Reimaginar la mirada sobre el libro ilustrado, entrar a un libro jardín
He construido un jardín como quien hace los gestos correctos en lugar errado. Errado, no de error, sino de lugar otro, como hablar con el reflejo del espejo y no […]
Linternas y bosques
Expediciones a la literatura infantil y juvenil
He construido un jardín como quien hace los gestos correctos en lugar errado. Errado, no de error, sino de lugar otro, como hablar con el reflejo del espejo y no […]
He construido un jardín como quien hace los gestos correctos en lugar errado. Errado, no de error, sino de lugar otro, como hablar con el reflejo del espejo y no con quien se mira en él.
Diana Bellessi, “He construido un jardín”.
Desde el título, un pasaje. Lo imagino escrito en uno de esos espejos que se pueden atravesar. Y al otro lado, un lugar otro donde encontrar preguntas para leer la realidad al regreso. Un pasaje, un título. O labrado en un arco de piedra a la entrada de un jardín, esa práctica antigua que, en distintas culturas, invitaba a la contemplación y al pensamiento. Allí, en el umbral de un jardín:

Antes de entrar, leer cada enunciado como un verso, en voz alta. Dejar suspendida la invocación. Esperar una señal.
La inscripción remite a otros tiempos (habrá que mirar por encima del hombro mientras se recorre el jardín), cuando la cartografía no sólo representaba territorios conocidos sino también por conocer, y los mapas eran lienzos para ampliar los contornos e imaginar nuevos horizontes, poblándolos, incluso, de dragones. Cartografías para ver más, allá. Para reimaginar.
En efecto, por su forma de ordenar el pensamiento en tríadas y por el uso de términos como saberes y cartografías, el título evoca esos tratados medievales filosóficos o escolásticos donde se enumeraban los principios de una disciplina. Tomás de Aquino utilizó estructuras ternarias en la Suma Teológica, por ejemplo, la división del alma en intelecto, voluntad y apetito.
Sin embargo, emparentar rutas y saberes nos hace saltar por los siglos y mirar al frente, hasta el humanismo del Renacimiento, donde se exploraban las conexiones entre lenguaje, arte y pensamiento. El mundo era concebido como un sistema de espejos (el ser humano un microcosmos que reflejaba un macrocosmos) y un jardín podía ser una representación en miniatura del universo: un espacio donde lengua, cuerpo y saber se entrelazan en armonía. ¿Cómo se llama el jardín en este libro?
Además, la idea de una cartografía del libro ilustrado encaja bien con el espíritu renacentista, cuando la exploración geográfica y la imprenta transformaron radicalmente la circulación del saber y la manera en que se concebían las imágenes y las palabras.
Otro jardín, otro título, otro pasaje.
Volver a mirar atrás, más. Las triadas les gustaban también a los griegos. Platón en su concepto del alma tripartita: razón, espíritu y deseo; y Aristóteles, en su Retórica, describía el arte de la persuasión con tres pilares: ethos (credibilidad), pathos (emoción) y logos (razón).
Y, otra vez, hacia adelante, hasta el siglo XIX a la dialéctica hegeliana. Fue Hegel quien formalizó la estructura de pensamiento en tríadas con su modelo de tesis, antítesis y síntesis, que influyó en la lógica, la filosofía y la historia.
Miro este jardín ¿o es selva?, que condensa todos estos ecos y más: hay en él, desde el título, un pasaje a los estudios culturales, a la semiótica, la teoría de la imagen y la poética de la relación.
Esperar una señal: que cante el viento o caiga una gota de lluvia sobre un cactus.
Y, entonces, sí, entrar.
A la lengua, al cuerpo, a los saberes.
El jardín tiene cuatro senderos que se bifurcan y se cruzan. Se recomienda leer sus nombres y visualizar las posibles rutas comparándolas con las líneas de la propia mano. Luego elegir la más próxima a un recuerdo, y vagar, curioso, los recovecos, perdiéndose en los espirales.
Reconocer el nombre de la arquitecta del jardín. Su voz, que describe cada ruta, una voz, poética, cercana, que piensa escribiendo, y pregunta, nos pregunta, hace pensar, provoca buscar respuestas creando. Quiere eso: que los jardines crezcan, de a poco, con pausa, de manera colectiva. Que veamos/leamos la página histórica/críticamente. Y regresa a los conceptos iniciales para abrir caminos hacia nuevas definiciones.
Nos pregunta Andrea Fuentes Silva: “¿Cómo se han transformado los lenguajes en el libro álbum ilustrado? Si un manual de latín ilustrado [el Orbis Pictus] podría ser un origen: ¿no podrían ser un origen anterior los magníficos códices mixtecos, mayas o mexicas, cuyo complejo despliegue gráfico, representativo pero interpretativo, determina una peculiar narrativa ilustrada?”
