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36 Congreso Internacional de IBBY
Congreso Internacional de Lectura IBBY Cuba
Feria del Libro de Minería
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Colaboraciones:
Instituciones de las que he recibido apoyo para investigación o becas de creación artística o con las que colaboro como lector voluntario, consultor o profesor.
«Ese niño solitario y diferente que fue Andersen, ese que no dejó de sentir los efectos de la orfandad, de la pobreza, del destierro, de la dificultad para estar en […]
«Ese niño solitario y diferente que fue Andersen, ese que no dejó de sentir los efectos de la orfandad, de la pobreza, del destierro, de la dificultad para estar en el mundo (…), ese niño se ve de alguna manera simbolizado en el cuento Los cisnes salvajes, por Elisa, como el lado heroico que se dispone a la acción, a la perseverancia y al enfrentamiento con lo más arduo para ir más allá de los estrechos límites de lo que estaba previsto», escribe, teje, el editor y poeta, Miguel Márquez, en este extraordinario ensayo, tapiz, en el que lucen las tramas de la experiencia biográfica, la imaginación artística como resistencia e incluso una dimensión espiritual en la obra del autor danés nacido un 2 de abril de 1805.
Hay cuentos que no se agotan en la infancia: su fuente de asombro continúa brotando en nuestra memoria aunque pasen muchos años. «Todavía conservo la sensación de sorpresa y curiosidad ante la trasformación de los cisnes en seres humanos y la de estos en aquellos, cuando veía en la televisión la serie El libro de cuentos de Shirley Temple», cuenta Miguel a propósito de una adaptación de «Los cisnes salvajes» de Hans Christian Andersen. Me identifico con su recuerdo. Yo también vi adaptaciones que me impactaron de niño y, sobre todo, una edición del cuento, traducido como «Los cisnes silvestres», ilustrada con fotografías de muñecos en pequeñas escenografías y algunos fondos dibujados (cuya autoría se acredita como «Shiba Productions»). El libro pertenecía a esa colección emblemática, con un holograma en la portada, publicada masivamente en los años 60 en México por Editora Cultural y Educativa, y en varios países de Latinoamérica en distintas editoriales, de origen japonés.
El final del cuento, con la fotografía del muñeco del joven que permanece para siempre con un ala de cisne, se me grabó tanto, que veinte años después seguía brotando la pregunta: ‘¿qué pasó con él?’, y decidí escribirle una continuación en mi libro de secundarios El dragón blanco y otros personajes olvidados (FCE, 2016).
Il. Riki Blanco para «El Rey Cisne» en El dragón blanco y otros personajes olvidados (FCE, 2016).
Aunque al final Andersen deja a ese personaje con un ala de cisne (del que también ha reflexionado el escritor Gustavo Martín Garzo), los hermanos son liberados del hechizo y Elisa redimida de toda injusticia y silenciamiento. Escribe Miguel: «Este relato en mí toca un aspecto íntimo por la vía de la reflexión sobre la voz propia en la literatura, y además, el interés de esclarecer un poco, como lector del cuento, el plan de la recuperación de unos cuerpos y de unas voces perdidas por la tiranía de un hechizo del que fueron objeto unos hermanos sometidos y convertidos en aves sin habla humana». Cuánta de esa tiranía hacia niñas, niños y jóvenes en el mundo actual.
Miguel Márquez propone precisamente volver al cuento no como una fábula cerrada, sino como una clave para leer la vida adversa y, en particular, la de Andersen. Y allí, lo fantástico vivido como verdad y la persistencia de una fe íntima que organiza el sentido de la existencia. Lejos de reducir Los cisnes salvajes a una alegoría, Márquez lo recorre como un territorio en el que se entrelazan memoria, deseo y lenguaje. Elisa, su protagonista, deja de ser solo un personaje para convertirse en una figura de resistencia, de silencio activo (como el de tantos niños y niñas) y de transformación: alguien que, en medio de la adversidad, teje (literal y simbólicamente) una salida.
Este acercamiento no busca cerrar el cuento, sino abrirlo: volver a él con la conciencia de que, como ocurre con las grandes obras, cada lectura inventa también su propio camino.
Agradezco a María Elena Maggi por haberle contado a Miguel de este blog. La llegada de este ensayo a mi bandeja de correos fue asombroso y mágico como un cuento de Andersen. Y por supuesto infinitas gracias a mi nuevo hermano cisne, Miguel.
Adolfo Córdova.
Cuando todo parece perdido, un hilo:
Hans Christian Andersen y sus cisnes salvajes
por Miguel Márquez*
Era un niño singularmente soñador y andaba a menudo con los ojos cerrados, con lo que la gente terminó creyéndose que estaba mal de la vista, cuando precisamente la he tenido y sigo teniendo asombrosamente buena. Hans Christian Andersen, El cuento de mi vida
Todavía conservo la sensación de sorpresa y curiosidad ante la trasformación de los cisnes en seres humanos y la de estos en aquellos, cuando veía en la televisión la serie El libro de cuentos de Shirley Temple. Corrían los años sesenta y ese programa no me lo perdía. El cuento al que me refiero es Los cisnes salvajes (1838) del famoso escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875).
A tono con lo que considero una fuente viva de la imaginación literaria en quien acá escribe, quiero acercarme a este cuento por la vía de la aventura a través de unas páginas que todavía me producen entusiasmo y alegría.
Este trabajo surge de una reciente lectura del cuento, donde además del placer de sus palabras, de sus imágenes y del mágico mundo en el que entramos de su mano, me resultó acentuada la posibilidad de que Andersen hablara de sí en buena parte de la obra. También, este relato en mí toca un aspecto íntimo por la vía de la reflexión sobre la voz propia en la literatura, y además, el interés de esclarecer un poco, como lector del cuento, el plan de la recuperación de unos cuerpos y de unas voces perdidas por la tiranía de un hechizo del que fueron objeto unos hermanos sometidos y convertidos en aves sin habla humana.
Por otro lado, a esta experiencia de lectura comentada, que es lo que voy a hacer aquí, voy con la idea de precisar mejor ese gusto infantil por un cuento imborrable, y a lo mejor hacerle justicia al asombro de un niño ante señales prematuras de entender la vida en una simpatía de extrañas afinidades. Igualmente tengo el deseo de aclararme un poco lo que presiento en estas páginas como una especie de poética de acercamiento a la interioridad, y a los procesos de concientización de los conflictos con ideas que parecen corresponderse en buena forma con el psicoanálisis que aparecerá mucho después con Sigmund Freud.
Después de leer varias traducciones al español un poco sordas y arbitrarias, descubrí una edición de privilegio en Alianza Editorial (1982), que reúne veintiséis de sus relatos (entre ellos el de los cisnes) con el título La sombra y otros cuentos, y tiene un magnífico prólogo de la novelista catalana Ana María Matute, más algo fundamental: la célebre traducción, directa del danés, de Alberto Adell.
Al inicio, entonces
Así comienza: “Muy lejos de aquí, allá donde vuelan las golondrinas cuando nosotros tenemos invierno, vivía un rey que tenía once hijos y una hija, Elisa”.
Lo primero es que el relato se ubica en el complemento lejano del mundo, en el lejano allá narrativo, en relación al aquí desde donde escribe el autor. La realidad y la narración formando parte de una sola moneda lanzada al aire con doce hermanos, incluida la hembra, con el valor simbólico que ese número convoca de inmediato. Escribe Juan-Eduardo Cirlot: “doce, orden cósmico, salvación”, y también: “Con todo, el doce es usado a veces en pilas bautismales por ser un símbolo de totalidad”. El nombre “Elisa”, por su parte, es el único nombre propio (no conoceremos el de sus hermanos) y viene del hebreo. Apunto algunos de los significados que están en su órbita significante: “Dios es salvación”, “Dios ha ayudado”, “con la ayuda de Dios”. La religiosidad que este nombre conlleva seguramente era algo valioso para el cuentista nacido en la isla de Fionia, pues su religiosidad es una constante compañía que tuvo el poeta. Así lo expresa Andersen con toda claridad:
“La historia de mi vida dirá al mundo lo que a mí me dice: «hay un Dios amoroso que encamina todo a buen fin»”. Y en la misma autobiografía leemos:
“Igual que en la marina inglesa, donde todo el cordaje lleva un hilo rojo para señalar que pertenece a la Corona, lo mismo pasa con la vida humana, hasta las cosas más ínfimas llevan un hilo invisible que dice que pertenecemos a Dios. Mi vida entera se basa en esa certeza”.
Hilo este que tiene un espacio estelar en este cuento, el hilo que encontraremos hecho con ortigas, pues la acción principal pasará literalmente por él a la hora de avanzar en una promesa de recuperación, liberación y unión. (De aquí en adelante, cuando hable de los recuerdos de Andersen estaré siempre haciendo referencia a su libro autobiográfico El cuento de mi vida. Cuando me refiera a su correspondencia estaré citando epístolas del archivo del famoso centro documental danés Hans Christian Andersen Centre, que se puede consultar por vía digital. Solo una carta no proviene de allí, la del 29 de noviembre de 1838, ni la he podido ubicar con precisión en otra parte, pero, por lo que allí dice, debe ser auténtica).
