Oímos como si un cocodrilo saltara al agua. «En el río no hay lagartos, es muy caudaloso para ellos», nos explica Don Beto, lanchero. «Esos andan en corrientes más tranquilas». Lo que se oyó caer fue un lagarto de tierra que desaparece al tocar el agua. El río tiene hambre siempre. Va desgastando los fondos de sus márgenes hasta que se desploman los suelos. Así se forman esos paredones. «En tiempo de secas el Papaloapan parece un cañón», sigue Don Beto. Hay gente que ha perdido su platanal o parte de su milpa. Corre y come el río, consiguió tragarse un cerro entero; un lugar, por cierto, encantado: el Cerro de la Campana, con burros fantasmas y cuevas diabólicas. Navegamos arriba de ese cerro sumergido. En un mes el agua habrá subido tanto que terminará de cubrir algunas copas de árboles que parecen arbustos flotantes. Ahora, una garza morena se posa en un sauce; pronto, se posará un bagre azul.

Hacemos un recorrido río arriba en una lancha del patronato de Tlacojalpan. Nos acompaña también Don Gerardo, cronista ciego que prepara un libro en imágenes de la historia de su municipio. Pregunta por dónde vamos y nos dice qué ver. Mira con su memoria. Y cuando Don Beto apaga el motor de la lancha, Don Gerardo nos invita a sumergirnos: «Escuchen el agua».

A finales de julio de 2021, a lo largo de seis días, escuchamos al río y a quienes lo nombran o callan. Niñas y niños ribereñes que se bañan y juegan en el Papaloapan hasta que les salen escamas o que apenas mojan los pies, a escondidas, y se echan clavados imaginarios en tierra; jóvenes que atraviesan en bici puentes colgantes, cargando matas de plátano o antiguas figuras labradas en piedra; adultos que recuerdan su infancia pescando mojarritas con lombriz y vara de otate o fabricando balsas de lirio acuático para escapar de la escuela…

Las palabras y los cuerpos hacen y deshacen el río ante nosotras y nosotros… que escribimos diarios, grabamos entrevistas, tomamos fotos, dibujamos, conversamos, damos talleres y, al cabo de un año, publicamos un libro. 

Hacemos nuestro río es un fotolibro infantil, compuesto por cuatro cuadernillos, un flipbook y un mapa, realizado por un colectivo del que formé parte e integrado también por las fotógrafas Dolores Medel y Enero y Abril, el ilustrador Cuauhtémoc Wetzka, la mediadora de lectura Cecilia Pompa, la diseñadora Deborah Guzmán, la editora Catalina Pérez Meléndez y la coordinadora editorial Josefa Ortega, también directora de Casa Gallina, un proyecto cultural transdisciplinario ubicado en Ciudad de México que «se concibe como un laboratorio de experiencias grupales de resiliencia, regeneración ecológica y creatividad». 

Esta vocación coral de Casa Gallina, también casa editorial de este y muchos libros más, hizo que las autorías se diluyeran. Desde ese título escrito en tercera persona del plural, Hacemos nuestro río, se evidencia una creación resultado de un proceso de colaboración con niñes y jóvenes que describieron al río Papaloapan, intervinieron fotografías, nos contaron historias e imaginaron ríos soñados. En esta publicación de Instagram, algunos ejemplos de esas imaginaciones:

La colaboración también fue con adultos a través de entrevistas y charlas informales: queríamos mirar desde distintas perspectivas y tiempos al río. La orilla del presente que habitan niñas y niños y la orilla de la memoria desde la que les mayores recuerdan su infancia ribereña. Catalina Pérez, la editora y quien propuso el proyecto a Casa Gallina, es originaria de Tlacojalpan, así que su familia también hizo el libro. Su papá, Don Freddy Pérez y su tía Doralina Pérez Juárez fueron clave, además de Mario Cruz Terán del hostal Luz de Noche, Rosa María Amador Miranda del Complejo Cultural Casa de las Mariposas y el profesor Argimir Rangel Pitalúa. De entrevistas a cada uno de ellos escribí poemas.

Foto: Catalina Pérez.

