Silencio: cuidados y afectos lectores, Constanza Mekis y Loreto Ortúzar
¿Qué se necesita para que haya paz? preguntaron a 3 mil 679 personas, entre 4 y 15 años de edad, de las 16 alcaldías de las Ciudad de México en […]
Linternas y bosques
Expediciones a la literatura infantil y juvenil
¿Qué se necesita para que haya paz? preguntaron a 3 mil 679 personas, entre 4 y 15 años de edad, de las 16 alcaldías de las Ciudad de México en […]
Andrea Márquez, del equipo de investigación de esta consulta, realizada a principios de 2025, me lo comenta con asombro; me sorprende también, pero tiene todo el sentido. Silencio y tranquilidad piden niñxs y adolescentes cuando les preguntamos por sus cuidados.
Compartí este dato en el IV Seminario IBBY Iberoamericano del Libro Infantil y Juvenil (disponible aquí, en 2:28:00) en marzo de este año, que nos convocó a pensar con urgencia, en tiempos del mayor infanticidio del siglo, en derechos e infancia, y enseguida lo recordé cuando Constanza Mekis y Loreto Ortúzar me enviaron su imprescindible artículo «Silencio: cuidados y afectos lectores» desde la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil, BILIJ.
«Al finalizar la reflexión, les preguntamos si querían tener un momento de silencio; respondieron ‘¡Sí!’ y una de las estudiantes sugirió un tiempo de 4 minutos. Estuvimos en silencio rotundo, algunos se miraban las manos, otros el suelo y no faltaron los que cerraron los ojos. Se produjo algo distinto que no habíamos experimentado», cuentan Constanza y Loreto en la inspiradora y fascinante crónica de más silencios deseados, pensada especialmente para mediadorxs de lectura, que leerán a continuación.
En mi participación en el Seminario de IBBY también mencionaba el libro y proyecto colombiano «Los niños piensan la paz», coordinado por Javier Naranjo y el Laboratorio del Espíritu, que contempla un archivo de testimonios infantiles (en textos y dibujos) luego de tantas décadas en conflicto armado. A la pregunta «¿Cuál es tu mayor recuerdo de paz?», Norma Lucía, de 10 años, respondió: «Estar sola, porque puedo disfrutar el silencio».
Un silencio que suena a un privilegio en nuestras sociedades ruidosas, temerosas de las pausas, tanto en la virtualidad como en la presencialidad, un silencio para prestar atención, un silencio que apacigüe, que cuide:
«Un ave columpiándose en la copa / del árbol más enorme de este huerto / su sola compañía el cielo abierto / y el cálido silencio que la arropa», escribe el poeta chileno Felipe Munita en «El canto» en su poemario Trinares (FCE, 2021).
Resuena con la poeta española Rosario Neira en su poemario El tapiz del silencio (BajAmar Editores, 2025): «El canto de un pájaro / se desliza hasta el umbral del sueño / iluminando los bordes de la noche. // Sus notas / son las estrellas del silencio».
De estos silencios que velan sueños a silencios que esperan una caricia: «La piedra en la que estoy sentada / Vive encantada / Por el canto / del agua // La piedra en la que estoy sentada / Tiene una mitad mojada / Y la otra mitad / con sol // La piedra en la que estoy sentada es mansa / Quiere ser acariciada/ Es callada», escribe la poeta argentina Roberta Iannamico en «Mi piedra» en su poemario Ris ras (Aerolitos, 2015).
Los y las poetas saben de silencios, «Todo necesita del silencio», me dijo Cecilia Bajour en una entrevista hace algunos años, también para pensar y recordar: «No es que las piedras sean mudas, / sólo guardan silencio», escribió el poeta maya kiché Humberto Ak’abal, en Piedras» en su antología Yintzolin pa waqän / Camino al revés (Maya Wuj, 2012).