Con las clases sociales hemos topado
“Los once hermanos, los príncipes, iban a la escuela con estrellas sobre el pecho y sable al cinto; escribían en tabletas de oro con lápices de diamante y aprendían tan bien de memoria como leyendo, por lo que podía verse al instante que eran príncipes. La hermana Elisa se sentaba en un taburete de espejo y tenía un libro de estampas que había costado medio reino”.
Ya en el comienzo encontramos una realidad social de aristócratas de palacio que van a una escolaridad a la que asisten muy pocos. Tal como le ocurrió al autor, excluido del aprendizaje por estar ubicado en una zona donde la pobreza era la única soberana. Incluso su madre fue mendiga y sin ningún estudio. Cuando nace Hans Christian ella tiene 37 años, su esposo 23. Escribió el escritor boliviano Víctor Montoya: “Su abuela materna ejerció la prostitución y tuvo tres hijas para tres maridos. Las tres experimentaron una infancia llena de sobresaltos y sobrevivieron a pan y agua. La mayor empezó vendiendo su cuerpo y acabó siendo propietaria de un burdel en Copenhague. La otra fue Anne Marie, la madre de Hans Christian” (Hans Christian Andersen, un cisne de alto vuelo, se consigue en la web). De la mamá de Andersen también apunta Montoya: “Los primeros testimonios refieren que su madre fue abnegada e indulgente con sus hijos, cumplidora con los quehaceres domésticos y que su pequeña familia era una de las más prósperas del barrio; en tanto otros testimonios revelan que fue mujer de vida alegre, que tuvo una hija fuera del matrimonio, que doblaba en edad a su marido y era adicta al alcohol”.
Sobre el carácter inventivo, imaginativo de la mamá, Andersen escribe lo siguiente: “Fue el paso del gran cometa en 1811 [él tenía seis años]; mi madre me había dicho que se iba a hacer añicos la tierra o que se avecinaban cosas horribles, como ponía en las Profecías de la Sibila. Yo daba crédito a todas aquellas habladurías supersticiosas, que para mí valían tanto como los preceptos más sagrados de la fe”.
El padre siempre anheló estudiar, pero no pudo por la misma razón que le impidió al hijo ir a una buena escuela. El padre sabía leer y era lector frecuente de algunas obras de la literatura universal; además, gustaba leerle a su único hijo, quien luego recordará esas lecturas con un afecto patrimonial imborrable.
Escribe Montoya: “Su padre, Hans Andersen, era zapatero remendón y persona racional, quien creía más en la bondad humana que en los milagros de la divinidad. No fue un esposo ideal pero sí un padre ejemplar. Durante el día, mientras estaquillaba suelas, estimulaba la fantasía de su pequeño hijo con relatos de la tradición oral, y en las noches de insomnio, sentado al borde de la cama, leía en voz alta los cuentos adaptados de Las mil y una noches, antes de que Hans Christian se entregara a merced del sueño, con las maravillosas aventuras de Simbad, el marino”.
Sigo con el «Los cisnes salvajes» de Andersen: “Sí, los niños eran muy felices, pero todo tiene su fin. Su padre, que era el rey de todo el país, se casó con una mala reina, que se portó malamente con los pobres niños; ya el primer día pudieron darse cuenta de ello”. A la semana del matrimonio, la madrastra mandó a Elisa a vivir a casa de unos campesinos y al poco tiempo embrujó a los once hermanos: “–¡A volar por el mundo y arréglenselas! –les dijo la reina mala–. ¡A volar como grandes pájaros mudos!”, y sin poder defenderse de la maldición, salieron volando por las ventanas del castillo convertidos en cisnes. A partir de aquí, la idea en el fondo es la reintegración, el ordenamiento de lo que está desmembrado, separado, dividido, roto.
De vuelta al lugar del conflicto
Cuando cumple quince años, Elisa regresa al palacio. La reina intenta convertirla en otro cisne más, pero las circunstancias lo impiden. La quinceañera tuvo que esquivar con éxito los varios dardos maliciosos que le lanzó la madrastra para hacerle daño, pero no pudo evitar que la engrudara de un tinte oscuro por todo el cuerpo, incluyendo la cara. Razón por la cual el rey, al verla, no la reconoció.
Ella se aleja triste del castillo pensando en sus hermanos desaparecidos. Anda a la deriva. Atraviesa campos, pantanos y llega al bosque. Siente un deseo muy grande de estar con sus hermanos y se propone encontrarlos. Ese proyecto la pone en movimiento, y sin saber exactamente por dónde ir, llega al “gran bosque”, a un lugar donde al poco tiempo se hizo la noche. Elisa ve muy poco lo que hay en torno suyo, es decir,
al comienzo, al inicio del camino de esta ruta lo que predomina es lo oscuro.
El sitio al que llega sin mapa previo es un lugar que desconoce, al igual que muchos también, porque, escribe el autor, no hay senderos que den señales de tránsito humano.
Lo que hay es un misterio, en tanto que ámbito de lo secreto, de lo oculto.
Ella decide acompañarse con oraciones y se queda dormida y sueña. Esto es relevante, pues comienza Elisa a adquirir rasgo de heroína, ya que, por un lado, no pone en duda su deseo de encontrar a los hermanos y reza para no dejar que prosperen la angustia o el miedo. Por otro, reconoce en el sueño a un aliado semejante a la religiosidad, útil para orientarse y entrar en una dimensión de revelaciones, o sea, el sueño entendido como parte clave de la experiencia interior, de la experiencia que sin ir muy lejos podemos llamar existencial: encontrarse a sí misma recorriendo el camino que le corresponde. Para esto, de alguna manera hay que abandonar lo conocido si uno se propone llegar adonde quiere, y adentrarse por terrenos ignorados, venciendo el temor y la angustia e insistiendo en lo que anda buscando para desprenderse de lo que impide, de lo que tranca y se pone en movimiento
Morfeo en la Matrix de la liberación
Lo ignorado del ecosistema físico y psíquico del bosque se corresponde con la exploración en el mundo onírico, donde el sueño se convierte, como llegará a decir Freud setenta años después, en la vía regia para acceder a los predios del inconsciente. A su vez, a Elisa es posible entenderla, sin forzar mucho las cosas, como el medio por el cual los hermanos accederán a eso más propio que se encuentra bajo la condena de la madrastra.
¿Con qué soñó ella la noche inaugural?
Con sus hermanos en la edad de la infancia, donde lo que hacían era jugar. Los encuentra, diríamos, como una forma evidente de compensar la desgracia que vivieron y la actualidad de la separación de la familia.
También ellos escribían en el sueño, y esto puede adjudicarse (por el lado de la vida del autor) a la condición de escritor de Andersen y a las buenas señales premonitorias que a lo mejor lo acompañaron siempre.
Además, leen un mágico libro de estampas que pertenecía a Elisa, y que era tan valioso que costó o cuesta el equivalente a medio reino. O sea, tal vez sea este un espacio (el reino de la subjetividad) donde la imaginación goza de una consideración mayúscula, de privilegio, capaz incluso de traducirse en bienes terrenales y materializarse en un libro de estampas cuyo valor en metálico es similar a la mitad de los bienes de una organización político-territorial en el relato.
O sea, es interesante el cálculo exagerado del valor del libro, tan desproporcionado como puede ser el valor que se le está dando a la escritura y a la imaginación en esta obra.
Por otro lado, lo que escribían en la tableta es de tinte autobiográfico, ya no son los juegos de cuando niños, sino que los hermanos “escribían las más audaces hazañas que habían llevado a cabo y lo que habían visto u oído”. ¿La escritura entendida como ejercicio testimonial? ¿La necesidad de echar los cuentos? ¿De llevar un idario?
En el libro de estampas están los hermanos frente a otra realidad simultánea, pues en él cada cosa está animada por el soplo vital y la gente del libro sale para hablar con Elisa y sus hermanos. Hay acá tres dimensiones simultáneas: el sueño, el libro y la autonomía vital de los personajes, que no se quedan quietos en las páginas, sino que conversan en el sueño con quienes los buscan y los encuentran.
Dice Andersen en el relato: “y en el libro de estampas todo estaba vivo, los pájaros cantaban, los hombres salían del libro y hablaban con Elisa y sus hermanos”. Hay imágenes con autonomía, y una puesta en escena en la ficción misma. Hay una acción de lectura y una realidad alternativa a las estampas impresas en el libro: “cada vez que Elisa pasaba una página, [todos los seres y las cosas que estaban en el papel] saltaban inmediatamente a su sitio, para mantener el orden de los dibujos”. Podríamos pensar que están aquí:
El deseo de Andersen de juntar los fragmentos dispersos que lo constituyen, los mundos diversos que lo acompañan y se integran en la faena de escribir, en los libros.
Por otro lado, el probable deseo de Elisa de escribir historias sobre la vida, tal vez exprese la importancia de la escritura para Andersen como camino para juntar lo que tiende a un desarreglo que podía llegar a ser un problema grande de desajuste y descomposición. Tendencia caótica en una casa donde, escribe Víctor Montoya: “Su abuelo paterno era loco y su abuelo materno mitómano patológico”.