Los integrantes del grupo hicimos expediciones entre junio y agosto de 2021, de la montaña al mar por el río Papaloapan, el segundo más caudaloso de México; de Mil Islas, Oaxaca, a Alvarado, Veracruz; por carretera y río; en distintos momentos, no siempre todo el colectivo junto.

En mi cuenta de Instagram fui compartiendo algunas de las notas en mi diario de viaje: síntesis de lo que pasaba en los talleres, voces diversas de los habitantes y algunas anécdotas o primeros esbozos de poemas. Uno de los momentos que más recordamos fue el de los clavados en tierra firme:

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Regresar un año después, ¿en serio?

Al principio de cada taller, le contábamos a les niñes que estábamos ahí para hacer un fotolibro sobre el río Papaloapan y sobre ellos y ellas. Eso les causaba una primera cara de asombro. Cuando al final nos despedíamos diciéndoles que volveríamos a vernos, al año siguiente, ya con el libro publicado, algunas caras eran de incredulidad (acostumbradas quizás a las muchas promesas adultas no cumplidas). Recuerdo a un niño de Tlacotalpan que me miró suspicaz y me dijo «¿A poco?, ¿en serio?».

¡Sí! ¡Y volvimos! Exctamente un año después, en julio de 2022. Esta vez todo el grupo junto. Y con muchos libros para dar a niños y niñas que habían sido parte y muches otres que recién conocíamos pero que habían aceptado la invitación de participar nuevamente en un taller-expedición para habitar el libro y zambullirnos en ríos.

La expresión de las niñas y los niños era otra vez de incredulidad cuando veían que en efecto habíamos vuelto con esas cajitas-libro tan bellas y que su voces estaban ahí, en los poemas, y el paisaje que ven diario, en fotos y dibujos o incluso sus propios retratos, pero ahora era esa incredulidad que se nombra como «increíble».

Seguramente fue la primera vez que la mayoría de ellas y ellos tenían en sus manos (y para llevar a casa) un libro que hablaba de niñeces del Papaloapan, de su entorno, con texturas, colores, animales, casas, personas cercanas. Mucho se ha estudiado el efecto positivo, en el proceso de subjetivación que describió Michel Foucault, que implica reconocerse en un libro. 

Sigue habiendo tantas infancias no representadas en la literatura infantil y juvenil que circula en la actualidad, que cuando Catalina me invitó a ser parte del proyecto, con características tan inusuales (fotolibro, infantil, colectivo, de distribución gratuita…) acepté sin dudarlo. 

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Descarga gratuita del fotolibro

Quise dejar testimonio en mi blog de Hacemos nuestro río, no sólo para compartir este y otros libros de libre descarga, sino porque siento que la experiencia es representativa de un año en el que conocí muchos proyectos que buscan la participación creativa y crítica de niñas, niños y jóvenes (y sus comunidades) en el mundo… para hacerlo muchos mundos. Este libro es mi deseo de año nuevo. Más procesos así.

En ese sentido Casa Gallina es modélico. «A través de sus plataformas, Casa Gallina busca inocular, impulsar y vitalizar iniciativas y propuestas sobre resiliencia, medio ambiente, creatividad en modelos alternos de asociación, y estilos de vida de consumo responsable».

Buena parte de sus programas están enfocados en infancias y libros informativos, por eso recomiendo ampliamente echar un ojo a todas sus publicaciones. Aunque la creación de Hacemos nuestro río no tuvo en su centro un objetivo didáctico, sino más bien estético, sí tiene un aspecto documental y de mapeo, del cruce entre cultura, infancia y naturaleza, que puede propiciar reflexiones comunitarias vinculadas al cuidado del entorno (tema que era mi especialidad cuando trabajaba de reportero de tiempo completo y al que disfruté mucho volver con un libro infantil).

Libre descarga del PDF aquí. 

