siendo una experiencia sumamente inquietante, ambigua, simbólica, alegórica…

Por eso pienso en dos libros que no hablan de la peste en sí, pero sí aluden y nos introducen en un ambiente de encierro ante un peligro mudo, turbador. Lo desconocido que sobrevuela, acecha y nos pone en peligro, en alerta. Lo que puede matarnos… Algo de lo siniestro que invade, se cuela en nuestro cotidiano y nos envuelve en la zozobra, en la inquietud y el miedo y cómo lo enfrentamos… y en esta clave de lectura podríamos considerar a: El Eternauta historieta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Oesterheld, su autor nos dice:

“Siempre me fascinó la idea del Robinson Crusoe. Me lo regalaron siendo muy chico, debo haberlo leído más de veinte veces. El Eternauta, inicialmente, fue mi versión del Robinson. La soledad del hombre, rodeado, preso, no ya por el mar sino por la muerte. Tampoco el hombre solo de Robinson, sino el hombre con familia, con amigos. Por eso la partida de truco, la pequeña familia que duerme en el chalet de Vicente López, ajena a la invasión que se viene. Ese fue el planteo. Lo demás… lo demás creció solo, como crece solo, creemos la vida de cada día (…)».

El Eternauta no habla de una peste, pero sí de una invasión, en este caso una invasión alienígena a la Tierra mediante una tormenta de nieve tóxica que si te toca te mata, que pone en jaque todo nuestro cotidiano, nuestras certezas y nuestra vida. Que acaba con la mayor parte de la población.

El encierro, las máscaras necesarias para protegerse, de algún modo remiten a nuestra experiencia pandémica, aunque el universo ficcional del autor haya sido otro (1957). Sin dudas, esta es también una aventura de supervivencia, de resistencia; pero como bien nos aclara su autor: “El héroe verdadero de El Eternauta es un Héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir intimo: el único héroe válido es el héroe «en grupo», nunca el héroe individual, el héroe solo».

Y me pregunto, al igual que con los alienígenas, ¿cómo se enfrenta una pandemia sino en comunidad? Y aquí retomo las palabras de Liliana Bodoc en el primer fragmento que leí “¿qué más nos queda que ayudarnos?”.

Otro libro en el que, a mi entender, podríamos leer algunas situaciones o sensaciones vividas en este tiempo en clave de metáfora, y casi en contraposición de ese héroe colectivo propuesto por El Eternauta, es A veces la sombra de Esteban Valentino.

El subtitulo de esta novela es: «La historia de un monstruo solitario». Y es eso: el monstruo es una sombra que no se ve pero está y aterroriza, acecha. La sombra es una amenaza constante. Los habitantes del pueblo se sienten obligados a recluirse por miedo. La sombra a su vez queda así marginada en el bosque. Historia que pone en tensión la discriminación, el rechazo, la segregación…

“El silencio se adueñaba del aire y en las casas cerradas sabían que la Sombra había salido a caminar. Las calles de tierra quedaban entonces vacías y solo los ojos miraban por entre las ventanas entreabiertas, esperando el regreso del sonido”.

Este fragmento, de algún modo, me hace pensar en los vínculos. Una de las tantas cosas fuertes que nos pasaron, además de no poder estar cerca, no poder abrazar a los seres queridos; es que el otro, la otra/ los otros, las otras representaban un peligro, un riesgo, una amenaza de la que nos teníamos que cuidar, alejarnos, evitar… y así nos encerramos, nos preservamos, nos desvinculamos… pasamos a vivir en “casas tomadas” (los que podíamos, claramente, los privilegiados que no teníamos que salir contra viento y marea, pandemia mediante, a buscar el pan).

Decía, en pandemia era necesario cuidarse los unos a los otros; pero en más de una ocasión eso se tornó en cuidarse los unos de los otros. El otro visto como posible vector de contagio se volvía peligroso y se generaron situaciones hostiles, empezamos a distanciarnos, a desconfiar.