La abuela materna trabajaba en el mismo manicomio donde su marido pasaba temporadas, después de ella haber estado largo tiempo en la prostitución, y dicen que también gustaba de contar cuentos. Andersen lo dice en El cuento de mi vida al recordar a la abuela: “Dos veces al año quemaba los rastrojos del jardín; se convertían en ceniza en un horno grande del psiquiátrico y esos días me pasaba yo la mayor parte del tiempo con ella, echado en los grandes montones de hierba y hojas; podía jugar con las flores, y lo que más apreciaba: me daban una comida más rica que la que iba a tomar en casa. Los locos inofensivos, que podían andar libremente por el patio del hospital, entraban a menudo donde estábamos, y yo escuchaba sus cantos y su charla con una mezcla de miedo y curiosidad. Muchas veces incluso les seguía un trecho hasta el patio y, cuando iban con los celadores, hasta me atrevía a entrar en la casa donde estaban los locos de atar”.
En carta a Henriette Hanck (1.4.1838) donde habla de que se siente enfermo, le dice lo siguiente: “Mi salud no está bien. Tengo tanta fiebre. Mis nervios atacaron y me desanimé inmensamente. Ahora utilizo un remedio violento: ¡los baños de vapor rusos! Mis amigos, que después de todo «me conocen tan bien», creo que más que yo mismo, dicen que mi enfermedad es la imaginación”.
Para no perder el hilo en el laberinto
Al despertar, Elisa cae en cuenta de que el sol estaba muy alto. Olía la fragancia del bosque, sentía la vitalidad de los pájaros, y escuchaba al agua corriendo a través de manantiales que llegaban a una laguna donde prevalecía la claridad. Fue cuando percibió el rostro suyo en la superficie del agua. Sintió susto al ver reflejada allí la maldad de los tintes que le habían colocado en el castillo. Y en esas aguas dio por terminado el ardid de la reina, del que ella no tenía conciencia. De inmediato se quitó los tintes con agua y de nuevo su identidad facial salió a relucir intacta. Al par entendió por qué el padre no la reconoció.
Luego se internó más en el bosque, a la parte más sombría. “Era tal el silencio, que oía sus propias pisadas, oía cada hojita seca que crujía bajo su pie”.
Es decir, después de quitarse de encima los tintes con los que la untaron, descubre un bosque de silencio y de soledad en un itinerario donde el temor no sobresale, aunque sí la tristeza de no dar con lo que quiere: encontrar a sus hermanos, que es también la idea de encontrarse a sí. Al llegar de nuevo la noche, la oscuridad se intensifica y se acuesta “desconsolada para dormir”. El sueño otra vez le da abrigo y le parece que por un claro del bosque las ramas se apartan y “Nuestro Señor la mira con dulces ojos”.
“Cuando despertó por la mañana no supo si lo había soñado o había ocurrido así”. Pero el “Padre Celeste”, cuando menos lo esperaba se hizo presente para aquietar la angustia con ternura y eficiencia.
Después, Elisa encuentra en el camino, sorpresivamente, a “una anciana con un cesto de moras, y le dio algunas” para comer.
Este encuentro con alguien imprevisto es un episodio afortunado. Sobre todo, porque a la pregunta de Elisa acerca de si la anciana había visto a once príncipes por esos lados, ella le responde: “No, pero ayer vi once cisnes con coronas de oro en la cabeza. Estaban nadando en el río, no muy lejos de aquí”.
La anciana la conduce a un punto alto del bosque, desde donde puede observar abajo la silueta zigzagueante de un río. Siguiendo su curso llega a una playa. Contempla cantos rodados pulidos por las aguas: “Vidrio, hierro, piedras, todo lo que había sido arrastrado por la corriente había sido procesado en su forma por el agua”; tal vez como quien encuentra en las vías artesanales del espíritu la forma de llegar a la mejor convivencia con elementos peligrosos, hirientes, afilados, duros, que amenazan la existencia. ¡Y lograr esto con el agua!
El agua como elemento fluvial constante que procesa lo que toca, que lo lima, que le raspa ángulos mortíferos a objetos de cuidado y los trabaja con una fluidez similar, pienso, a la del lenguaje y las palabras a la hora de cuidarse de muchos riesgos fatales y disminuir el poder de lo que hiere, y transformarlo en adversidad con la que se puede convivir.
Dice ella tomando conciencia de lo que observa en el río: “Yo seré igual de incansable [que el agua]. Gracias por la lección, limpias olas rodantes. ¡Día vendrá, me lo dice el corazón, en que ustedes me lleven adonde están mis hermanos!”.
La franja donde surgen las presencias que la intuición presiente
En ese límite de arena que hay entre el bosque, las aguas marinas y las aguas del río, al bajar Elisa ocurre que:
Cuando el sol iba a ponerse, vio Elisa once cisnes (con coronas de oro en la cabeza) volar hacia la orilla; venían uno detrás de otro y formaban como una larga cinta blanca. Elisa subió la cuesta y se ocultó tras un arbusto; los cisnes bajaron y estaban cerca de ella y sacudieron sus grandes alas blancas.
En cuanto el sol se puso tras el mar, el plumaje de los cisnes desapareció de súbito y aparecieron once hermosos príncipes, los hermanos de Elisa. Ella dio un tremendo grito; porque, aunque estaban muy cambiados, los reconoció –ella sabía en su corazón que no podía equivocarse–; se lanzó en sus brazos y los llamó por su nombre. Estaban extraordinariamente contentos de ver y reconocer a la pequeña hermana, que se había hecho tan alta y hermosa. Lloraron y rieron y comentaron la crueldad de su madrastra con todos ellos.
–Nosotros, tus hermanos –dijo el mayor–, volamos como cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo. Cuando se pone recuperamos nuestra forma humana.
Ellos la ponen al tanto de otros asuntos:
1) a la hora del crepúsculo tienen que estar en una zona donde puedan pisar tierra firme, de lo contrario, al anochecer caerían del cielo como los humanos que también son.
En este punto quiero señalar que Andersen le da continuidad a esa división que vimos marcada en el libro que vale la mitad del reino, y aquí, una mitad constitutiva de los hermanos de Elisa, la diurna, pertenece al reino animal en tanto que cisnes salvajes, y la otra mitad, la nocturna, en el tiempo de dormir y soñar, es cuando los hermanos recuperan el cuerpo y el habla, cuando no están marcados por las energías instintivas de los cisnes. Humanos en lo oscuro y pájaros mudos en el día como ilustración de una división. ¿Lo inconsciente y la conciencia como dos dimensiones completamente separadas, sin contacto, aisladas? ¿La represión que suprime la lengua hasta la mudez? ¿Cómo establecer puentes entre los dos puntos? ¿Será este el reto?
Volviendo al libro, esta dualidad entre reino animal y humano es muy significativa, ya que por un lado se inscribe en la dualidad tradicional del cuerpo y el alma, pero va más allá cuando apunta a una reunificación recuperadora como meta, como realización integral que podría dejar atrás un hechizo de inicio que los conduce a vivir en dos mundos completamente separados, con cuerpos absolutamente distintos; uno con graznidos y otro con palabras.
Podríamos pensar que quitarse de encima la condena original es darse por fin la lengua que a uno le corresponde –la absuelta, diría Canetti–: salir de un impedimento inicial colocando palabras donde no había y rebajando los filos hirientes que hacen imposible la vida.
Cuestión que pasa por darse de veras cuerpo y voz humana, dejando atrás al niño dominado por seres que someten con hechizos malignos e impiden el surgimiento de lo más auténtico.
2) Ellos viven en un sitio que está lejos de su tierra de nacimiento, al otro lado del mar. Desde allí hasta este lugar donde están con su hermana, no hay islas, solo un pequeño peñasco donde pueden descansar unas horas para continuar el viaje cuando vienen y cuando se van.
3) El vuelo de ida, como el de venida, les lleva dos días cada uno.
4) Hacen este viaje solo una vez al año.
5) “(…) once días es cuanto podemos permanecer en ella” (en la tierra ancestral, donde están ahora con su hermana). Continúa el hermano comentándole a Elisa aquellos elementos que les transmiten identidad al volar por la geografía de su país natal: el castillo donde nacieron, la iglesia en la que está enterrada la madre, los árboles cercanos, las llanuras por donde corren los caballos indómitos, el recuerdo de antiguas canciones populares que ellos bailaban de niños. Este es el pasado irrenunciable. Así dice el hermano: “Esta es nuestra patria, la tierra que nos llama y aquí te hemos encontrado, querida hermanita. Aún podemos permanecer aquí dos días y volaremos más allá del mar a un país hermoso, pero que no es nuestra patria. ¿Cómo te llevaremos con nosotros? No tenemos ni navío ni barca”.
Por más bello que sea ese país donde están alojados, saben que su condición allí es la del exilio y desean regresar a su terreno originario, como algo que implica, en el caso de ellos, no perder de día el cuerpo ni la lengua. Y la hermana, ya habiéndolos hallado, ahora ve que se abre otro tema con carácter de urgencia: ¿qué debe hacer para liberarlos de la maldición, para redimirlos? Ahora debe enfrentar la tarea de hacer viable la integridad de lo que nunca han debido perder si la historia hubiera sido con ellos más justa. Otro asunto es que los hermanos tampoco han podido con ese problema, ni manifiestan historias de fracasos en ese sentido. Y otro tema que se puede ver es que Elisa quiere redimir a los hermanos, que es también redimir a la familia entera, o sea, quitarse la condena que también pesa sobre sí al tenerlos a ellos como pájaros la mayor parte del día, pues estos hermanos son de sangre y son parte de su nombre, de su alma y de su cuerpo.