Hacemos nuestro río

«Publicación de contenido fotográfico dirigido a niñas y niños en la cual se presenta el recorrido de las artistas veracruzanas Enero y Abril, y Lola Medel por los paisajes ribereños de la cuenca del Río Papaloapan. Con sus fotos ellas comparten algo de su experiencia, las sensaciones y encuentros con los elementos naturales que convergen con el río. Al mismo tiempo, esta publicación es tejida con la perspectiva literaria del escritor, también veracruzano Adolfo Córdova. Las manos e imaginación del ilustrador originario de la sierra de Zongolica, Cuauhtémoc Wetzka, crearon un mapa con las estrategias mediación de Cecilia Pompa para proyectar cartografías pasadas y presentes que hacen la vida en los diversos puntos de las localidades aledañas a la cuenca mediante elementos contextuales en un mapa que propicie el conocimiento sobre el río y su entorno. Buscamos que esta publicación invite a les niñes habitantes del Río Papaloapan a que lo reconozcan bajo su propia mirada y construyan sus ríos personales. Este proyecto pretende también que pequeños que habitan otras zonas, con o sin ríos, puedan establecer relaciones más empáticas con el resto de las especies con las que compartimos el planeta».

El mapa

Frente y vuelta del mapa-papalote de Cuauhtémoc Wetzka, con sugerencias de actividades de Cecilia Pompa, contenido en el fotolibro:

¿Y el libro impreso?

Si eres mediador(a) de lectura mantente pendiente (en las redes sociales de Casa Gallina) de las próximas exposiciones de Hacemos nuestro río en donde habrá ejemplares disponibles para mediadorxs y promotorxs comunitarios.

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Viajantes de ríos

Comparto también una serie de textos (extraídos del cuadernillo «Los viajantes» del fotolibro) en la que todo el grupo cuenta su vínculo con el río y esta experiencia particular. El primer texto es de la editora, Catalina Pérez:

Foto: Dolores Medel.

“El viaje empieza en una biblioteca”, dijo un escritor muy vago que se llama Michel Onfray, y nosotros pensamos que termina cuando lo contamos en una bitácora ¿tú qué piensas? 

A los viajeros nos gusta escribir, hacer poemas y mapas, guardar recuerdos, tomar fotos de lugares increíbles y anotar detalles de plantas y animales inclasificables. La verdad, nos emociona mucho contar de todo un poco en nuestras bitácoras.  

Y bueno, en el momento en que abriste esta maletita-biblioteca de viajantes,  ¡te convertiste en parte de la tripulación! 

Así que como todo buen explorador te toca ahora contarnos de ti, y de tus recorridos por el río de las mariposas o por otros ríos ¿exploras por debajo del agua, sobre una isla de lirios o sobrevuelas el río con un dron? ¡Lo que se te ocurra, cuéntanos!

Los viajantes fuimos Enero y Abril, Dolores, Adolfo, Catalina, Cecilia, Cuauhtémoc y Casa Gallina, y ahora te contamos un poco de nuestros ríos. 

Foto: Enero y Abril.

 

Enero y Abril 

Enero es, (soy) una niña en verano. Las vacaciones más largas. 

Todas mis tías y mis primos vuelven a Veracruz. Pasamos esos días viviendo en casa de mi abuela materna, Adela. Algunos días vamos al pueblo vecino, El Aguaje, nos bañamos en las pozas que le dicen Las quintanas. Llevamos comida, pasamos el día ahí. Soy de las más pequeñas así que permanezco cerca de la orilla, en secreto he tenido un par de espantos donde por aventurarme he sentido breves ahogos. Mis primas más grandes se suben a una piedra y se avientan clavados. Cuando no tienen tiempo de llevarnos ahí, nos vamos solas por el traspatio de mi tía Charo a donde hay una zanja. Con piedras hacemos pozas pequeñas, metemos peces en nuestras playeras mojadas como si fueran peceras o albercas. A veces el río crece, sube, incluso encima del puente, y los carros ya no pueden pasar. Una vez se metió a casa de mi tío Gustavo. Otras veces la gente puede cruzar caminando, pero otras el río se lleva árboles, personas. Cuando crece y es fuerte, es de color café, viene revuelto. 