Eduardo Galeano, allá por el 2012, mucho antes del coronavirus, nos decía:

“Somos una civilización de soledades que se encuentran y desencuentran continuamente sin reconocerse. Ese es nuestro drama, un mundo organizado para el desvínculo, donde el otro es siempre una amenaza y nunca una promesa.”

Esta idea excede a la Pandemia y también la podemos ver reflejada en la literatura, en textos que no hablan de pestes, pero nos muestran que ese temor, esa desconfianza hacia los otros puede ser una enfermedad de cualquier tiempo. Allí donde la otredad, lo distinto, nos convierte en enemigos; un otro al que hay que ignorar, cuando no anular, alejar y hasta destruir…

 

Libros que hablan de miedos, sospechas, encierros, expulsiones…

La Isla de Armin GrederLa tapa de este libro álbum ya nos coloca frente a un desafío, pues el titulo contradice la imagen. Se llama La Isla pero vemos una muralla. Primera lectura a realizar… luego nos adentramos en la historia:

1) Abrimos el libro y nos encontramos con un subtítulo: “Una historia cotidiana”. Nos detenemos nuevamente, otra línea de lectura.

2) Vemos un náufrago totalmente despojado que llega a una isla (y esto nos remite a Robinson y a Oesterheld).

3) Pero la isla está habitada y sus habitantes discuten sobre si recibir al náufrago o dejarlo librado a su suerte en el mar.

4) Deciden recibirlo. Pero miren cómo: armados, con distancia lo conducen a un establo donde lo encierran.

5) Y cada uno vuelve a su actividad cotidiana. El autor, en un segundo plano, nos muestra cómo los niños juegan y reproducen las actitudes de los adultos.

6) El hombre logra escapar de su encierro y, muerto de frio y hambre, se presenta en el poblado, y esto es lo que se genera…

La otredad como monstruosa, amenazante; la brutalidad que eso implica; la segregación, la expulsión, la ferocidad …

Como todo buen libro álbum, es tan importante el texto como las imágenes que nos van narrando con detalle lo no dicho. 

Obviamente este libro genera muchas lecturas, en clave de otredades, que, reitero, exceden el tema de la peste, pero que podría reflejar simbólicamente, algunas situaciones vividas en pandemia y fuera de la pandemia («una historia cotidiana»).

Para los más pequeños: La muralla de Sandra Siemens (2009) nos cuenta de un rey que teme a los otros, tanto, tanto que protege a su reino con una muralla cada vez más extensa, cada vez más alta, que lo mantiene solo y alejado de todo, de todos. Con mucho humor, la autora nos cuenta las peripecias de un reino que triste y patéticamente se va amurallando, de a poco, por temor a los otros.

“Y desde entonces todas las fronteras del reino quedaron completamente amuralladas. Afuera habían quedado los pobres, los piojosos y, por las dudas, los peluqueros.

Sin embargo la muralla no paró de agrandarse.

Los espías del rey tenían firmes sospechas que había otros pululando cerca. Y como la muralla ya había dado toda la vuelta al reino, empezó a crecer para adentro, enroscándose como un caracol.

Entonces las ciudades quedaron divididas. Las calles quedaron divididas. Las plazas quedaron divididas (…).

Murallas. Murallas. Murallas.

Aún así el rey Froilán no se sentía seguro, lloraba en los rincones. Y cada noche soñaba que los otros invadían el palacio para sorberle el cerebro y contaminarlo con sus pestes oscuras (…)”.

El terror a los otros, que nos llena de fantasmas, nos desvincula. Por suerte en este cuento, hay también una princesa que se anima a desafiar los mandatos del miedo y cruzar la muralla.

Y para ir terminando se me ocurre que hay temas que ya no es posible esconder bajo el manto del silencio, los prejuicios o los tabúes. Temas como la muerte. Éste es un tema que cada vez que aparece en la literatura destinada a los más chicos, sigue causando escozor, cuando no rechazo y censura.