Hay que ir hasta ese lugar donde viven las ilusiones
Los hermanos debían partir del reino entrañable al día siguiente, y después de deliberar deciden llevar a Elisa con ellos, pese a los riesgos de cargarla en el aire y que no vaya a caer por la posible falta de energía para sostenerla. Ella está decidida a asumir el reto, confiada en que saldrá bien. Después de sortear todos los peligros imaginables, arribaron al lugar distante donde vivían los hermanos. A Elisa le resultaba hermoso y vio frente a ella, “medio flotando en el aire, un país montañoso con brillantes glaciares en las cumbres. En él se alzaba un palacio que parecía extenderse varias millas, con columnata sobre columnata de atrevida traza; al pie se mecían bosques de palmeras y flores espléndidas, grandes como ruedas de molino”.
Los hermanos le dijeron que ese palacio de nubes, fascinante y mudable, era de Fata Morgana. Y esto es algo sustancial. Dice el Diccionario de la lengua española en la entrada “fatamorgana”: “De Fata Morgana, personaje de las leyendas artúricas. 1. Fenómeno de espejismo que la gente de mar atribuía al hada Morgana. 2. Ilusión (concepto o imagen sin verdadera realidad)”. O sea, ilusión óptica, fantasía, espejismo, ficción. Y es preciso anotar que este no es cualquier encuentro, pues Elisa tropieza aquí con algo que es como arquitectura esencial de la alucinación, donde le es dado encontrar a una reina de lo imaginario en su estado más puro. Un hada en su castillo caleidoscópico donde incluso hay palmeras tropicales y unas flores enormes en el helado paisaje nórdico donde a los glaciares se los ve coronando las montañas.
Por otro lado, en el libro El rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda leemos lo siguiente al hablar de las hijas de la reina Igraine: “Y la tercera hermana, Morgana el Hada, fue enviada a la escuela de un convento de monjas, donde aprendió tanto que fue una gran sabedora de nigromancia”.
Lo que me interesa es ubicar esta fuente de la escritura medieval para ir en torno al epicentro de una larga tradición del hada Morgana en la literatura.
Hermana del rey Arturo.
Mujer bella e inteligente.
Sabedora de nigromancia y de otras magias oscuras de la hechicería.
Parece que traicionaba al rey Arturo, su hermano, por ambición de poder.
En este relato, Elisa contempla las transformaciones del castillo de Morgana: montañas que se convierten en iglesias; iglesias que se convierten en barcos; barcos que se esfuman y dan lugar a la bruma marina que corre sobre el agua; sonidos de órgano que en verdad son sonidos del mar. Bueno, lo que se impone es el cambio constante, la mutación continua en el corazón mismo de la fantasía. Ella mira y sigue su paso hacia donde, de verdad, viven los hermanos, que es también muy bella tierra: “Magníficas montañas azules se alzaban en ella, con bosques de cedro, ciudades y castillos”. Al llegar la noche cayó rendida en la cueva que los cisnes le asignaron para su descanso y soñó con la mismísima Fata Morgana en su castillo y habló con ella.
Allí la recibió el hada, tan bella y resplandeciente y que, no obstante, se parecía muchísimo a la anciana que le había dado moras en el bosque y le había hablado de los cisnes con coronas de oro.
–Tus hermanos pueden ser liberados –dijo el hada–, pero ¿tendrás valor y firmeza bastante?
Cierto es que el mar es mucho más blando que tus delicadas manos y que a pesar de ello pule las duras piedras, pero no siente el dolor que tus dedos van a sufrir.
El mar no tiene corazón y no padece la angustia ni la pena que tú tendrás que aguantar.
¿Ves esta ortiga que tengo en la mano? De esta clase crecen muchas en torno a la cueva donde duermes; solo estas y las que brotan en las tumbas del cementerio sirven, tenlo en cuenta.
Tienes que arrancarlas, aunque te causen ampollas. Písalas hasta convertirlas en lino; con él tejerás once camisas con largas mangas. Tiéndelas sobre los once cisnes salvajes y el encanto dará fin.
Pero recuerda bien que desde el mismo instante que comienzas este trabajo y hasta que esté acabado, y aunque ello lleve años, no debes hablar. La primera palabra que digas irá como un puñal mortal a los corazones de tus hermanos; de tu lengua depende su vida.
¡Recuerda bien todo esto! Y entonces tocó la mano de Elisa con la ortiga. Quemaba como fuego y la despertó.
Estas palabras de Fata Morgana no solo Elisa las escuchó con atención, sino que al despertar se dio de inmediato a la tarea de lo que debía hacer para darle fin al sometimiento de los hermanos y de la familia. No duda de nada en relación a la veracidad de lo escuchado y se siente agradecida.
De nuevo es el sueño una revelación que ella escucha en la noche y la pone en práctica, conscientemente, en la mañana.
En esta conversación onírica el hada está al tanto de los pensamientos de Elisa, de sus reflexiones; de su decisión de ser como el mar para disminuir con trabajo el filo cortante de ciertos objetos. Asimismo, Fata Morgana le advierte de tres puntos fundamentales que debe tener muy claros: valentía, constancia y silencio.
Otra vez la vida consciente se ve acompañada por una interioridad que surge en el sueño con respuestas a problemas medulares. Una interioridad orientada por lo vital, por lo que se necesita para vivir mejor. Y esta conexión de las dos zonas se da gracias a Elisa.
Vemos que no existen soluciones mágicas en el sentido de gratuitas, fáciles. No, conllevan ejercicio de claridad, determinación, resistencia ante el dolor, coraje para avanzar, dejar la angustia y hacer lo que hay que hacer cuando uno quiere obtener algo que valga de verdad la pena, y que supone un trabajo tremendo de entendimiento del problema, de preparación y de acción para la recuperación de la singularidad perdida, bloqueada, sancionada.
A su vez, el hada le dice que no puede hablar con nadie, que debe prepararse para las incomprensiones y los reproches, desde una perspectiva que no busca la aceptación de los otros, sino que debe trabajar en y por el compromiso con la liberación de la familia dentro del mayor silencio, ya que uno puede suponer que, si lo pone en boca de los demás, si lo socializa, si lo manipula o frivoliza pone en riesgo todo lo que ha hecho. Estamos ante un silencio diferente al de los cisnes que pierden la voz humana. A Elisa le corresponde un estar callada para lograr justamente la liberación de la mudez como condena, la restauración del cuerpo y las palabras.
Y quizás lo más importante de todo esto es que sí hay una manera de redimir a sus hermanos de la maldición originaria, la del tejido con el indomesticable hilo de ortigas con el que fabricará las camisas de la liberación. Es un trabajar de mucho esfuerzo, a solas y en silencio por una meta trascendente, que va más allá de lo que opinen los demás, de lo que aprueben o rechacen los demás.
Quien le muestra el camino es un hada que está en una dimensión donde suelen estar las falsas apariencias, y paradójicamente, es en este contexto donde Elisa da con una palabra verdadera, una palabra cierta en un sitio en cambio continuo donde la mayoría de las gentes no entiende de qué tratan esas ilusiones a las que no prestan atención por considerarlas insustanciales, y así no logran entrar en comunicación con ese mundo de imágenes, de relatos y teatros oníricos y de fantasías personales que albergan un terreno fértil para dar con descubrimientos claves de la interpretación de uno mismo.
Al menos, en lo tocante a Hans Christian Andersen podemos decir que en Los cisnes salvajes le rinde al sueño un homenaje. A Fata Morgana la podemos ver como la reina sabia que vive justamente en el dominio de las revelaciones y los enigmas donde aparece y desparece no sin antes dejar asentada su lectura de lo que está pasándole a Elisa.
Es este un buen lugar para recordar que el padre de Andersen también le inculcó el amor al teatro y un día le regaló un teatrino hecho por él. Dice Andersen en El cuento de mi vida: “A partir de la muerte de mi padre me quedé como quien dice abandonado a mi propio albedrío; mi madre iba a lavarle la ropa a la gente, yo me quedaba solo en casa con el pequeño teatro que mi padre me había hecho, haciéndole ropa a los muñecos y leyendo”. Esto de hacerle ropa a los muñecos cuando era joven está en relación directa con la forma en que la protagonista del cuento, la tejedora del cuento, la del hilo de las ortigas, Elisa, hará lo que él hacía para ellos: hacerles trajes. Es una posición activa y esclarecedora.
Suenan las campanas del día… y otras también
Era pleno día y cerca de donde había dormido crecía una ortiga igual a las que había visto en su sueño. Entonces cayó de rodillas, dio gracias a Nuestro Señor y salió de la cueva para comenzar su trabajo.
Con sus delicadas manos arrancó las horribles ortigas, que ardían como fuegos; grandes heridas le quemaban las manos y los brazos, pero lo sufría con gusto con tal de liberar a sus queridos hermanos. Aplastó cada ortiga con sus pies desnudos y tejió el lino verde.
A partir de este momento Elisa comienza a trabajar en las camisas. No le cuenta nada a los hermanos, quienes sospechan que las heridas en sus manos se deben a una nueva maldición de la madrastra. Termina una y sigue con la otra, poco a poco, pues no puede materialmente ir rápido. De pronto, escucha ladrar a unos perros de caza y se refugia en la cueva donde vive. A los pocos minutos, perros y cazadores estaban frente a su cueva.
El más gallardo de ellos era el rey del país, que se acercó a Elisa. Nunca había visto una doncella tan hermosa.
–¿Qué haces aquí, encantadora criatura? –dijo.