También crecí cerca de otro río que se unía con el mar, en el pueblo de mi familia paterna. En Semana Santa hacíamos lunadas a la orilla de ese río/mar (que a veces también crecía y se llevaba las pequeñas construcciones que pretendían sostenerse frente a ellx). Éramos niñxs que corrían solxs, libres entre los ríos, libres con el mar, bajo nuestro propio riesgo y nuestro aventurado cuidado. Los adultos hacían fiestas en las que se olvidaban de ellxs, y también de nosotrxs. Soy Abril y tengo treinta años, sé que mis sobrinas conocen ese mar, pero ya no saben mucho de ese olvido porque las crianzas cambian, ya no saben de esa zanja porque los ríos no siguen como eran antes. Porque las aguas cambian, porque a veces se secan, porque a veces son cafés aun cuando no están revueltas.

Cuando me bajé a tierra después de mi estadía dentro de la laguna, sentí mis pasos raros. Soñé con la sensación de estar en el agua, no nadar, sino vivir flotando, en la superficie de la tierra o golpeando apenas al agua para moverse por encima de ella. Cada mañana de esos días, Tío Lino decía mi nombre en la ventana y salíamos en la mañana fresca, antes de que el calor lo invadiera todo. Tío Lino sabe perfectamente donde se mira el sol, donde se esconden los animales y cómo mirarlos de cerca. Conoce las zonas más altas de los cerros, el camino que conduce cada brazo de la laguna: de ese río/mar, Tío Lino sabe el idioma del agua. 

Agradezco a Carlos García por enseñarme el oficio del documental, por su amistad y apoyo.
A la M. en E. Blanca Elizabeth Cortina Julio del Instituto de Investigaciones Biológicas de la Universidad Veracruzana, por la vinculación. A la comunidad de Nacaste por su hospitalidad, generosidad y por todo lo que me permitieron aprender de su región. Principalmente a Tío Lino por ser guía, maestro y mago y a Lucía Ramírez por abrirme su hogar. Gracias a Gigi por encaminarme en este viaje. 

A todas las formas del agua por ser clave y fuente de vida en resistencia. 

Foto: Dolores Medel.

Dolores Medel 

Cuando fui niña, viví junto a un río. De ese río emergía un nacimiento de agua que nos quitaba la sed cuando jugábamos a ser exploradores de la selva. Luego quise explorar más cosas y más lugares y me convertí en fotógrafa, así que ahora viajo por ríos, mares, selvas y a veces también viajo en el tiempo, solo para hacer fotos.

Gracias a la fotografía juego con mariposas, unicornios y peces de colores que aparecen en mis imágenes y en mis sueños. Y las mariposas brillan como brilla el reflejo del sol en el río, en ese río que nació para ser dador, para mantenerse cálido y nunca dejar de hacernos temblar.

Río remolino, lagarto, rana, ¡salto!, sapo, rata y ratón. Río tortuga, serpiente, pez, manglar, isla, desborde y platanal. Puente colgante, casitas de colores, perritos a nado, lancha, panga, lluvia y humedad.

Nosotros hemos visto el río con ojos de niña, de niño, con la mirada que se extiende cuando se usa una cámara de fotos. Y caminamos, navegamos, vivimos la noche, sentimos el río, escuchamos estrellas, olimos la luna y vimos una barca desaparecer: entonces las mariposas brillaron, brillan siempre.

Gracias a cada una de las personas que se involucraron en esta aventura ribereña, en especial a las infancias que nunca dejan de soñar.

 

Adolfo Córdova  

Antes de llegar al río, ya había empezado a navegarlo. Primero en mi memoria. Nací cerquita del mar, en el puerto de Veracruz, pero desde pequeño hubo ríos en mis juegos, en las palabras que escuchaba y tras la ventana del auto que manejaba mi papá. El río Jamapa, que desemboca en Boca del Río; el río La Antigua, que me encantaba atravesar por puente colgante; el río Los Pescados y sus rápidos, cerca de Jalcomulco, donde por poco y no la contamos, mi familia y yo; y, claro, el río Papaloapan, el más sonoro y caudaloso de todos. Del mar al río y de regreso. Después de nacer, seguí nadando en alberca, mar y río. “¡Ya pareces mojarra!”, me dijo una vez mi abuelo. Por eso cuando Catalina me invitó a ser parte de este proyecto, fue como escuchar otra vez ¡mojarra! y salté sin dudarlo.

