Se echó Aalo la piel de lobo sobre los hombros y al poco sintió que la forma humana mudaba en algo del todo desconocido: la piel clara de su cuerpo se cubrió de un enmarañado pelaje, su pequeño rostro se tornó un afilado morro de lobo, sus diminutas y gráciles orejas mudaron en orejas puntiagudas, los dientes en colmillos desgarradores y las uñas en arqueadas garras de bestia de los bosques.

Leemos y, nosotros también, cambiamos de piel. Somos lobos y lobas de ojos grandes como Aalo, la joven pelirroja protagonista de esta nouvelle escrita por Aino Kallas, La novia del lobo (Nórdica, 2016). Publicada originalmente en 1928, pero situada en el siglo XVII; igual que el cuento de Caperucita Roja de Perrault. Y basta un simple canje de nombres para imaginar este impresionante relato (una suerte sumario cristiano de un acto de brujería) como una posible revancha de la niña devorada por el lobo: «Se echó Caperucita la piel del lobo sobre los hombros y al poco sintió que la forma humana…». Sólo que, entonces, Caperucita sería considerada hereje y su inconfundible capa roja, un claro signo de Satanás, y «¿acaso no es el Demonio en persona el Archilupus o el Gran Lobo?», escribe Kallas. También Anna, «la de ojos amielados como de lobo, la de piel jaspeada de pecas cual serpiente ponzoñosa», es llevada a juicio por brujería en la novela Anna Thalberg de Eduardo Sangarcía (Premio Mauricio Achar Literatura Random House 2020), atípica narración coral, con algo de salmo y otro tanto de poema en prosa, que hiela la piel. Pero, Aalo, la novia del lobo, a diferencia de Anna Thalberg, sí es portadora de una magia que la libera de su entorno opresivo y misógino. Esto le dice a su esposo, Priidik, el guardabosques:

¡Escúchame, Priidik, pues mi pecho me quema cual brasa ardiente! Aunque durante el día estoy entre los hombres y tengo forma humana, apenas desciende la noche, mi espíritu suspira por la compañía de los lobos y sólo en las entrañas del bosque me siento libre y feliz. Y así he de ir, pues pertenezco a la tribu de los lobos, aunque por ello arda en la hoguera, porque así fui creada.

Il. Sara Morante.

Su voz resuena hasta la de Martha Riva Palacio en Lunática (FCE, 2015): «Nueve veces nueve. / Nueve puertas, / nueve bigotes, / tres aullidos y un colmillo. // Por culpa / de un lengüetazo de luna, / me convierto en niña-loba».  En el canje de personajes que estamos haciendo, el cazador no sabe que el lobo, es loba, es la propia Caperucita que ha tomado la piel del lobo para correr «libre y feliz». Pero Aalo, en efecto, será condenada, primero como mujer, luego como loba, pues, aunque su naturaleza lupina sobrevive más tiempo que su naturaleza humana, terminará alcanzada por una bala de plata que dispara el propio Priidik. Es el guardabosques o el cazador en Caperucita matando al lobo, como en la versión de los Hermanos Grimm, purificando al bosque del «pecado», de la «barbarie», de la «desobediencia». 

Aalo no vence a sus perseguidores, como sí lo consigue Thomasin, la joven de la película The Witch de Robert Eggers (A24/Universal, 2015) que deja aflorar su poder y sobrevive a su familia puritana en Nueva Inglaterra en el tiempo de los Juicios de Salem. Eggers propone un desenlace revisionista pues Thomasin no es quemada viva, es ella quien, de alguna manera, enjuicia y condena a los que ven el mal en todas partes. O como la joven de aquel cuento de Marina Colasanti «Rojo, entre los troncos» (en Veintitrés historias de un viajero, Norma, 2010) que, mientras se bañaba en un río, es asediada por un grupo de cazadores a caballo. Primero debe huir de sus perros y parece que va a conseguirlo, pero luego es alcanzada fatalmente por el venablo que lanza uno de los muchachos, «el más hermoso». Abandonado su cuerpo en el bosque, una manada de lobos la devora. Y…

Antes de que la manada se aleje ahíta, una loba hunde el hocico en el pecho abierto y arranca el corazón, rojo corazón de aquel pálido cuerpo. Y con él entre los dientes se va a hacia su guarida, a alimentar a su única cría.