Elisa movió la cabeza, pues no se atrevía a hablar, ya que iba en ello la libertad y la vida de sus hermanos, y ocultó sus manos bajo el delantal para que el rey no pudiera ver lo que había sufrido.
–Ven conmigo –dijo el rey–. Aquí no puedes seguir. Si eres tan buena como hermosa, te vestiré de seda y de terciopelo, pondré la corona de oro en tu cabeza y vivirás en mi más rico palacio –y la subió a su caballo.
Ella lloró y se retorció las manos, y el rey dijo:
–Yo solo quiero tu felicidad. Un día me lo agradecerás.
Ella se va de la cueva con quien le manifiesta semejante sentimientos. No nos dice el autor si ella sintió también el amor del flechazo, o si se sintió obligada, pero no ofrece una resistencia visible. El estremecido monarca siente fascinación por la belleza de la joven, la misma que unos celebrarán, otros no y algunos la convertirán en blanco de sus envidias; especialmente con el argumento de que el rey cayó en un hechizo y esperan develar la falsedad de esta mujer a la que su majestad ama y pondera. A todas estas el rey la elige por esposa ante el estupor de la corte imperial. Le asignan una habitación de lujo extremo, y la atienden de novia como a la reina que será. La reina muda, pues nunca había pronunciado una sola palabra, tal como se lo comunicó la Morgana si ella quería lograr la liberación de sus hermanos.
Pese a ese silencio, o quizás por el mismo, el rey avanzó con entusiasmo, le ofreció matrimonio y se realizó la boda. Ya casados, ella seguía, sin que la vieran, trabajando en las camisas. Hasta que al comenzar la séptima se le acabó el hilo. Ella estaba al tanto de que las ortigas crecían en el cementerio (y por estos lares uno recuerda lo del arte nigromántico de la Fata Morgana de los relatos medievales), y tenía que ser ella la que las arrancara. No podía delegar esa tarea en nadie. “Tengo que arriesgarme. Nuestro Señor no me va a soltar de Su mano”.
Al llegar al cementerio vio “sentada sobre una de las mayores lápidas, a un círculo de lamias, asquerosas brujas que se despojaban de sus andrajos, como si fueran a bañarse, y entonces cavaban con sus flacos dedos en las tumbas más recientes, desenterraban los cadáveres y devoraban su carroña. Elisa tenía que pasar por su lado. La miraron fijamente con ojos perversos, pero ella dijo una oración, recogió las irritantes ortigas y las llevó al palacio”.
Para no sondear mucho en los subsuelos de la magia, que desconocemos, es posible, sin hacer demasiada fuerza, anotar el parecido que tiene el desenterrar los cadáveres con el hacer memoria (tener conciencia de ellos y saber qué sentimientos insoportables fueron sometidos a desplazarse en esos cuerpos del pasado que de vez en cuando aparecen), para tratar de entender mejor lo actual. Pero “Solo una persona la había visto: el arzobispo que velaba mientras los otros dormían. Ciertas eran sus sospechas: la conducta de la reina dejaba mucho que desear. Era una bruja, por lo que había hechizado al rey y a todo el pueblo”.
El arzobispo le cuenta al rey lo que había visto, este termina por escucharlo y duda finalmente de ella, que continúa con las camisas. Vuelve el tema de la escasez de hilo y se dispone a ir de nuevo al lugar donde sabe que están las indispensables ortigas que le permitirán continuar con su meta. Sale del castillo sin darse cuenta que la siguen el arzobispo y el rey.
La vieron desaparecer por la verja del cementerio y cuando se aproximaron a él, vieron a las lamias sentadas en las lápidas, tal como Elisa las había visto. El rey no quiso seguir, porque creyó verla entre ellas.
–¿Qué el pueblo la juzgue! –dijo. Y el pueblo, efectivamente, la condenó:
–¡Que sea quemada en las llamas!
Siendo esta quizás una metáfora de la resistencia del statu quo al cambio que ella encarna en silencio, pero lo encarna en el cuento como símbolo de redención. Cuestión que tiene su lectura en lo individual y también es aconsejable escuchar las repercusiones en lo colectivo. Conocidas son las fuertes polémicas de Kierkegaard con la Iglesia que predominaba en esa época por lo que él consideraba una manipulación de las mentes por quienes contaban con interpretaciones dogmáticas de las Escrituras. El filósofo ha sido entendido, además, como uno de los pensamientos claves del existencialismo, entre otras, por el enfoque del individuo, del pensar con autenticidad y libertad, la verdad interior, el sentimiento angustiante de la vida, la responsabilidad. En este sentido, Andersen y Kierkegaard, daneses contemporáneos, escritores para quienes el individuo es central en sus páginas, pudiéramos en alguna ocasión intentar conocer hasta dónde pueden ir juntos en la tarea crítica de la época en Dinamarca y la ponderación de valores que los colocan en el circuito de ese oleaje que imprimió en el campo de las ideas la Revolución francesa. Digo esto en el sentido del estremecimiento general de la Europa postrevolucionaria de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, tal como el clima que refiere el profesor Luis Eduardo Gama en la “Presentación” de la Fenomenología del espíritu traducida al español por el profesor colombiano Jorge Aurelio Díaz y publicada en Bogotá en 2020: “[un clima] de una tensión creciente entre fuerzas o potencias antitéticas que desgarraban a los individuos y a las sociedades escindiéndolos entre ideales, normas, valores y formas de vida contrapuestas e irreconciliables. Esta experiencia de escisión y desarraigo, de extrañamiento y confusión que sobrecogía a unos individuos anclados aún en tradiciones y comunidades naturales, pero sometidos a la vez a dinámicas propias del mundo moderno, se manifestaba en todos los ámbitos de la praxis humana”.
En todo caso, hay que dedicarse a investigar si uno de verdad quiere tener más ideas sobre las coincidencias de este par de escritores. También es cierto que esta relación es más compleja cuando nos enteramos de que el filósofo escribió negativamente, en 1837, sobre la novela de Andersen El último violinista, donde cuestiona al autor por carecer de ideas originales, por no mostrar una filosofía de la vida y entre otras cosas más, dice en su libro: “(…) descontento e insatisfecho como está con el mundo real, intenta obtener satisfacción indirecta en sus propias y tímidas creaciones poéticas. Como Lafontaine, por lo tanto, se sienta y llora por sus héroes infelices, que están condenados a perecer, y ¿por qué? Porque es el hombre que es. La misma lucha sin alegría que el propio Andersen ha librado en vida se repite ahora en su escritura”.
A pesar de lo que diga el filósofo, es interesante mantener la sospecha sobre sus puntos de encuentro. Además, deben existir numerosos libros que desconocemos sobre este asunto, donde pudiéramos seguir de cerca las ideas de Andersen en disonancia y tensión con su tiempo histórico, con la sociedad en la que le correspondió vivir, y sin que él en vida haya sido algo parecido a un cuestionador político o un ideólogo partidista.
El riesgo de mantenerse en lo que se busca y se hace
En el calabozo donde espera el momento final, Elisa continúa con su faena, con su plan, con su objetivo, ya que, no sabiendo nadie qué hacer con esas camisas ni con las ortigas, se las dan para que sea quemado todo ese material con la sentenciada a muerte.
Los hermanos llegan de madrugada al palacio e intentan hablar con el rey para convencerlo que de que no mate a su hermana. Pero llega el sol y antes de hablar con él se convierten irremediable y puntualmente en los cisnes mudos.
Leemos en el libro:
Hasta en camino a su muerte no cesaba en el trabajo comenzado. Las diez camisas yacían a sus pies, tejía la undécima. La chusma se burlaba de ella.
–¡Miren a la bruja, cómo murmura! No es un libro de oraciones lo que tiene en la mano, no, sino sus repugnantes hechizos. ¡Rómpanlos en mil pedazos!
Y se amontonaron sobre ella para destrozar su labor. Viniendo entonces volando once cisnes blancos que se posaron en la carreta en torno a ella mientras agitaban sus grandes alas y la gente se apartó.
Entonces el verdugo la tomó de la mano. Pero ella lanzó entonces las once camisas sobre los cisnes y en su lugar aparecieron once hermosos príncipes, solo que el menor tenía un ala de cisne en lugar de brazo, porque faltaba una manga en su camisa, que no había terminado.
Y el pueblo, al ver lo que había ocurrido, se postró ante ella como ante una santa. Pero Elisa cayó desvanecida en brazos de sus hermanos, de tal forma la emoción, la pena y el sufrimiento la habían agotado.
El final del cuento es fuerte porque no solo está presa y sentenciada a morir bajo fuego, sino que el pueblo se vuelve en su contra, al igual que las autoridades institucionales, la corte, el rey mismo. Por su lado, ella, estando por encima de las circunstancias, afincada en su compromiso, continúa con el tejido de las camisas hasta casi terminar la confección de la última. Y esto hay que pensarlo bien, pues ella no desmaya en cuanto a su plan, lo mantiene pese a las adversidades que esto le acarreó con el medio. No habla, no se traiciona y teje y teje lo que quiere y necesita hacer.
Surgen varias cosas a la hora de pensar en ideas que surgen en la lectura del cuento:
1) Es interesante suponer y seguir la hipótesis de que esos doce hermanos pueden ser en realidad la figura de una sola persona que se busca a sí misma.