Ya que desde hace 13 años vivo en la Ciudad de México, que solía estar atravesada por muchos ríos, ahora cubiertos de asfalto, la palabra “río” en mi vida se volvió sinónimo de camino, viaducto, carretera (que es también una manera de pensar los ríos). Y por una carretera, que ya se me hacía más río de piedra, llegamos hasta Chacaltianguis. De equipaje, además de cuaderno y pluma, llevé un par de libros con los que había empezado a empaparme meses antes: Ante un cálido norte, poemas del veracruzano José Luis Rivas, y ¿Qué es un río?, poema ilustrado de la búlgara Monika Vaicenavicienè.

Fue un viaje excepcional. A lo largo de una semana fuimos río arriba, hasta Mil Islas, y río abajo, hasta Alvarado, en equipo cómplice, “la comunidad del río”, podríamos decir, encontrándonos con muchas personas que aman la cuenca de las mariposas y otras que no tanto porque no la conocen o conocen sólo una de sus caras, la peligrosa.

Como soy periodista, disfruté mucho conversando con la gente. Al escucharles hablar, escuchaba ya posibles poemas, pues sus palabras fluían con musicalidad de agua. Leyeron o leerán en este libro muchas de esas voces, algunas casi transcritas directamente de mi libreta, otras inventadas, otras que son mezcla. En toda escritura fluyen muchas corrientes. También me inspiraron voces impresas en otros dos libros con los que me topé en el viaje: Sabores ancestrales de la Cuenca de Eréndira Gorbea, Leopoldo Meneses y otros autores y Tlacotalpan en la historia: 1200-1914 de Raúl Márquez Martinez.

Y aunque ya hace varios meses que volví, siento que una parte de mí sigue allá. El Papaloapan revivió los ríos de mi memoria y mi asombro de infancia. De hecho, Guillermo, uno de los niños que conocí, sin saberlo, me regaló un tesoro: el recuerdo de un juego ¡que había olvidado por completo!: llenar una cubeta de agua y hacer un remolino con la mano. Pasé tantas horas en ese juego, fascinado por las formas del agua y su fuerza (provocada por mi propio movimiento), que pienso es una buena manera de resumir mi experiencia de viaje. Siempre que corra agua por mis manos recordaré lo sagrado del juego y del río. Y de encontrarnos entre juegos y ríos.

Muchas gracias a todas las niñas y todos los niños y sus familias, por sumarse a esta aventura de mirar el río con ojos de amor y respeto y jugar a imaginar ríos y cuentos. Gracias por ayudarnos a hacer este libro. 

Y en también a nuestro capitán de río y tierra, Don Freddy y a toda la cofradía de amigos y amigas del río Dora, Lalo, Beto, Mario, Argimir Rangel Pitalúa, Mariacris, Pepepaco, Judith Medina, Rochi, Beto Dorantes, Eliseo Hernández “Tallo”, Mario, Gerardo (Don Lalo).

 

Cecilia Pompa  

Soy Cecilia y me dedicó a compartir actividades, talleres y exploraciones con niños y niñas de la Ciudad de México, enseñándoles algunas cosas que yo también he aprendido sobre arte, naturaleza y el medio ambiente. Durante los últimos años, el espacio donde hago esto se llama Casa Gallina, una casa grande con un huerto muy bonito, donde vecinos de la Colonia Santa María la Ribera hacen diferentes actividades.

He conocido a muchos niños y niñas cuando visitan algunos museos, como el Museo Nacional de Antropología, el Museo Jumex y el Museo de Geología, donde he podido trabajar para que disfruten estos lugares de maneras diferentes a como están acostumbrados.

Estudié en una escuela de Artes en Xochimilco, un lugar dentro de la ciudad pero en el que sobreviven las chinampas y crecen muchas plantas. Eso me hacía no extrañar mucho mi casa, ya que crecí en un pueblo pequeñito del Estado de México llamado Tultepec, donde truenan muchos cohetes y también sobreviven algunas milpas y el campo.

Foto: Dolores Medel.