Y sigue preguntando en ese primer sendero: “¿Cómo reflejan nuestra cultura —la local, la originaria, la globalizada—; las guerras que vivimos, la muerte, la violencia, la desigualdad y la vida cotidiana; la idea de felicidad que ahora tenemos, la libertad y las opciones de identidad; las angustias del contrarreloj bajo las que caminamos; la sobreexposición o la generosidad de la información a la que ahora podemos acceder, o sobre los nuevos modos de seleccionar y digerir dicha información…?”. Es decir, Andrea indaga y señala la importancia de saber cómo las palabras y las imágenes en un álbum traducen, representan, expanden y moldean la realidad. Y sigo a Donna Haraway en esta reflexión: “sí importa qué historias nos contamos y sí importa la forma que toman esas historias (…), importa qué materias usamos para pensar otras materias [en inglés: It matters what matters we use to think other matters with]; importa qué nudos anudan nudos, qué pensamientos piensan pensamientos, qué descripciones describen descripciones”[1]. Sí importan, por eso las volvemos a mirar y a leer, esta vez críticamente.
El material afecta las materias; las preguntas se responden con otras preguntas en el segundo sendero. Apunta Fuentes: “¿Por qué sigue siendo un camino florido y más vivo que nunca el libro álbum ilustrado? Un conocimiento brota cuando hay exploración, cuando al crear se establece nuevamente la pregunta sobre qué mundo ha sido dicho; sobre cómo es posible transformar ese decir y, más aún, por qué es necesario hacerlo. Esa es justamente la verdadera identidad y sentido del libro ilustrado y el libro álbum, explica. Abrir un proceso mediante el cual se transforma nuestro imaginario. ¿Cómo no ser el sitio donde han de inventarse las nuevas prácticas artísticas y editoriales? ¿Hacia dónde decidimos mirar? ¿Qué se está haciendo visible?”.
Uno, dos. El jardín va iluminándose. Despertamos con la duda cuando así sucede, hay que guardar silencio, permitir que bajen las sombras del atardecer, tres, cuatro, y se redibujen los bordes de cada planta-concepto.
En el tercer sendero se extiende aún más la interrogante, que es una investigación: “¿Cómo construimos la libertad en el mapa? ¿En qué territorio nos desplazamos?” Situar al álbum: observar con buen oído qué palabras e imágenes proyectan los ojos de la lectora y del lector sobre la página, cómo la reconfiguran, qué relieves, qué grietas, qué agenciamientos les reflejan de vuelta en la pupila.
Y, ahí, en el cuarto sendero o mapa o capítulo, una mirada que se abre: “¿Cómo decir de otro modo el poema del libro El espejo de los ecos, de José Emilio Pacheco, cuando enuncia: ‘Dices mi nombre y callas. Cambio de forma y soy todo, porque sin mí no habría mundo’? El jardín armonía, el del libro álbum de poesía, es una explosión: porque si la imagen poética suele entenderse como una construcción lingüística que nos genera una imagen mental, es decir, si la poesía construye imágenes, ¿qué pasa cuándo, además, se acompaña de imágenes?, ¿qué papel tienen estas imágenes?”
“¿De qué hablamos cuándo hablamos de infancia y poesía? ¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía ilustrada? ¿Qué es un libro álbum? ¿De qué habla la poesía? ¿De qué habla la imagen poética?”
Infinitas lecturas para infinitas escrituras, dice Fuentes Silva, para fugarse por infinitas posibilidades creativas, senderos. Más de cuatro.
Encontrar una fuente, sentarse a escribir o dibujar, que las ranas tomen el sol sin que noten nuestra presencia.
Sumergirse en otra fuente y sacar del fondo una llave, caminar hasta la entrada de un túnel que desciende y asciende y conduce a otras vidas, a otros tiempos de quemas de libros y silenciamientos en los que reconocemos continuidades; tiempos de seminarios de pensamiento de la imagen extintos, espacios de formación, que desde hace varias décadas empezó a habilitar Andrea, o sería más justo decir espacios de florecimiento del pensamiento en relación con la edición, la creación, la lectura, la promoción de la lectura; espacios de transformación, de bifurcación, que sigue cultivando, como si fueran libro álbum ilustrado, y a los que se suma este jardín-libro. Túnel y madriguera. Cuerpo y laberinto. ¿Es Andrea un libro ilustrado?
“Una reunión donde convergen ideas, palabras, imágenes, al menos: una conversación que se abre entre dos o más y que provoca una profunda y extensa disertación sobre algo: una idea, una sensación, un entendimiento, un recuerdo, una aspiración, una política del hacer”, así se refiere al libro álbum ilustrado… ¿y al jardín? ¿y a alguno de sus cursos donde la “definición” se expande?