Cuando visité la BILIJ, en 2022, pude constatar cómo basta entrar a ese predio histórico y parque, para empezar a aquietarse. La calma y hospitalidad que inspira todo el equipo son fundacionales de otro tiempo posible. En este artículo, «Connie» y Loreto ahondan en esa voz del silencio que cuida, escucha y recuerda que «permite comprender, resguardar la morada común que logra hacer más habitable el mundo» para niñas, niños, jóvenes y lxs adultxs cercanxs.
Rodeada de jardín, en una comunidad que hace nidos y celebra la «vida salvaje», la familia BILIJ creó un espacio para «una experiencia fundamental de conocimiento y sabiduría», ese otro silencio, el necesario, crítico y cargado de sentido, como cantan Los Carabajal en la chacarera: «Cantor para cantar si nada dicen tus versos, ay, ¿para qué vas a callar al silencio? Si es el silencio un cantor lleno de duendes en la voz».
Así leo esta iniciativa que, como tantas otras en nuestra dolida región, nos da esperanza (pienso en la que construye Daniel Goldin, mencionado en este artículo y de la que ha anunciado buenas nuevas aquí); más aún ahora, desde Chile, que enfrentará un gobierno del silencio vigilado y censor de la extrema derecha, uno que acalla las voces jóvenes y frente al cual habremos de resistir creando más espacios de silencio activo, pacífico y pensante, y también espacios de protesta.
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En el fondo de mi vientre
se hicieron en silencio
mis ojos, mi boca, mis manos.
Gabriela Mistral
El silencio reposa en el habla.
Octavio Paz
El silencio como signo y experiencia es polisémico y profundo. Podemos encontrar en la historia de la humanidad silencios políticos, silencios familiares, silencios íntimos, silencios históricos y tantos otros. Podemos pedir, ordenar, guardar o romper el silencio. Henry David Thoreau escribe en uno de sus diarios que el silencio es audible a todas las personas, todo el tiempo y en todos los lugares. Si bien esta reflexión fue escrita hace más de 150 años con el anhelo ya presente de retirarse a la soledad de la naturaleza, la cita es una invitación alentadora a imaginar y redescubrir las posibilidades del silencio en un tiempo en que la ausencia de estímulos constantes se ha vuelto una oportunidad escasa.
En este texto abordaremos de qué manera el silencio ha adquirido valor en el ejercicio de la mediación cultural y en el enfoque de Lectura ampliada promovido por Fundación Palabra, el cual concibe los libros y la lectura como una puente para activar saberes previos, abrirse a nuevas formas de expresión y establecer vínculos significativos con el entorno. Para ello, haremos una breve introducción sobre la institución y su principal proyecto, la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil, BILIJ. Luego realizaremos un recorrido por distintas comprensiones y usos del silencio en disciplinas como la música, las artes visuales, el teatro, el cine y la literatura; para después profundizar en cómo estas comprensiones y experiencias iluminan oportunidades para la mediación lectora con niños, niñas y jóvenes [1]. Por último, reflexionaremos sobre el valor del silencio en el espacio cultural de la biblioteca. La tesis que guía este ensayo es que el silencio en la mediación lectora puede configurarse como una herramienta eficaz para potenciar la elaboración de significados, la asociación entre diversos lenguajes y promover el gozo y diálogos interiores.
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En 2018 un grupo de profesionales de diversas disciplinas del conocimiento se reunieron con un sueño común: crear un espacio cultural para niños, niñas y jóvenes que permitiera innovar en mediación lectora y poner en valor la producción literaria infantil y juvenil de Latinoamérica y su rica tradición oral. Para constituir legalmente el proyecto, se creó Fundación Palabra, institución sin fines de lucro cuyo propósito es propiciar el goce y vínculo de niños, niñas y jóvenes con la lectura, la cultura y el patrimonio latinoamericano, para contribuir a la formación de ciudadanos comprometidos con su desarrollo y el de su comunidad. Luego de tres años de trabajo en el diseño del proyecto, la búsqueda de recursos financieros y una ardua vinculación intersectorial, fue posible abrir las puertas de la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil, BILIJ, cuya misión es ofrecer un espacio de encuentro para que niños, niñas y jóvenes desarrollen su interés por la lectura junto a la comunidad, mediante experiencias significativas e interactivas, inspiradas por la cultura, el patrimonio, la naturaleza y los saberes latinoamericanos.