2) El lado femenino (Elisa) es el idóneo para realizar las diversas acciones que hay que hacer para dar con ellos, después saber cómo liberarlos y hacer lo correspondiente para quedar todos más allá de los papeles asignados originalmente en el destino infame que los había condenado al destierro (a la pérdida de los derechos) y a la transmutación física como una muerte en vida.
3) Vuelvo aquí a llevar este cuento a una posible afinidad con la autobiografía del autor. Por ejemplo, en carta del 29 de noviembre de 1838, dirigida a una amiga a la que siempre consideró como una hermana muy especial, Henriette Wulff, hija de otra persona que lo apoyó mucho: “En Los cisnes salvajes, he intentado expresar algo de lo que he sentido yo mismo en la vida. He sido siempre un niño solitario y diferente, y he sabido lo que es sentirse apartado de los demás. Creo que esta historia resonará con aquellos que han experimentado algo similar”.
4) Ese niño solitario y diferente que fue Andersen, ese que no dejó de sentir los efectos de la orfandad, de la pobreza, del destierro, de la dificultad para estar en el mundo en medio de la debilidad familiar (sea por la muerte prematura del padre, por las muy precarias condiciones económicas y culturales del grupo humano en el que nació o por la locura que afectó con frecuencia a parientes cercanos a su vida), ese niño se ve de alguna manera simbolizado en el cuento Los cisnes salvajes por Elisa como el lado heroico que se dispone a la acción, a la perseverancia y al enfrentamiento con lo más arduo para ir más allá de los estrechos límites de lo que estaba previsto.
5) Un recuerdo infantil de este autor me parece pertinente ubicarlo acá por la precisión con la que dibuja el silencio de quien anda en lo suyo sin decir nada, y logra desprenderse de los peligros de la realidad circundante:
Las historias de las viejas, las figuras de los locos que me rodeaban en el hospital, todo aquello reunido, producía tal efecto en mi alma supersticiosa, que en cuanto oscurecía apenas me atrevía a salir de casa; además solían dejarme ir a la cama al ponerse el sol, aunque no podía acostarme en mi banco, pues era temprano para abrirlo, ya que ocupaba demasiado sitio en nuestra pequeña habitación, así que me metían en la cama grande de mis padres. Las cortinas floreadas de algodón se ceñían en torno al lecho, fuera había luz; se podía oír todo lo que ocurría en la habitación, pero yo navegaba en mis propios sueños y pensamientos, como si no existiera el mundo real.
6) Por el lado de lo femenino, por el lado de Elisa, se logra la recuperación del cuerpo y la lengua de los hermanos, es decir, la liberación de todos, incluyéndola. Elisa como rectora, orientadora, líder de la familia a la hora de salir del sometimiento y de la pérdida de lo más preciado por el peso de un decreto. Esto da qué pensar y es un tema excelente para estudiar este papel estelar de la protagonista que no parece corresponder con el referente materno del autor por lo que se dice de ella. Aunque hay que tener en cuenta que uno lee en la autobiografía del autor bastantes referencias a la vida con ella que no son nefastas ni condenatorias ni faltas de amor. Lo que quiero decir es que su mamá lo quería y él a ella. Es decir, que eso femenino ha podido muy bien formar parte de la íntima visión de Andersen sobre la épica de las mujeres, de su inventiva, de sus riesgos, contrapuesta a lo mejor a cierta apatía del padre para salir del estrecho lugar donde estaba. Así lo recuerda Andersen: “se iba encerrando cada vez más en sí mismo”. Y se murió siendo Andersen muy joven, lo que evidencia la orfandad en la que vivió este autor. La protagonista del cuento es como la invención de un lugar de entendimiento, toma de decisiones y voluntad para avanzar. Lo que pudiera tener algún vínculo con el autor del relato a la hora de dejar el pasado y colocarse en un lugar viable para poner orden, para ponerle un parado a eso que quita las palabras, que enmudece (¿que enloquece?) y salir así de los estrechos límites de una “casa” nefasta, (¿de una interioridad nefasta?), y continuar por donde es posible una vida más parecida a su deseo. El viaje a Copenhague es claro que responde a su ilusión de ser famoso, y también a la necesidad de irse tempranamente del sitio donde vivía con su mamá y se sentía abandonado, en una calle a la intemperie, sin presente y sin futuro.
Hay una valiosa opinión que tenía sobre lo femenino en general y lo femenino en él que puede encontrarse en una carta sobre una amiga suya (la señora Laessøe): “Si algo hay en lo que he escrito que lleve el sello de la feminidad y la pureza, ella es una de las personas a las que se lo debo”. Otro punto es que con frecuencia leemos que él tenía una manera afeminada en su desenvoltura cotidiana que le hizo objeto de no pocas burlas. En una ocasión su madre lo llevó a trabajar en una fábrica, como era costumbre en los niños marginales, y nos cuenta el autor:
Los primeros días lo pasé muy bien en la fábrica, pero un día, cuando estaba en lo mejor de mi canto [porque cantaba y recitaba a Shakespeare de memoria] y se hablaba de la claridad de mi voz y de lo increíblemente alto que llegaba, uno de los mozos gritó: «¡Este no es un chico, es una mujercita!»; me agarró y yo me puse a chillar y a lamentarme. Los otros, a los que les pareció divertida la broma pesada, me sujetaban por los brazos y las piernas; yo gritaba con toda mi alma y escapé corriendo, avergonzado como una niña, hasta llegar a casa con mi madre, que me prometió que no volvería allí jamás.
Ese lado femenino no fue obstáculo para enamorarse platónicamente de las mujeres (de la misma manera se enamoraba de los hombres) y en este grupo está el célebre enamoramiento del autor con la cantante sueca Jenny Lind. Amor que cantó Aquiles Nazoa con belleza y ternura. Es aquí cuando es imprescindible citar como mínimo la primera frase del poema que escribió el querido y agudo escritor venezolano:
Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.
7) Este cuento muy bien puede narrar la aventura de alguien que logró salir triunfalmente de un tupido laberinto existencial, donde se pronosticaban limitaciones grandes por la pobreza, la falta de educación, la convivencia con la locura, la preponderancia de lo imaginario, y añade Ana María Matute, por la compañía de: “los dementes, expresidiarios, prostitutas, haraganes, mendigos y bufones que componen el vasto retablo donde ha crecido”. Es decir, esta historia de ficción es viable pensarla como retablo metafórico del trabajo de Andersen para transformarse en escritor –sacrificada y empeñosamente–, con una formación cultural que era impensable para gente de su condición socioeconómica en la Dinamarca de su tiempo. Formación que obtuvo gracias a ciertas personas que de verdad lo apoyaron.
En 1823, a los dieciocho años, iniciándose por fin en lo que puede ser el bachillerato, le escribe a su protector Jonas Collin y le cuenta de sus avances en Griego, Latín, Estilo y Gramática Latina, Francés, Alemán, Religión, Matemáticas, Historia, Música, Contabilidad. En 1827, ya avanzado en el bachillerato habla de su avance también en materias que se añaden a las anteriores, como Danés, Estudios Daneses, Hebreo, Geometría y Aritmética. Camino de estudios que lo ayudó notablemente al logro de una increíble e indiscutible fama mundial, tal como él la soñaba y buscaba desde pequeño (algo que lo atraía con extremada fuerza era llegar a ser alguien importante de la sociedad danesa). Así recuerda él lo que habló con su madre antes de irse de la casa a los catorce años (salió como desesperado de la orfandad de su casa en busca de un destino superior), con dirección a Copenhague (con estudios irregulares y deficientes en establecimientos de instrucción para gente pobre):
«¿Y qué va a ser de ti allí?», preguntaba mi madre. «Seré famoso», respondía yo, y le contaba algo que había leído sobre gente notable que había nacido en la pobreza: «Primero hay que pasar penalidades sin cuento y luego se hace uno famoso». Era un impulso inexplicable el que me arrastraba. Al final, después de mucho llorar e implorar, mi madre se rindió,
Exacto, ella no quería que él se fuera de la casa, y le costó convencerla, sin olvidar ninguno de los dos, seguramente, que ella producía económicamente poquísimo con esas lavadas de ropa y el padre muerto.
De este modo, es factible leer Los cisnes salvajes como un relato que testimonia ficcionalmente ese salto desde la cuasi ignorancia de alguien de la clase más desposeída de Dinamarca, al creador artístico que llegó a ser; el que pudo salir de la pobreza en un momento de su país donde aquello no era lo habitual. Lo hizo manteniendo a raya unos cuantos demonios que le marcaron la vida y le hacían sentir temor desde los primeros años de edad. Quiero recordar unas palabras de él en sus memorias:
Al abuelo loco le tenía mucho miedo. Solo me había hablado una vez y me había llamado de usted, cosa tan rara para mí. Tallaba en madera figuras extrañas: hombres con cabeza de caballo, animales con alas y pájaros raros. Los metía en una cesta y se iba por los pueblos; en todas partes los campesinos le daban de comer y hasta grano y tocino para llevar a casa, a cambio de los extraños juguetes que les regalaba a ellos y a sus hijos; un día que volvía a Odense vi cómo se metían con él los vagos de la calle. Me oculté asustado tras una escalera, mientras pasaban en tropel. Sabía que era de su misma sangre.