«¡Es que son muy chicos!», «¿Para qué hablar de cosas tan tristes?». Son algunas de las razones que se escuchan. Pero abundan estos los libros que abordan la muerte y las niñas y los niños quieren saber. Tal vez porque es necesario ponerle palabras al dolor, a lo indecible, al miedo, a las preguntas que nos hacemos. Tal vez porque en este tiempo han escuchado cada día en su casa, en los informativos, contar los muertos. Tal vez porque a muchos les tocó de cerca perder un ser querido. Y, entonces, tal vez es necesario que haya un mediador que habilite un espacio, un lugar para leer, para escuchar, conversar, hablar y compartir eso de lo que no se habla… pero que sí nos pasa, sí nos conmueve, si nos atraviesa. Tal vez porque como nos dijera Graciela Cabal en su ensayo “El proceso creador”, en su libro La emoción más antigua

“Los libros como escudos, como amuletos. Los libros que me protegen de los ogros y de las brujas, aunque me hablen de ogros y brujas. Los libros que me salvan de la muerte, aunque hablen de la muerte. O, justamente porque me hablan de la muerte. La lectura y la escritura -dos caras de la misma moneda- como conjuro contra la muerte y la locura (…) Así funcionaron en mi vida. Así funcionan”.

Algunos de los muchos y maravillosos libros para niñes que abordan este tema desde un lugar sensible y estético son: El Pato y la Muerte de Wolf Erlbruch, Como si el ruido pudiera molestar de Gustavo Roldán, El corazón y la botella de Oliver Jeffers.

Se trata de publicaciones que nos interpelan. No solo hablan de la muerte sino también de qué hacemos con aquello que sentimos ante la muerte y qué lugar damos a nuestras emociones.  

 

¿Amor y humor?

Pero no nos podemos quedar ahí. La peste también se puede narrar, compartir desde el amor y el humor, y aquí se hace lugar un libro hermoso y desopilante: El secuestro de la bibliotecaria de Margaret Mahy. A un grupo de bandidos se les ocurre secuestrar a una bibliotecaria para pedir a la municipalidad un importante rescate por ella. Sin embargo, no han contado con la valentía de la bibliotecaria y tampoco con el terrible sarampión que asola la ciudad. Lo primero que sucede es que la bibliotecaria les contagia la enfermedad a todos (menos al Bandido-Jefe, ya que lo había pasado de pequeño). ¡Y eso que les había advertido antes de que algo así podía ocurrir!

-Creo que debo advertirles –dijo Ernestina- que pasé el fin de semana con una amiga que tiene cuatro niños pequeños. En la casa todos estaban enfermos de sarampión.

-No importa –replicó el Bandido-Jefe-. Yo ya lo he tenido.

-¡Pero yo no! –exclamó el bandido más próximo.

Los otros bandidos miraron a la señorita Laburnum con cara preocupada. Ninguno de ellos había pasado la horrible enfermedad del sarampión (…).

En poco tiempo todos los bandidos, excepto el jefe, sufrían ya la terrible enfermedad del sarampión. Se volvieron muy irritables y tenían las narices encarnadas y llenas de mocos (…).

El Bandido-Jefe dirigió una mirada triste a los hombres de su banda.

-¿Está usted segura de que es sarampión? –preguntó-. Me parece una enfermedad muy poco digna para un bandido. Pocas personas quedan bien con granitos en la cara, pero para unos ladrones resulta desastroso. ¿Tomaría usted en serio a un ladrón con granitos?

-No forma parte de las funciones de una bibliotecaria tomar en serio a ningún ladrón, con granitos o sin ellos –replicó Ernestina con altanería-. De todos modos, no podrán volver a robar hasta que no se recuperen del sarampión. Están en cuarentena. No querrá que les echen la culpa de extender el sarampión por todas partes, ¿verdad?”