Cuauhtémoc Wetzka

En un lugar al que llaman altas montañas en Veracruz, nació un río que se llama Tonto, es delgadito pero largo, largo, tan largo, que esculpe la tierra de la Sierra hasta llegar a Oaxaca. Ahí, en las altas montañas, también nací yo, en el pueblo de Zongolica, el pueblo de la “cabellera retorcida”, eso quiere decir en náhuatl: Tzontli, cabellera y Coliuhqui, retorcida. Eso lo sé porque mi lengua materna es el náhuatl. Mis abuelos hablaban nuestra lengua, y a veces aún hablo en náhuatl con mi abuela Trinidad, ella me enseñó a descubrir y a mirar otros mundos.

A mi abuelito ‘No kokoltzi’ Joaquín, cantor, panadero y maestro, lo conocí por su biblioteca. Y así de imaginar y mirar libros, creo que aprendí a dibujar antes que hablar. Ahora soy inventor de paisajes, experimento con diversos materiales para crear mundos que vienen de mi imaginación. Casi con cualquier cosa. Todo lo que encuentro me sirve: cartón, madera, hojitas, fibras de coco, la mancha que se extiende en el mantel, a veces ¡hasta a un panal le encuentro forma de continente!

Hago también una biblioteca de fotos que inspiran mis ilustraciones. Y así “Ne nik temiktia míak iwan ni mawiltia iwan amoxtli”, es decir “Yo sueño mucho y juego con libros”. Distintos tipos de libros. Por ejemplo, un mapa puede ser un libro en el que leas paisajes. Y para nosotros los viajantes, hacer historias de paisajes es hacer nuestra propia historia, por eso me gustó mucho viajar para guardar recuerdos e imaginar una cartografía del Río Papaloapan. En mi viaje platiqué con pescadores, con niños y mujeres, observé aves y peces que no conocía. Me contaron que el río y su entorno ha cambiado mucho y seguirá cambiando. Por eso dibujar también es hacer historias. Ya sea el retrato de un ave que acompañe un poema, mariposas revoloteando entre páginas, o con un gran mapa de un río podemos compartir montón de cosas curiosas sobre un lugar. ¿A ti te gusta crear historias propias de tus viajes y dibujar para otros?

En Zongolica cuando nos despedimos decimos “chikawatika timotaske” esto quiere decir que le deseamos fuerza a la otra persona y esperamos verlo pronto.

 

Catalina Pérez

De niña cuando viví en Tlacojalpan no tuve oportunidad de visitar, ni de conocer cómo era una biblioteca. A mí desde chiquita me gustaba leer. Y cuando crecí, me hice bibliotecaria. Cuido libros. Me dedico a mirar montones de libros de todo tipo a donde quiera que vaya. Los libros  para niños como éste son de mis favoritos. Ahora con Adolfo, EneroyAbril, Cecilia, Cuauhtémoc, Deborah, Josefa y Lola, hicimos estos libritos para niñes ribereños ¿Pero qué es un niñe ribereño? Yo creo que son niñes como tú que sueñan ríos, le cantan, tiran piedras, nadan en las orillas cuando se forman sus playas, y también pescan.

Mis hermanos y yo nunca fuimos al río de chiquitos. Luego sí, pero creo que como es muuuuy largo el Papaloapan, con muchas curvas, playas  e islitas, pues cómo que aún no sé qué es. Tuve que volver muchas veces. En mi último viaje, me subí a una lancha con mi papá, y me contó que a media hora caminando desde la orilla se llega a Playa María. Ahí viven muchos parientes. Y me mostró el brazo del río viejo, por  que tú sabes que los ríos tienen cuerpo,y  bailan entre rocas, ¿cierto? Bueno, eso lo aprendí hojeando un libro sobre cómo leer paisajes. Me quedé con el ojo cuadrado cuando supe que desde las montañas se van haciendo venitas de agua que escarban sobre la tierra, se vuelven arroyos y se ensanchan hasta convertirse en un río serpenteante como el Papaloapan.

Ahh, fue imposible navegar sobre el brazo del viejito río, sólo con chalupa se puede recorrer. Ni modo. Desde que hicieron la Presa Miguel Alemán, le dijeron al río que tenía que cambiar su forma para que ya no inundara a los pueblos cada vez que él crecía. 

Y bueno, donde comenzaba el sobaco del río, se asomaba un cerrito de lodo en medio del agua. Un arbolito seco le habitaba. Salté de la lancha. Mis pies se hundieron y sentí que fundaba el nacimiento de una islita. Sonreí como si tuviera diez años. No recordaba que aún soy una niña ribereña. 