Un recuerdo, un cuento. Por un túnel salgo a una ciudad, camino por una calle y descubro una “puerta verde” en un “muro blanco” que me lleva a otro jardín, el del cuento “La puerta en el muro” de H. G. Wells. La puerta nunca está en el mismo sitio y el niño protagonista sólo entra una vez, pero vive obsesionado con regresar a ese edén porque allí juega con panteras, hace amigos y conoce a una misteriosa mujer. “¿Quién es ella?, ¿existe o es irreal?, ¿será producto de nuestra imaginación?, ¿será una suerte de hechicera o sólo una mujer sensible, que toca y es tocada por la naturaleza?”, pregunta Andrea, como si estuviera leyendo este cuento y no un poema de Federico García Lorca.
Una mujer que le muestra al niño un libro cuyas páginas contienen su propia vida: “Las páginas se abrieron. Ella señaló y yo miré, maravillado, porque en las páginas vivientes de aquel libro me vi a mí mismo; era un cuento sobre mí, y en él se encontraban todas las cosas que me habían ocurrido desde mi nacimiento. A mí me parecía maravilloso, porque las páginas del libro no eran estampas, ¿comprendes?, sino realidades”, confiesa el niño, ya adulto, a un amigo.
¿Y continúa Andrea contando esa historia? La cito, en pasado: “La forma (del libro álbum) era tan sólo un aspecto, sino una manera de invitar a leer y a pensar, una forma específica de plantear un contenido que, por sí mismo alteraba, transformaba y delineaba el contenido. El libro no era un contenedor: era una encarnación”. Y un descubrimiento: “el libro álbum como un espacio donde acontece la revelación”, dice Fuentes.
Entrar al jardín para el niño de aquel cuento es una revelación, y leer, nos propone la autora de este libro-jardín, puede serlo también; cada página una realidad. ¿Por qué? ¿Cuáles pueden ser las potencias del dispositivo libro? Subvertir sentidos, torcer el lenguaje, ampliar las lecturas, nos dice. Y agrega: la visualidad sucede, no es algo dado, ocurre en un espacio que da a ver.
No es el lector que descifra algo, que logra entender el significado último de algo, sino que participa de los procesos de la mirada, que son procesos contaminados, articulados social, política y culturalmente, que afectan: dejan una impresión, una huella, muchos afectos: sendero de pensamientos hasta el instante, este, en el que el jardín revela su nombre.
“Le llamo revelación (dice ella) al instante donde lo leído nos hace sentido: al momento del entendimiento, que viene de la simbiosis de lo que leemos con lo que somos; el instante en que adquirimos una nueva identidad, atravesados por la lectura de la palabra y la imagen”.
Ver a una lagartija saltar, oler las hojas de menta y albahaca, seguir la dirección del quiote.
Este jardín, sí, se llama Armonía. Buscar una salida, salir para dejar de nombrar al higo más dulce y que, quien esto, aquí, lee, se adentre y lo arranque de la higuera.
“El lenguaje poético es un pincel que traza una barca sobre el papel y en su superficie la pone a navegar. Esa es ya la metáfora, en sí misma. Invoca el nacimiento de la palabra, que se lanza a navegar en el mar que es la imagen”.
Quizá el lenguaje poético, como lo define la autora, es lo que Agamben llama gesto: “no es ni un medio, ni un fin: es, más bien, la exhibición de una pura medialidad, el volver visible un medio en cuanto tal, en su emancipación de toda finalidad”. Una emancipación activa que abre un terreno de indeterminación. El lenguaje poético es una región material donde la palabra y la imagen se afectan mutuamente, se tocan y se hacen mover. Esa es la armonía de la que habla Andrea Fuentes; no es estático, no hay equivalencias, no es la suplantación de una cosa por otra, sino espacio vibrante y fecundo en el que se pueden generar tantas relaciones (de sentido) como se puedan imaginar.
La imagen que dibuja Agamben, quien también relaciona el gesto al jardín cuando dice: “Me parece lícito sugerir que el paradeisos, el jardín en el Edén (…) en cuanto designación por excelencia de la feliz estancia de los hombres sobre la tierra, puede y debe ser visto como un paradigma genuinamente gestual y político.”[2]
La revelación, el lenguaje ilustrado, el lenguaje poético, el intersticio de la escritura, la imagen mapa; “el libro como articulación y no como contenedor, el libro como política de construcción, la ilustración para erigir una conversación o sostener una pregunta”: Andrea Fuentes ha dejado guijarros pulidos por todo este jardín, como los guijarros blancos que dejan los personajes de los cuentos para que, al salir la luna, les muestren el camino de regreso a casa. Sus conceptos brillan cuando sale el astro como “pequeñas lucecitas a través de la oscuridad que van alumbrando el camino, y un poco a tientas revelan de a poco un susurro, un aroma, un chispazo que nos hace entenderlo todo”. Y en ese entender, volver, Andrea nos invita a preguntarnos todo. Sus cartografías son una constelación de semillas.
Entrar. Estar. Olvidar salir.
No hay salida.
El jardín echa raíz dentro.

[1] Donna Haraway, Seguir con el problema, Consonni, 2019.
[2] Giorgio Agamben, “Per un’ontologia e una politica del gesto”, en Giardino di studi filosofici, Quodlibet, 2018.