La BILIJ está emplazada en el Parque Artesana Alicia Cáceres [2], ubicado en el barrio Matta Sur de la comuna de Santiago de Chile [3]. A su alrededor hay avenidas con un alto flujo de vehículos y comercio; en este escenario, la BILIJ y su entorno se configuran como un verdadero oasis para la comunidad del barrio y para quienes llegan a la Biblioteca. Este parque cuenta con 2 hectáreas de extensión, más de 200 especies naturales y una muralla en todo el perímetro que permite abstraerse de la ciudad y disfrutar tranquilamente del espacio natural. Además, en el predio hay un gran edificio patrimonial construido en 1898 por el arquitecto e ingeniero Eugenio Joannon. Esta obra arquitectónica estuvo en funcionamiento más de un siglo como hogar de la congregación Hermanitas de los Pobres, sin embargo, en 2010 fue desalojada por causa del terremoto que asoló gran parte de la zona sur y centro del país. Dos años más tarde, en 2012, fue declarado Monumento Nacional y luego adquirido por la Municipalidad de Santiago. Actualmente está en proceso de recuperación estructural y se proyecta como un espacio de diversos servicios para la comunidad: un centro comunitario de cuidados, el Centro de Salud Familiar Padre Orellana, entre otros.
Al entrar al Parque se observa este sorprendente edificio patrimonial y al costado izquierdo la Biblioteca. Tanto el predio como el ex asilo de las Hermanitas de los Pobres son parte de la identidad del barrio Matta Sur, lo que ha nutrido el vínculo de la BILIJ con los vecinos y vecinas. Mediante la programación cultural y servicios de la Biblioteca se busca preservar y potenciar la relación y el trabajo colaborativo con la comunidad. Algunas de las iniciativas llevadas a cabo han sido las rutas patrimoniales por el Parque, en las que se relata la historia del edificio y la riqueza natural del entorno; la exhibición de libros y objetos relacionados con el patrimonio material e inmaterial en la estantería temática de la BILIJ, el ciclo de oficios tradicionales del barrio Matta, en el que distintos artesanos del sector dieron a conocer sus procesos creativos; entre otras. Todas estas iniciativas han vinculado los diversos lenguajes con la experiencia de la lectura.
El espacio natural del Parque, el entorno patrimonial del edificio y el barrio, así como la misión de poner en valor la cultura latinoamericana, nos ha llevado a desarrollar acercamientos muy prodigiosos hacia el mundo de la lectura. Este vínculo entre naturaleza, patrimonio y cultura, que se generó de manera espontánea, nos ha permitido descubrir que la experiencia lectora no comienza ni termina en un libro, este es más bien un medio para activar de manera reflexiva aquello que ya conocemos, despertar el imaginario y vincularlo con diversos lenguajes, conocimientos, saberes y formas de mirar el mundo. Esta comprensión la denominamos Lectura ampliada y es hoy una de las metodologías del oficio de mediación de Fundación Palabra. Su objetivo principal es transmitir el goce por la lectura mediante experiencias que involucren distintas disciplinas, artes y conocimientos: música, teatro, ciencia, botánica, matemática, historia, patrimonio, cocina, artesanía, etc. Tal como se menciona en los sellos que orientan el trabajo de la BILIJ, la Lectura ampliada “convierte a la biblioteca en un espacio vivo y dinámico, formado por personas que la entienden como una práctica social y creativa que potencia, a su vez, el acto personal de leer”.