Por un efecto mágico, la joven asesinada reencarna en esa cría y crece como una loba blanca que tendrá oportunidad de vengarse del asesino, el «más hermoso» de los cazadores. 

En Loba (SM, 2013), Verónica Murguía explora una variación amorosa cuando Tagaste, el eunuco, le cuenta a Soledad, la protagonista, la loba que da título al libro, su origen legendario.

Los lobos eran los príncipes del bosque. Su reina era una hembra, roja como una llamarada. Su aullido hacía que los ciervos corrieran en estampida y que los pájaros levantaran el vuelo. Al escucharla, los hombres se arrimaban al fuego y arrojaban a la hoguera toda la leña que tenían, mientras los perros metían el rabo entre las patas y se arrastraban con el vientre pegado al suelo. Era despiadada y astuta, y se dice que su fuerza era tal que hasta el oso y el jabalí, al percibir su olor, se refugiaban en sus madrigueras y no salían hasta que la Loba cobraba su pieza.

En en ese mundo, muy anterior al tiempo de Soledad, un hombre, Numa, no temía a la Loba Roja, y por ello, y por la destreza de sus manos, «tan distintas de las garras de los lobos», la Loba Roja se enamoró de él.

Numa dejó la aldea y la Loba roja abandonó a la manada. Y se dice, pero nadie sabe si es verdad, que la Loba se convirtió en una muchacha pelirroja y que Numa aprendió de ella el arte de la caza y el lenguaje de los animales. Que tuvieron muchos hijos, y que sus hijos gobernaron sobre hombres y lobos por igual.

Y ese sería el principio de la estirpe de Lobos de Moira de la que desciende Soledad. La historia de amor se parece a la del delicado álbum ilustrado Loba de Fanny Ducassé (Los Cuatro Azules, 2015).

Había una vez, en lo más profundo del bosque, una loba pelirroja que vivía en una cabaña de troncos.

Aquí también una mujer loba, de roja melena, como una llamarada, un día descubre a un hombre lobo cortando leña: «Loba pensó que era más hermoso que un ramo de mil hojas de otoño juntas. ¡Lo que no es poco decir! Sus cabellos empezaron a crepitar y aún así, se le acercó».

Y entre estas dos lobas, otra: la humana-loba o wolfwalker, que guía a los demás lobos en el largometraje animado Wolfwalkers: Espíritu de lobo de Tomm Moore y Ross Stewart ( Wildcard/Apple/Haut et Court, 2020). Se trata de la madre Mebh, otra niña loba o wolfwalkers, una casi extinta tribu de humanos que se convierten en lobos por las noches, mientras duermen. Mebh conocerá a otra niña, Robyn, la hija de un caza-lobos que tiene como encomienda exterminar la última manada en Irlanda. Su amistad supondrá un conflicto tanto para la joven aprendiz de cazadora como para el padre.  https://www.youtube.com/watch?v=VjbRDnCj_Z4 Esta película trae a la conversación otra variante de la relación lobo-humano: la del cazador fascinado por su presa e incapaz de matarla. El mejor ejemplo que conozco, pequeña obra maestra, es Saguairú de Júlio Emílio Braz (FCE, 1991), el segundo título publicado en la emblemática colección A la Orilla del Viento. Cuenta el dilema de un hombre parecí, Teongüera, enviado por los hacendados a matar a un viejo lobo de pelaje rojizo, Saguairú. Teongüera empieza juzgando a Saguairú como demoniaco:

Permaneció parado, el pelo erizado, el cuerpo torcido de manera hostil y adolorida, gruñendo, amenazándome con los dientes, los ojos -aquellos terribles y brillantes ojos salvajes- centelleando, hipnóticos y vibrantes, enormes bolas de fuego.

Pero esa percepción va tornándose idealización:

Saguairú era el cazador formidable que jamás regresaba al cubil sin su presa. Aun en los campos inundados y a pesar de la edad, su agilidad era espantosa y su embestida, mortal. Yo podría contar con los dedos las pocas ocasiones en que he visto una criatura tan exuberante bajo el sol. Su velocidad lo transformaba en un borrón esbelto y rojo cenizo durante el ataque irrefrenable y mortífero; su presencia sólo era percibida por sus presas cuando él ya estaba demasiado cerca para ser evitado, exhibiendo sus mandíbulas relucientes (…). No había en la selva un adversario que él temiese. Desde las graciosas garzas que perseguía habitualmente en las charcas hasta el violento tapir… 

Y, a medida que Teongüera siga siendo testigo de la resistencia y valentía de Saguairú, que ha encontrado a una compañera que pronto dará a luz, terminará reconociendo en él algo divino: 

Frente a Saguairú, yo me sentía siempre como un niño frente a un dios. Con poco que enseñar y mucho que aprender, ver, sentir. Él tenía la edad de la tierra, del cielo y de las aguas.