A lxs niñes ribereños Chelis, Freddy, Josué, Carmen, Doralina, Alfredo,  Raúl, Laura y Josefa, les doy una sonrisa tamaño tamal tlacojalpeño como agradecimiento por compartir juntos el tránsito por el río de las mariposas. También a la ribereña Casa Gallina. 

 

Casa Gallina

Casa Gallina es una casa en la Ciudad de México en una colonia llamada Santa María la Ribera, lleva ese nombre porque hace mucho tiempo corría un río cerca. El río ahora es una gran avenida y mucha gente no conoció el río, pero el nombre siempre nos recuerda que ahí pasó agua. 

La Casa está abierta a todos los vecinos, grandes y pequeños, para que compartan tiempo y espacio alrededor de la mesa, del huerto o atendiendo a las gallinas que la comunidad decidió nombrar como dos plantas: Ruda y Menta. En Casa Gallina tenemos muchas plantas que atraen diversos insectos y aves. Así ellos encuentran un Rincón de Tierra en donde se  alimentan en medio de una gran ciudad con mucho cemento, por lo que si pones atención escuchas el canto de aves, y ves abejas y abejorros bailando entre las flores.

Fachada de Casa Gallina en el barrio Santa María la Ribera. Foto: Casa Gallina.

 

Otras publicaciones de libre descarga de Casa Gallina:

Puede resultar particularmente útil, a propósito del proceso de creación y edición de Hacemos nuestro río y del trabajo de mediación de lectura de la comunidad que convoca este blog el libro Constelaciones. Manual de herramientas para mapeos colectivos. 

«Constelaciones es un manual que nace de la iniciativa de generar herramientas de conocimiento crítico e interacciones entre las comunidades y sus territorios. Los contenidos fueron desarrollados a partir de la colaboración en 2015 entre Casa Gallina y Los Iconoclasistas, dúo conformado por Julia Risler y Pablo Ares, cuyo trabajo ha sido pionero en el desarrollo de metodologías y herramientas de mapeo colectivo para conocer críticamente los territorios. El contenido que conforma esta publicación busca generar herramientas abiertas de trabajo colectivo en la visibilización de recursos y el diagnóstico de problemáticas y preocupaciones cotidianas de la vida en comunidad. El material está dirigido especialmente a conocer y entender los procesos que amenazan el territorio y las prácticas tradicionales de convivencia con el entorno natural…».

Esta y otras publicaciones en distintas lenguas, las encuentras todas aquí.

Otro librero digital

También recomiendo ampliamente asomarse al librero digital de Alas y raíces donde se encuentran disponibles las nuevas colecciones «Alas de lagartija» y «Las otras tintas», con títulos de literatura infantil seleccionados a través de un concurso a nivel nacional, y otras colecciones emblemáticas como «Poesía para niños» y «Pasamanos». 

 

Activación de Hacemos nuestro río en Reflexionario Mocambo, Veracruz, Ver. Foto: Enero y Abril.

Entrada No. 232.

Autor: Adolfo Córdova. Fotografía de portada: Enero y Abril.

Fecha original de publicación: 29 de diciembre de 2022.

 

3 Comentarios »

  1. Hasta los 5, viví en una localidad de provincia, en la Argentina, con el río a solo dos cuadras y media de casa. Era un río lento en la llanura de la provincia de Buenos Aires.Íbamos todas las mañanas buenas con el abuelo a pescar. Yo, con mi caña mojarrera y él, con la suya, grande.
    Siempre conversábamos al solcito o a la sombra, según el calor.
    La abuela nos esperaba en casa y preparaba un almuerzo según la pesca o la no pesca.
    Recuerdos imborrables.

    • Precioso el recuerdo que nos regalas, Elena. Muchísimas gracias. ¡Y eras tan pequeña! Quizá también por eso es tu tesoro. Siento que el río de tu memoria es también el que corre por las páginas de este libro, como si un gran río corriera desde Argentina hasta México convocando nuestros encuentros llenos de afectos. Un abrazo grande y de nuevo muchas gracias por compartir.

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