9) En la creación de mundos paralelos su padre tuvo una gran influencia desde el cariño que le dio, el gusto por la lectura, el amor al teatro. El hijo se propuso desde el comienzo obtener una educación que su padre anheló siempre. Escribió Andersen lo siguiente:
Mi padre, Hans Andersen, me consentía siempre; yo era el dueño de todo su cariño, vivía para mí y por eso los domingos empleaba todo su tiempo libre en hacerme juguetes y dibujos. Muchas tardes nos leía La excéntrica de La Fontaine, Holberg y Las mil y una noches; sólo en esas ocasiones, leyéndonos, recuerdo haberle visto sonreír, pues no era feliz ni en su trabajo ni en su vida.
De esta manera, luego de la muerte del papá (cuando siente que se queda “como quien dice abandonado”, a los catorce años deja la ciudad natal y sin ningún dinero y con un solo y fantasioso contacto se va a Copenhague a inventar la forma de hacerse de una educación y a profundizar su relación con los libros y con el arte. Ambas cosas las consigue a punta de muchísima constancia y aguante. En su libro autobiográfico leemos un momento de dicha en este proceso educativo:
En septiembre de 1828 terminé el bachillerato; precisamente ese año era decano Oehlenschläger, que me dio la bienvenida al mundo universitario con un cordial apretón de manos; a mí me emocionó como si fuera un acto de una importancia enorme; tenía ya veintitrés años, pero era todavía muy infantil en mi manera de ser y de hablar.
Y también dice de este momento: “la fortuna me sonreía, había obtenido el título de bachiller, era poeta, mis deseos más ardientes se habían cumplido”.
Esa importancia de la figura paterna (en su autobiografía lo recuerda como poseedor de “una inteligencia asombrosa y un temperamento poético de verdad”) encontrará continuidad, no solo por los efectos favorables de Hans Andersen en él a lo largo del tiempo, sino que entrará en correspondencia con la figura de varios de sus protectores (en su relato biográfico recuerda “al Almirante Peter Wulff, traductor de Shakespeare, que Dios lo tenga en la gloria, en cuya casa hallé desde entonces un verdadero hogar”).
Asimismo, uno lee en cartas a Jonas Collin, por ejemplo, que le dice muchas veces: “Querido Padre Benefactor”. En la Nochebuena de 1830 le escribe: “A mi muy amado Benefactor, J. Collin, de su filialmente agradecido Andersen”. O en una carta de 1833 donde lo saluda como “Querido Padre” (lo hará muchas veces en su correspondencia), y Andersen subraya en la del 33: “No conozco ninguna palabra que exprese mejor lo que realmente eres para mí”.
Es posible suponer que esas relaciones beneficiosas en lo material le eran también indispensables en todo aspecto, puesto que en ese eje del Padre encontraba el norte a la hora de aplacar las fieras suyas, a la hora de los deslindes, los límites a las quejas, al dolor, a un desorden interior al que uno lo siente inclinado, quizás por cierta fragilidad en la conformación psíquica y por la incomprensión del mundo socioeconómico y cultural de la alta burguesía donde de pronto accedió a estudiar y donde le tocó desenvolverse luego, encontrando rechazo en ocasiones por su condición social, y otras veces parece que inventaba otras discordias. No le tocó fácil y lo que traía de su hogar era muy complicado y no dejaba de aguijonearlo. En una carta de 10 de julio de 1824, Jonas Collin le da respuesta a varias comunicaciones de Andersen donde este le hablaba de angustia y de desesperación por las dificultades con algunos profesores. Collin le dice:
Me siento impulsado, en consideración al próximo examen, a escribirte unas líneas para infundirte algo de coraje, que parece que puedes necesitar de vez en cuando. Que no tengas excesiva confianza en ti mismo, ni confíes demasiado en tus propias capacidades, porque esa confianza en ti a menudo conduce a una intolerancia en el carácter que repele a la mayoría de las personas. Pero el desaliento también puede apoderarse de ti demasiado, y sobre eso quería advertirte. O podrías, si continúas siendo diligente, y utilizas los medios que se te ofrecen, avanzar en la educación, y sobre todo, continúas siendo diligente en una conducta virtuosa, entonces tu convicción interior te fortalecerá contra las incomodidades que hayas encontrado en la escuela. No es necesario que des grandes pasos. Que quieras aprovechar tus vacaciones para estudiar es muy loable, pero no desaprobaría en absoluto que aprovecharas unos días de ellas para tener un poco de recreo con tu madre y tus amigos. ¡Vive bien ahora!, y deja que también te consuele en algún que otro momento oscuro saber que varias personas buenas te aman.
A eso me refiero, a estas provechosas figuras paternas que no lo dejaron solo a lo largo de la vida, que lo fortalecieron en la ausencia del padre (primero aislado, adolorido, huraño y después muerto tempranamente); figuras a las que él buscaba con frecuencia para discernir las dificultades consigo y con el medio, probablemente para no dejarse llevar por las relaciones imaginarias a las que parecía convocado, y darle un peso mayor a lo sensato, es decir, en este caso, con menos enemigos y desgracias por todos lados.
Me parece oportuno recordar que el padre era zapatero de remiendos, y es pertinente tener presente ese hilo con el que Hans Andersen cosía los zapatos que no funcionaban, los remendaba y mantenía en forma, como es posible que alguna vez le pasara por la mente a Hans Christian la idea de la escritura como el hilo adecuado para hacer las paces consigo, y hacer con eso que en ciertos momentos se le transformaba en vertiginoso e imposible, algo soportable donde se podía vivir recomponiendo lo que no funcionaba o andaba suelto, manteniendo juntas las partes de lo que debe estar unido y disminuyendo los picotazos de lo real. Hilo este, además, parecido al que utilizaba el padre al unir las palabras de aquellos cuentos y poemas que le leyó, que no solo se quedaron acompañándolo y resonando en él para siempre de una manera muy constante, sino que también fueron los enlaces fundamentales a los que este escritor le dedicó la existencia con la devoción de un orfebre genial.
En este punto es muy significativo el final de su autobiografía, pues allí logra, en un libro creado a conciencia, un resumen de sentido existencial que da cuenta de sus cosas buenas, malas y pésimas y las coloca en un lugar de reconciliación casi religiosa consigo y con los demás, y un lugar que es producto de una metamorfosis profunda. Hay que escucharlo:
«El cuento de mi vida [1855] se despliega ahora ante mis ojos como una bella y reconfortante historia: hasta el mal terminó en bien y el dolor se transformó en alegría, yo no hubiera podido inventar nada más aleccionador. Me siento un elegido de la fortuna, tantas de las personalidades más nobles de mi tiempo me han dispensado su simpatía y afecto, muy pocas veces ha sido defraudada mi confianza en la gente. Los días de amargura y tristeza portaban también en sí un germen de ventura. Lo que yo consideré oprobio por parte de cuantos con mano dura forzaron mi desarrollo, ha dado también buenos frutos».
Para finalizar este acercamiento, este paseo, esta aventura por el cuento Los cisnes salvajes, pienso sobre todo que es un extraordinario e inagotable cuento fantástico que, en definitiva, cada quien lee a su manera, y en mi caso, va mucho más allá de lo que busco.
A mí, el encanto por las sugerencias y revelaciones de Andersen me vienen desde niño, como dije al comienzo, y ahora, a los sesenta y nueve años, vuelvo a sentir esa conmoción de leer algo que vive en su universo, y en el mío, como creación perdurable donde puedo toparme con tantas cosas que me entusiasman con sus metáforas y sus formas de amar el arte y tratar de resolver conflictos. Por eso le agradezco tanto a Hans Christian Andersen, a 220 años de su nacimiento, el extraordinario regalo que son estos renovadores cisnes salvajes, nacidos de su cultivada, poética y extraordinaria imaginación.
Miguel Alfonso Márquez Ordóñez
Caracas, 14.7.2024
*Miguel Alfonso Márquez Ordóñez (Caracas, 1955).
Escritor, poeta, editor. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Cosas por decir (1982), Soneto al aire libre (1986), Poemas de Berna (1991), La casa, el paso (1992), A salvo en la penumbra (1998), Linaje de ofenda (2001), La memoria y el anzuelo (2006), Fragmentos de la batalla (2010), Poemas de la independencia y el escarnio (2010), Reserva y esplendor (2011), Trinitarias de la cara y el envés (2014), Campana en el fondo del río (2015), Creyones sobre el asfalto (2016), Otras cosas por decir (2021), Esta terca manía de vivir (2022), Un soneto en Krakatoa (2023).
Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, así como realizó estudios de maestría (Filosofía también) en la Universidad Simón Bolívar. Hizo un diplomado en Psicoanálisis. Trabajó cinco años en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (donde publicó una investigación sobre el filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira). Luego comenzó trabajos vinculados al mundo del libro hasta la actualidad.
Entrada No. 280
Autor del ensayo invitado: Miguel Márquez. Autor de la intro: Adolfo Córdova.
Ilustración de portada: Shiba Productions.
Fecha original de publicación: 31 de marzo de 2026.