Una transformación de percepción similar vive Ernest Thompson Seton, pionero de la defensa de la vida salvaje en Estados Unidos, quien relata su propia experiencia cazando a «El Rey», lobo imbatible que comía ganado en las llanuras de Nuevo México, y que lo hace recapacitar en quién es el mayor depredador. Los lobos de Currumpaw (Impedimenta, 2016; Loqueleo, 2017) reescritura ilustrada del relato de Thompson hecha por William Grill, el cazador se pinta como villano, y, el lobo, como héroe. 

Estas últimas dos historias conducen a otras donde la representación del lobo es puro elogio de lo salvaje, aproximación de la que ya he hablado en el blog a propósito de esa tendencia de «regreso a la naturaleza» en la LIJ actual. Como El llamado de lo salvaje o su reverso, Colmillo Blanco de Jack London.

En uno de sus recuerdos de infancia, publicado en La lengua salvada (1977), Elias Canetti cuenta:

Algunos años excepcionales el Danubio se helaba en invierno y la gente contaba historias fabulosas sobre el fenómeno. […] Cuando el frío arreciaba, los lobos bajaban de las montañas y, hambrientos, atacaban los caballos de los trineos. […] Mi madre pasó mucho miedo, describía las lenguas rojas de los lobos, que llegaron a acercársele tanto que aún años más tarde soñaba con ellos. Yo le pedía a menudo que me contara esa historia y ella lo hacía de buena gana. Así los lobos fueron los primeros animales salvajes que poblaron mi imaginación.

De diablos a dioses, es posible trazar muchas genealogías de lobos literarios.

 

Feroz feroz de cuento en cuento

El lobo es una tradición en el imaginario literario asociado a la infancia. De sus dos caras claramente definidas, feroz y noble, la primera es la más difundida. Quizá porque el lobo hace su aparición estelar en la literatura infantil nada menos que en Caperucita. Se trata del primer gran villano… o por lo menos el que con mayor pregnancia se instaló en la memoria. Para Marina Colasanti, el lobo es, en realidad, el gran protagonista de Caperucita. 

Además de reflejar una realidad de niños y niñas realmente devorados por lobos en los bosques de la Edad Media, algunos consideran que el carácter malvado del lobo en «Caperucita Roja» se explica por cómo se le asociaba, desde el cristianismo, con el demonio, la tentación y el pecado.

Ilustración: Santiago Guevara.

Se cree que en el siglo XI, en Europa, el sacerdote Egberto de Lieja, mezclaría el relato popular de los campesinos, atemorizados por los lobos, con símbolos cristianos, y escribió la que podría considerarse la primera Caperucita (traducida del latín por Rafael de León, en 1964):

Lo que os digo en el campo se cuenta de igual modo / y no es tan sorprendente como digno de crédito / al sacar en la iglesia a una niña de pila / le regalaron una caperuza roja. / La quinta quincuagésima se celebró el bautizo / cuando al alba la niña cumplía cinco años. / Después, mientras andaba sin cuidado ninguno / le salió al paso un lobo que se la llevó al bosque / y dejó por comida la presa a sus cachorros / que la acosaron juntos y no pudiendo herirla / mansamente empezaron a lamer su cabeza / –No me rompáis, ratones, dijo entonces la niña / esta caperucita que me regaló mi padrino.

“Lo más importante del cuento de Egberto es el mensaje cristiano y la idea de la protección de la túnica roja contra el peligro del lobo, que en el contexto medieval, es la representación del demonio, por consiguiente del pecado”, explica el escritor e investigador Manuel Peña Muñoz en una conferencia dedicada a Caperucita en la que rescata este poema.

La protección de la caperuza roja no tendrá el mismo efecto en la versión de Charles Perrault, en la que la niña, sabemos, no es protegida mágicamente por la capa, sino que muere devorada por el lobo. Deberán pasar dos siglos para que los Hermanos Grimm escriban otra versión, aquella en la que sacan a la niña de la panza del lobo y ponen piedras en su lugar.