Y así: con cuarentena, abandono municipal, persecuciones, enamoramientos y hasta catástrofes naturales irá desarrollándose esta divertida historia de Mahy, con ilustraciones insuperables de Quentin Blake, entre situaciones ridículas, absurdas y tiernas que nos hacen reír.

Porque también hace falta, y mucha falta, leer estas historias. Libros con humor, como éste, y también narraciones fantásticas, maravillosas, y de amor y esperanza y solidaridad. Y poesía, mucha, mucha poesía.

“¿Cuáles son los textos que ayudan a vivir en tiempos difíciles?”, se pregunta la antropóloga francesa Michèle Petit en su libro El arte de la lectura en tiempos de crisis, donde plantea la importancia de la lectura de literatura, los libros y la transmisión cultural para poder habitar nuestra propia vida, nuestro entorno, y formar nuestra identidad. Y entonces frente a esa interrogante, ella responde:

“Desde luego la respuesta es compleja. Ya hemos visto que hay múltiples elementos que contribuyen a la reconstrucción de uno mismo: puede ser una voz que se encuentra en un libro, y con ella una presencia, un ritmo que sostiene y arrulla; o bien un espacio que se abre, una ‘fuga’; o también la posibilidad de obtener una representación, una escenificación distanciada de lo que se ha vivido, que reactiva el pensamiento, y a veces la conversación (…)».

Creo y sostengo, que la literatura no debiera “usarse” para explicar nada, para enseñar nada, mucho menos para una sesión de autoayuda, no es esa la intención, pero sí puede, sin dudas, permitirnos pensar e interrogar el mundo.

Estas propuestas, son mis lecturas e interpretaciones y, por supuesto, no son las únicas posibles.

La idea de este recorrido es compartir libros eminentemente literarios, polisémicos, donde prima el trabajo con la palabra, las imágenes, lo connotado, los silencios. Libros, donde el autor ha tomado “decisiones literarias, estéticas, éticas e ideológicas», como bien apunta Sandra Comino en su libro Esto no es para vos.  “Entonces el tema no es solo escribir sobre la muerte, las creencias, las supersticiones, el maltrato infantil, el amor, las guerras, las dictaduras [las pestes, las pandemias] sino cómo se cuenta lo que se cuenta, cómo se escribe lo que se escribe y eso es literatura”, afirma Comino.

Y yo agregaría: cómo se lee esa literatura. A veces funciona como espejo donde nos reflejamos y podemos reconocernos y otras veces como ventana, para mirar más allá e iluminar otros mundos, otras realidades… Desde ese lugar ha sido pensado este convite de lecturas.    

 

*Cecilia Malem es maestra de nivel inicial. Realizó la Maestría de Literatura Infantil que dirigiera la profesora emérita, Ma. Luisa Cresta de Leguizamón, «Malicha». Más tarde trabajó en el Programa de Promoción de la Lectura «Volver a Leer», de Córdoba, junto a Graciela Bialet, que se transformó luego en uno de los primeros planes de lectura del país. A partir de 2008 trabajó como parte del equipo técnico, primero, y como coordinadora regional después, del Plan Nacional de Lectura que dirigiera Margarita Egers Lan. Ese proyecto, en el que participó hasta 2015, implicó una política pública nacional de lectura que la concebía como un derecho de todas y todos. En la actualidad sigue desempeñándose en sus trabajos más queridos: la de promotora de lecturas y formación de lectores como parte del equipo técnico del Plan Provincial de Lectura de Córdoba y como docente en un Instituto Superior de formación docente; y tutora del curso: “El derecho a la lectura. Prácticas y estrategias para la formación de lectores” del PNL-INFOD.

 

Entrada No. 228.

Autor de «Leer o imaginar refugios en el desconcierto»: Adolfo Córdova.

Autora de «Pestes en la LIJ»: Cecilia Malem.

Ilustración de portada: Jorge Alderete para El Eternauta (RM, 2010). 

Fecha original de publicación: 19 de mayo de 2022.

 

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