Periodista, escritor, investigador y mediador de lectura. Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil por la U. Autónoma de Barcelona. Jurado de premios de LIJ nacionales e internacionales, miembro de comités editoriales, profesor en instituciones y universidades de México y el extranjero y colaborador de bibliotecas y proyectos comunitarios de promoción lectora. Ha sido becario de la ONU, el FONCA, la Biblioteca Internacional de la Juventud en Múnich, el CEPLI en Cuenca y la Fundación de Cornelia Funke en California. Entre otros reconocimientos ha recibido el Premio Nacional Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada 2015 y The White Ravens 2017 por su libro El dragón blanco y otros personajes olvidados (FCE, 2016); y el Premio Antonio García Cubas 2019 del INAH al mejor libro y labor editorial, en categoría obra infantil y Los Mejores del Banco del Libro por Jomshuk. Niño y dios maíz (Castillo, 2019). Como antologador ha publicado La hoguera de bronce. Historias de selvas y ciudades (Secretaría de Cultura, 2017), Renovar el asombro. Un panorama de la poesía infantil y juvenil contemporánea en español (UCLM, 2019) y, próximamente, Cajita de fósforos. Antología de poemas sin rima (Ekaré, 2020). En todas sus áreas de especialización le interesa el diálogo directo con niños, niñas y jóvenes. Tiene un blog de periodismo especializado en literatura infanitl y juvenil: linternasybosques.com.
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De niño me gustaba jugar a los desastres naturales, inventar cuentos y pasear en mi triciclo rojo.
Todos los domingos íbamos a la playa. Pero yo prefería los nortes del invierno. O brincar de una roca a otra en la selva de los Tuxtlas y no me importaba nadar en albercas con el agua verde.
Nací a medianoche, en los primeros minutos del 15 de agosto de 1983, en un cuarto de un hospital muy pequeño, que tenía una ventana por la que se veía un almendro. En Veracruz, México.
Espero envejecer como mis abuelos y que alguna vez alguien vuelva a mis libros para volver a su infancia.
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He tomado talleres de crónica, narrativa y literatura infantil y juvenil con María Teresa Andruetto, Teresa Colomer, Marina Colasanti, Daniel Goldin, Brenda Bellorín, Cecilia Silva Díaz, Michèle Petit, Joëlle Turin, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Manuel Peña, Julio Villanueva Chang, Andrea Fuentes Silva, José Luis Martinez Suárez, José Homero, entre otros.
Tengo un máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Autónoma de Barcelona. Estudié Ciencias de la Comunicación, enfocado en Periodismo, y un certificado en Literatura en la Universidad de las Américas Puebla con la beca Excelencia Jenkins. Fui editor del periódico universitario y presidente de la asociación ambiental estudiantil.
Mi tesis de licenciatura, dirigida por Ignacio Padilla, fue una propuesta de revista de arte y ambientalismo que me hizo graduarme con Magna Cum Laude, obtener el Premio Estatal de Periodismo Luis Tecuapetla en Puebla y el segundo lugar del Premio Nacional de Trabajos Recepcionales del CONEICC. Una versión muy parecida de la revista fue adoptada por el periódico Reforma para publicarla bimestralmente con el nombre de “Verde” y continúa vigente.
Fui reportero y editor de suplementos especiales del periódico Reforma, donde constituí y edité varias revistas. He publicado mis textos en revistas digitales e impresas como Punto en línea, Picnic, La Peste, Pijama Surf, Letras Explícitas, Registro, México Desconocido, Revista Había Una Vez, Cuatrogatos, Ventana de Papel, Ciclo y Genial y Like (revistas y secciones infantiles y juveniles del periódico Reforma).
Fui elegido por el Banco Interamericano de Desarrollo como periodista representante de Latinoamérica para la cobertura del Primer Foro de Crecimiento Verde celebrado en Seúl, Corea del Sur; por las Naciones Unidas para cursar talleres de periodismo ambiental en Indonesia y Panamá; y por la embajada de Israel en México como periodista represente de Latinoamérica en la Conferencia de Tecnologías del Agua PRE WATEC en Tel Aviv.
Vivo en la ciudad de México desde el 2008. Escribo de viajes, medio ambiente y LIJ para el periódico Reforma.
Trabajo con grupos de promoción de lectura en primarias y en la Biblioteca Vasconcelos, y soy fundador de la biblioteca comunitaria BRINCO-Lectura.
Soy miembro de la Red Internacional de Investigación Universitaria en LIJ, por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. He impartido talleres y ponencias en diversos congresos y encuentros, y soy profesor invitado en los cursos de LIJ de la Universidad Nacional Autónoma de México y en A Leer/IBBY México.
También colaboro con la Dirección General de Publicaciones del CONACULTA, la revista chilena Había Una Vez y la Fundación Cuatrogatos.
Además soy educador ambiental certificado por el CECADESU.
Ha sido becario de la ONU (2010) y el programa Jóvenes Creadores del FONCA en dos ocasiones (2013-2014; 2018-2019); realizado estancias de investigación en la Biblioteca Internacional de la Juventud en Múnich (2017) y el Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil, CEPLI, en Cuenca (2017), y residencias artísticas en el Centro de las Artes de San Agustín, Oaxaca (2018) y en California con la Fundación de Cornelia Funke (2019, 2020).
Blog de lectura crítica y periodismo especializado en literatura infantil y juvenil.
Soy Adolfo Córdova Ortiz*, escritor, periodista, investigador y mediador de lectura independiente. Cursé el Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Autónoma de Barcelona en 2012-2013 y en enero de 2014 lancé este blog. He sido becario de la ONU, el FONCA, la Biblioteca Internacional de la Juventud de Múnich, el CEPLI-UCLM y la Fundación de Cornelia Funke. Colaboro con diversos medios impresos y digitales e instituciones de fomento a la lectura. Soy profesor invitado en cursos presenciales y en línea de varias universidades y he sido jurado de premios de LIJ nacionales e internacionales. He publicado libros y antologías para niños, niñas y jóvenes y para mediadores. Todas las entradas en este blog, salvo las etiquetadas como «Expertos invitados», son de mi autoría. ¡Bienvenid@s!
*Beneficiario del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2022-2025) del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC).
Archivo del blog
Mis libros
UNAM, 2023. Seleccionado como Libro del Verano UNAM, Los mejores libros para niños del Banco del Libro 2024, Premio Antonio García Cubas del INAH 2024.
Fondo de Cultura Económica, 2023. The White Ravens 2024. Programa Nacional de Salas de Lectura 2025. Altamente Recomendados 2025 de Fundalectura. Los Mejores del Banco del Libro de Venezuela 2025.
Cataplum, 2022. Los mejores libros para niños de la Biblioteca Pública de Nueva York 2022. Ilustraciones seleccionadas en el Nami Concours 2023 de Corea del Sur.
Casa Gallina, 2022. Mención de Poesía y diálogo cultural en Los Mejores Libros para niños y jóvenes 2023 del Banco del Libro. Descarga gratuita. Clic en la imagen.
Ekaré, 2021. Los mejores del Banco del Libro de Venezuela 2022, Recomendado Premio Fundación Cuatrogatos 2022, The White Ravens 2022.
Ekaré, 2020. Premio Bologna Ragazzi de poesía 2021. Los Mejores del Banco del Libro 2021. Premio Fundación Cuatrogatos 2022. Selección OEPLI 2022.
FCE, 2020. Premio Los Mejores del Banco del Libro de Venezuela 2021. Recomendado por la Fundación Cuatrogatos.
Alboroto Ediciones, 2019. Placa de oro en la Bienal Internacional de Ilustración de Bratislava 2020. Recomendado Premio Fundación Cuatrogatos 2021. Favorito del Comité Lector de IBBY México en su Guía de Libros Infantiles y Juveniles 2021. Seleccionado para la Biblioteca SEP Centenaria 2022 en edición bilingüe Maya-Español.
Ediciones Castillo, 2019. Mención Honorífica del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, en categoría poesía infantil. Premio Antonio García Cubas 2019 del INAH al mejor libro en categoría obra infantil. Mención Honorífica del Premio de Ilustración del Festival de Lectura de Sharjah en Emiratos Árabes 2019. Favorito del Comité Lector de IBBY México en su Guía de Libros Infantiles y Juveniles 2020. Recomendado del Premio Fundación Cuatrogatos 2020. Premio Los Mejores Libros para Niños y Jóvenes del Banco del Libro 2020. The BRAW Amazing Bookshelf 2022 a los 100 mejores libros de la Feria del Libro de Bologna. Seleccionado para la Biblioteca SEP Centenaria 2022 en edición bilingüe Nuntajiiyi-Español.
CEPLI-UCLM, 2019.
Secretaría de Cultura, 2017. Postulado a Los Mejores Libros para Niños y Jóvenes 2018 del Banco del Libro. Seleccionado Programa Nacional de Salas de Lectura 2018. Seleccionado en Guía de Libros Infantiles y Juveniles de IBBY México 2020.
Fondo de Cultura Económica, 2016. Beca Jóvenes Creadores FONCA 2013-2014. Premio Nacional Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada 2015. Seleccionado SEP 2016. Seleccionado The White Ravens 2017 de la Biblioteca Internacional de la Juventud. Finalista Premio Fundación Cuatrogatos 2018. Premio Los Mejores Libros para Niños y Jóvenes del Banco del Libro 2018. Programa Nacional de Salas de Lectura 2018. Seleccionado por el Centro Nacional de Traducción de Egipto y la Secretaría de Relaciones Exteriores de México para su Concurso de Traducción de Literatura Mexicana al Árabe 2024.
Secretaría de Cultura, 2016.
Pearson, 2015. Postulado a Los mejores libros para niños y jóvenes 2016 del Banco del Libro. Guía de libros recomendados de IBBY México 2017 y Recomendado en el Premio Fundación Cuatrogatos 2017.