El lobo de Caperucita podría considerarse una tradición en sí misma pues desde entonces hasta ahora ha seguido actualizándose su ferocidad:

Una fiera y sólo una fiera aúlla en los bosques de noche. El lobo es la encarnación del carnívoro y es tan astuto como feroz; cuando prueba la sangre, ya no quiere otra cosa. De noche, los ojos de los lobos brillan como llamas de velas, amarillentos, rojizos, pero es porque sus pupilas engordan en la oscuridad y captan la luz de tu farol para devolvértela… roja de peligro; cuando los ojos de un lobo sólo reflejan la luz de la luna, brillan con un destello verde, frío, sobrenatural, de un color mineral y penetrante. Si el ignorante viajero descubre esas lentejuelas luminosas y terribles, bordadas súbitamente en los negros matorrales, comprenderá que debe correr, si es que el miedo no lo paraliza. 

Un ejemplo, escrito, como tantos otros, sin pensar en un lector infantil, que corresponde a “La compañía de los lobos” de Ángela Carter, publicado originalmente en 1979 en el libro La cámara sangrienta y del que se hizo una espeluznante versión cinematográfica en 1984.

Desde allí muchas novelas juveniles han reescrito el cuento de Caperucita volviendo al lobo un hombre que, con frecuencia, es un hombre sofisticado, y aquí se cruza con el arquetipo vampírico, cuya fiereza y poder se traducen con un posición económica alta. Desde Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite (Siruela, 1990), con Míster Woolf, el pastelero millonario, hasta La herida de Luy van Smit (SM, 2019), con Lukas Svad, un joven noruego, heredero de un imperio petrolero, obsesionado con los lobos.

En esta novela, una “Caperucita” llamada Nell se enamora ciegamente de ese lobo, Lukas Svad que, en realidad, está dispuesto a matarla con tal de proteger a una manada de lobos que lo crió. Aunque flaquea la verosimilitud de la trama y la prosa es excesiva al intentar reflejar un ardor adolescente, llama la atención cómo la autora construye al chico-lobo integrando otras mitologías que lo hacen tanto un Mowgli como un Drácula modernos, protector de manada y seductor malintencionado, ambientalista y psicópata. Es decir, la ferocidad va adquiriendo matices.

Entonces llega desde la montaña un aullido de verdad. Lukas se ilumina, pero el sonido me provoca un escalofrío que me recorre la espalda. Peligro. Peligro. Peligro. Otra ronda de aullidos, esta vez una octava más bajos; la armonía sube y baja en ondas que se extienden hacia el horizonte, sin interrupción.

—Ése es un aullido de auxilio —explica con el ceño fruncido—. Hay cazadores cerca. Vienen de la mina. Necesito rastrearlos mañana (…). No pienso perder otra manada por su codicia.

Observo su hermoso rostro:

—De verdad amas a los lobos, ¿eh?

—Son mi vida.

Y en Drácula (1897) de Bram Stoker, esto dice el conde al joven abogado, Jonathan Harker, para celebrar los aullidos que salen del bosque: 

«Escuche. Son los hijos de la noche. ¡Qué música la que hacen!».

En muchas historias más las brujas se convierten en lobos para devorar niños, el lobo es el castigo de los pastores mentirosos o sopla para derribar las casas de los cerditos o son malvados hombres que se transforman en luna llena para aterrorizar aldeas y capturar doncellas.

 

Y embustero… coyote

Otras genealogías podrían establecerse tomando como referencia el arquetipo de “hombre-lobo” o arrancando desde las fábulas de Esopo, en las que hay lobos embusteros.

Una de las ediciones contemporáneas, entre las muchas que se publican, me gusta especialmente por cómo adapta la brevedad original de las fábulas a lenguaje de cómic: Lobo a la vista y otras fábulas de Esopo de Agata Raczynska y Cristóbal Joannon (Amanuta, 2013 / Castillo, 2018). En una doble página se cuenta cada fábula con humor y una economía de recursos casi esquemática, lo que refuerza el humor.

El carácter embustero también está presente en algunas versiones de “Los siete cabritos”, pues el lobo se pone una piel de cabra para engañar y comerse a los pequeños.

En México, este tipo de lobo tiene de representante a su primo el coyote, frecuentemente timado por el conejo, como en la versión ilustrada por Francisco Toledo (FCE, 2008), pero también él mismo un tramposo. A su primo el perro, por ejemplo, le pide que cambien de piel una temporada, así el coyote podrá alimentarse sin esfuerzo. Aquí un fragmento de una versión de Fabio Morábito en Cuentos populares mexicanos (FCE, 2014):

“Te presto mi piel de coyote y tú me prestas tu piel de perro. Vivirás como coyote y yo, con tu piel, actuaré tan perfectamente como un perro, que tus amos no se darán cuenta del cambio”, le propuso.

El perro no cabía en sí de la felicidad y no encontraba la forma de agradecerle el gran favor que le prestaba el coyote. El perro se disfrazó de coyote y se fue al monte, mientras que el coyote se disfrazó de perro y se fue a la ranchería. No tardó el perro en darse cuenta de que la vida en el monte no era regalada sino durísima…

La venganza del perro ha sido la de los humanos: echar al lobo, replegarlo lo más posible al monte, cazarlo. Hoy el lobo mexicano, por ejemplo, está casi extinto en la vida silvestre. No los escuchamos aullar ni en luna llena porque la noche ya no les pertenece. Aúlla más en nuestra memoria, en las historias, y en zoológicos o reservas especiales, aterrorizado quizás por otros cuentos. Los cuentos que se cuentan entre lobos sobre ese animal que camina en dos patas, feroz, y que sin embargo, algunos cuentan, también puede ser manso y noble.

 

Terrible y noble

Rubén Darío empieza a cuestionar el arquetipo de lobo feroz, en su clásico poema “Los motivos del Lobo” (1913). Lo presenta primero como esa fiera diabólica que ya hemos analizado y que sólo respeta a un futuro santo, Francisco de Asís, pero luego también como un lobo sensible.

El varón que tiene corazón de lis, / alma de querube, lengua celestial, / el mínimo y dulce Francisco de Asís, / está con un rudo y torvo animal / bestia temerosa, de sangre y de robo, / las fauces de furia, los ojos de mal: / ¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo! / Rabioso, ha asolado los alrededores; / cruel, ha deshecho todos los rebaños; / devoró corderos, devoró pastores, / y son incontables sus muertos y daños.

San Francisco de Asís le pide que baje al pueblo y sea bueno, todos le darán de comer. Sin embaro, al poco tiempo:

Y así, me apalearon y me echaron fuera. / Y su risa fue como un agua hirviente, / y entre mis entrañas revivió la fiera, / y me sentí lobo malo de repente; / mas siempre mejor que esa mala gente. (…) Déjame en el monte, déjame en el risco, / déjame existir en mi libertad…

Los 16 motivos del lobo de Amalia Moreno y Santiago Guevara (Cardumen Libros, 2018) retoma algunos de estos versos, «Y me sentí lobo malo de repente / mas siempre mejor que esa mala gente», como epígrafe. Esa clave termina de activar la relectura de «Los motivos del lobo” que se anuncia desde el título del libro.

Un prólogo de Juan Cárdenas, después, anticipa la esencia destilada del poema de Darío: ¿Quién es más lobo? «¿Quién mata y quién muere? ¿Quién come y quién es comido? (…) ¿Qué papel representamos en toda esta tragedia». Dilema que ya era a su vez una relectura del homo homini lupus, «el hombre es un lobo para el hombre», frase incluida en El Leviatán (1651) del filósofo inglés Thomas Hobbes, que refiere a una supuesta depredación «natural» del humano de otros humanos. Hobbes, al mismo tiempo, parafraseaba al romano Plauto (250-184 a. de C.) en su comedia Asinaria. 

En Los 16 motivos del lobo leeremos una serire de variaciones y juegos de perspectiva en la que “lobo” y “hombre” son intercambiales. Aquí tres fragmentos y momentos distintos:

Un lobo cachorro asesina a un hijo de un campesino (…) // Un hijo de un campesino asesina a un lobo (…) // El lobo viejo no sabe cuántos hombres ha matado / mira a la luna // El campesino viejo lleva la cuenta de los lobos muertos / mira sus manos vacías 

En la mitad de una planicie muere un lobo / de hambre y sed // En la mitad de una planice muere un hombre / de hambre y sed…

Unas huellas de lobo cerca a un poblado / advierten a los hombres del acecho de un lobo // Unas huellas de herradoras y botas cerca a un bosque / advierten a un lobo del acecho de unos hombres…

El juego de variaciones deviene juego filosófico con dimensiones ambientalistas y éticas. En esa misma línea se inscribe Los dos lobos de Wilfred (Akiara Books, 2018), pero los lobos ya son solamente metáfora para hablar del bien y el mal dentro de cada uno.

El Santo que mira el lado bueno del lobo, el lobo que mira el lado malo del humano y la voz poética que los equipara a ambos quedan aparte. Aquí, un jefe indio cheroqui sueña que dos lobos viven en su interior, uno se alimenta de amor y otro de odio, y ambos luchan por vencer al otro.

“¿Y cuál de los dos lobos ganará en mi interior, abuelo?”, pregunta la nieta al viejo indio.

“Ganará el lobo que tú alimentes”, le responde. El tono místico se refuerza con las coloridas y enérgicas ilustraciones, como trazadas con ráfagas de viento del desierto.

 

Feliz feliz y no tan feroz

Muchos libros reescriben al personaje clásico dándole directamente la voz. El lobo cuenta su versión de Caperucita Roja en Boca de lobo de Fabián Negrín (Thule, 2005):

“Me llamo Adolfo, y soy un lobo. Nací en el bosque que se ve a mis espaldas (…). Muchos dicen que soy cruel, pero lo mío no es maldad. Los lobos somos así. Nuestra naturaleza nos lleva a comer otros animales. Qué le vamos a hacer”.

Misma fórmula aunque en tono más paródico: ¡La verdadera historia de los tres cerditos! de Jon Scieszka y Lane Smith (Penguin, 1996):

Seguro que todos conocen el cuento de los tres cerditos. O al menos creen que lo conocen. Pero les voy a contar un secreto. Nadie conoce la verdadera historia porque nadie ha escuchado mi versión del cuento.

Yo soy el lobo Silvestre B. Lobo. Pueden llamarme Sil. No sé como empezó todo este asunto del lobo feroz pero es todo un invento.

A lo mejor, el problema es lo que comemos. Y bueno, no es mi culpa que los lobos coman animalitos tiernos, tales como conejitos, ovejas y cerdos. Así es como somos. Si las hamburguesas con queso fueran tiernas, la gente pensaría que ustedes son feroces también.

En Los siete tremendos cabritos de Sebastian Meschenmoser (FCE, 2018) opera una divertida modificación de la trama clásica. El lobo disfrazado de mamá cabra aprovechará la ausencia de la original para hacer su aparición triunfal y devorarse a los cabritos. Pero cuando entra encuentra tal desorden que no puede evitar ponerse a limpiar. Cada habitación es un desastre y terminará ordenando toda la casa y hasta regañando a los cabritos, cuando, superado el caos, finamente los encuentre.

Cada doble página que muestra la habitación como zona de guerra es una invitación al lector a buscar los siete cabritos escondidos del lobo. Así, lo que no era una situación amenaza real en el cuento original aquí se vuelve juego.

Es igualmente un juego el del niño, que se pone su traje de lobo, como Max de Dónde viven los monstruos, para espantar al conejo en El lobo tralalá de Michaël Escoffier y Kris Di Giacomo. El libro juega con la representación misma del lobo y, como tantos otros, emparenta al niño y al lobo. Un conejo temeroso hace un dibujo clásico de lobo feroz en un pizarrón, pero una voz lo va corrigiendo hasta que termina dibujando un niño. El niño hace entonces su aparición, pero en lugar de comerse al conejo, lo abraza.

Feliz Feroz de El Hematocrítico y Alberto Vázquez (Anaya, 2014) resulta un original collage en el que se reescriben esos tres grandes clásicos con lobo coprotagonista (Caperucita, Los tres cerditos y Los siete cabritos). El tío Lobo Feroz recibe un llamado desesperado de su hermana contándole que su hijo se porta muy bien. Lobo Feroz le dice que le mande al sobrino unas vacaciones para arreglarlo. “¡Yo le enseñaré lo que significa ser Feroz! ¡Lo voy a convertir en un Lobo Feroz, como su madre, como su tío, como lo fueron sus abuelos!”.

Pero, claro, al pasar por cada prueba-cuento, el lobito sólo da muestras de su amabilidad y se vuelve amigo de todos. El tío terminará aceptándolo cuando pruebe una de sus tartas de zanahoria.

 

Noble, sagrado y guardián

Finalmente, la cara buena del lobo también habita en nuesta memoria. El lobo que ayuda al héroe a regresar victorioso a casa, las lobas que adoptan niños perdidos, las que han amamantado a personajes entre la realidad y el mito: Rómulo y Remo o Tu Kueh, fundador de Turquía.

Y ese Padre Lobo entrañable que educa a Mowgli en El libro de la selva:

Padre Lobo, con infinita paciencia, le enseñó el significado de todo lo que le rodeaba en la Selva: un mínimo crujido bajo la hierba, un soplo de aire en la tibieza de la noche, el ulular del búho sobre su cabeza, los distintos ruidos que hacen los murciélagos cuando se detienen en un tronco a descansar, el menudo chapoteo de un pez cuando salta en una balsa. Todo encerraba para él un significado. 

Ilustración de Jósef Wilkon.

Este es también el lobo guardián y compañero. El Rey Odín, de la mitología escandinava iba a cada batalla acompañado de dos lobos y dos buitres que devoraban los cuerpos de los hombres vencidos.

Explica María Asunción Soto en su texto “El lobo mexicano, un amigo en peligro”:

“Los celtas rendían culto a los lobos, los veían como compañeros de dios. En la mitología griega, Caronte, el barquero que transportaba a los muertos, tenía orejas de lobo. En el poema de Gilgamesh la diosa Ishtar tenía el poder de convertir a sus enemigos en lobos. Hecate, la diosa de la muerte, mostraba en su vestimenta tres cabezas de lobo (…). Los atenienses tenían gran respeto por el lobo; mediante un decreto la persona que matara a un lobo tenía que pagar un gran funeral para el mismo lobo”.

En el artículo “Los lobos en el centro del universo”, la arqueóloga Ximena Chávez Balderas destaca la importancia de los lobos para los mexicas y así describe el hallazgo de un esqueleto de loba en una ofrenda en el Templo Mayor:

“…se trataba de una loba vestida con un fino ajuar propio de un personaje de la nobleza. Éste se componía de orejeras de madera recubiertas con mosaicos de turquesa, un collar de cuentas de piedra verde, un cinturón de caracoles marinos y unas ajorcas de cascabeles de oro en las patas traseras. Más de un año pasamos limpiando y registrando la ofrenda”.

Este carácter sagrado es el que retoma Michelle Paver en Hermano Lobo, la novela que inicia su cautivante saga Crónicas de la prehistoria (Salamandra, 2014).

Torak, un niño huérfano de doce años, debe viajar hasta la Montaña del Espíritu del Mundo antes de que las fuerzas demonaicas que se apoderaron del oso que mató a su padre cobren mayor fuerza. No cree poder llegar hasta que se topa con un lobezno, el único sobreviviente de una camada. Sus aullidos despiertan una sensibilidad especial en Torak, algo que lo hace querer aullar también.

«¿Qué estaba ocurriendo? Ya no se sentía Torak. No se sentía un chico, ni hijo, ni miembro del Clan del Lobo; o al menos no se sentía solo esas cosas. Una parte de él era lobo». Y ese nuevo conocimiento lo hará aceptar la compañía del lobezno quien lo guiará en su aventura.

Aunque primero parezcan una amenaza, los lobos de ¿A dónde va este tren? de Rodrigo Morlesin, ilustrado por Jonathan Farr Planeta, 2021), también resultan unos fieles guardianes de todos los que suben al tren púrpura.

Los hermanos Liza y Jim no comprenden cómo puede haber bibliotecas inmensas y selvas exuberantes dentro de vagones de tren, mucho menos dónde está su padre y cuál es su destino final, pero exploran con mucha curiosidad el interminable tren, y nosotros con ellos.

Y también con la Loba de Pablo Albo y Cecilia Moreno (Libre Albedrío, 2021).

Aquí observamos el paso de una loba por el bosque, hasta su cueva. No hay intervención humana ni antropomorfización de la loba. El libro muestra, como lo hacen cada vez más álbumes, un posible momento en la vida en libertad de una loba. Más desde la zoología que desde la ficción. Los autores no juzgan su comportamiento, si a caso la muestran curiosa, como unos sensibles narradores de un documental de naturaleza.

Es la historia de un trayecto, una de las estructuras básicas de un álbum, en donde importa más el cómo que el qué. Texto e imagen se comunican telegráficamente. Frases desadjetivadas van enumerando poéticamente los encuentros de la loba y el paso del tiempo reflejado en la lluvia, el viento, la aparición de las estrellas, «Vuelve la lluvia / Caen veinte gotas. / Una en el árbol. / Otra en la tierra. / Tres en la loba. / Quince en el lago. / Para la lluvia»; dibujos sintéticos y geométricos, herederos Warja Lavater, proponen una cartografía, también poética, que añade emotividad.

Me ha hecho recordar otro álbum entrañable: Dos lobos blancos de Antonio Ventura y Teresa Novoa (Edelvives, 2004), en el que un par de lobos atienden la llamada de auxilio de una loba refugiada en su cueva con su lobezno. El álbum también es un trayecto centrado en el paisaje:

Remontan la ladera de cedros azules, rodean los riscos de granito y descienden hacia lo más angosto del valle. El cielo, ya despejado, ofrece un mosaico de estrellas lejanas y una media luna creciente en la noche inmensa. La llamada de socorro está próxima.

Al llegar a la cueva y ayudar a la loba, la manada crece. Es fácil imaginar a este álbum como si fuera una posible continuación del anterior. Dos libros que dialogan -aúllan- muy bien juntos.

Cuentos de tradición oral, cuentos medievales, mitos griegos, diversidad de mitos originarios, pero también la literatura romántica, la modernista y mucha de la literatura contemporánea ha retomado al lobo como encarnación del mal pero también, hemos visto, de lo salvaje, un animal sagrado. Nos resulta al mismo tiempo familiar y ajeno, cercano por cómo lo asociamos con el perro, pero no sometido, libre. Y creo que por eso fascina tanto también a niños, niñas y jóvenes.

 

MÁS AULLIDOS

Otros libros con lobos ya reseñados o mencionados en notas: Lunática, El hombre lobo es alérgico a la luna, Hermano Lobo, El contador de cuentos, ¿Te da miedo el bosque, Papá Lobo?, Los motivos del lobo.… y algunos más.

 

NOTA:

Escribí parte de este artículo originalmente para un cuadernillo que acompañó el proyecto escénico “Las bestias danzan o el sigiloso conjuro de lo salvaje” dirigido por Jacqueline Serafín e Iker Vicente, de La Liga Teatro Elástico. De esta exploración y las conversaciones surgió después un poema en prosa, invocación, que cuenta la desaparición y el regreso del lobo mexicano que más tarde se convirtió en el libro Aullido, ilustrado por Armando Fonseca y publicado por Alboroto Ediciones. 

Il. Armando Fonseca.

Entrada No. 224.

Autor: Adolfo Córdova. 

Foto de portada: «Loba» de Armando Fonseca, estudio de personajes para Aullido (Alboroto, 2019).

Fecha original de publicación: 6 de diciembre de 2021.

5 Comentarios »

  1. Hola, ¡Qué interesante trabajo! La bioantropóloga que mencionas no es Sánchez, sino Chavez. Tampoco encontré la obra que mencionas: «Los lobos en el centro del Universo» ¿puedes compartir tu referencia, por favor?

    ¡Miel gracias!

    • ¡Muchas gracias, Xirena! Corregida la errata y ahí puse un hipervínculo sobre el título del artículo. Fue publicado en un cuadernillo que editamos para acompañar la obra «Las bestias danzan o el sigiloso conjuro de lo salvaje». No sé si ella lo habrá publicado ya en otro sitio, pero por lo pronto ahí lo puedes escuchar leído en un podcast. ¡Un abrazo!

  2. Recientemente descubrí La novia del lobo y me atrapó la historia y también la hermosa edición que Nórdica nos ofrece para recuperarla. Gracias por el recorrido literario que completa la mirada sobre una figura tan compleja como es el lobo/loba tan misteriosa y atrayente como la idea de oscuridad y libertad inherente en ella.

  3. Buenísima esta entrada con mucha info. Empecé a cambiar mi mirada sobre «los lobos» a partir del Seminario Lijpe escuchando a Verónica Murguía, cuyo libro Loba me apresuré en leer y me atrapó, aunque no soy una lectora muy apegada a lo fantástico. Aquí hay un convite a varios libros, me interesó Saguairú voy a tratar de conseguirlo. Gracias.

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