Esta comprensión de la lectura, potenciada por el trinomio cultura-naturaleza-patrimonio, nos ha inspirado a desarrollar iniciativas de mediación insospechadas. Una de ellas, y que hoy motiva esta reflexión, es el patio del silencio. La primera vez que recorrimos el predio patrimonial —ya en conocimiento de que ese sería el lugar en el que podríamos desarrollar la imaginada biblioteca— nos llamó la atención un patio interior, cercado y rodeado de vigorosas parras de uva moscatel. Nos acercamos y notamos que en el suelo, justo en el centro, había una cruz de piedra. Una de nosotras preguntó para qué se usaba ese espacio y uno de los arquitectos de la Municipalidad de Santiago que nos acompañaba respondió que allí las Hermanitas de los Pobres se reunían a rezar, señalando el patio contiguo en el que se veían tumbas exhumadas. Este patio interior tenía una puerta —actualmente cerrada— que conectaba directamente con el antiguo cementerio del asilo. Un par de años después, durante una visita de las Hermanitas a la BILIJ, nos contaron que allí rezaban todos los días en tres horarios: a las 05:00, a las 12:00 y a las 17:00 horas. Durante años ese espacio albergó oraciones, diálogos y anhelos de personas que dedicaron su vida a cuidar, acompañar y entregar afecto a personas mayores. Era sin duda un lugar especial que venía a coronar el asombro e ilusión de ese primer encuentro con el Parque.
Una vez que la Biblioteca ya estaba en funcionamiento, incorporamos a los servicios ofrecidos las visitas pedagógicas, dirigidas tanto a establecimientos escolares como a instituciones de educación superior. El objetivo de estas instancias es generar experiencias significativas en torno a la lectura y el conocimiento de la cultura latinoamericana, mediante ejercicios lúdicos de mediación, diálogos reflexivos, narraciones y conversaciones literarias. Además de actividades en la biblioteca, las visitas pedagógicas consideran un recorrido por el Parque Artesana Alicia Cáceres. En una de estas instancias, con estudiantes de 9 y 10 años, al llegar al antiguo cementerio surgió una interesante conversación sobre la muerte y la exhumación. Al finalizar la reflexión, les preguntamos si querían tener un momento de silencio; respondieron “¡Sí!” y una de las estudiantes sugirió un tiempo de 4 minutos. Estuvimos en silencio rotundo, algunos se miraban las manos, otros el suelo y no faltaron los que cerraron los ojos. Se produjo algo distinto que no habíamos experimentado.
Esa fue la primera vez que propusimos guardar silencio en ese espacio y desde entonces cada vez que recorremos el predio con visitas vamos al patio del silencio, contamos su historia y preguntamos si quieren entrar y vivir la experiencia. En una ocasión, un curso de Enseñanza Media definió 20 minutos y, para sorpresa de todos, estuvieron en silencio durante todo ese tiempo. Cuando terminó la sesión el profesor dijo: “esto es un rito poético”, los jóvenes mostraban asombro y daban una opinión positiva sobre la experiencia de compartir el silencio.
Otro momento memorable ocurrió en 2023 durante la visita del equipo de la Bienal de Artes Mediales para proyectar las actividades que realizaríamos en conjunto en su décima quinta versión. Cuando les preguntamos cuánto tiempo querían entrar nos propusieron unánimemente 4 minutos 33 segundos, haciendo referencia a la obra musical del compositor estadounidense John Cage, que consta de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. De esa manera, pudimos experimentar la pieza del autor en un contexto de contemplación y pausa.
Si bien, el patio del silencio no es un lugar con ausencia de ruidos, dado que el predio que lo ampara está ubicado en un sector urbano y activo de la ciudad, el tránsito por el espacio natural del Parque va aquietando el ritmo, de modo que al llegar, los visitantes tienen la posibilidad de conectarse con el silencio. Algunos escuchan los sonidos del entorno, otros concentran su atención en las aves, se sumen en sus propios pensamientos, o bien, se despiden del espacio dando las gracias. Esta experiencia permite conectarse, agudizar los sentidos y la atención. Lo que partió como una intuición para suspender el tiempo y dar un espacio para desarrollar reflexiones en los estudiantes, fue cada día tomando más forma al ver cómo las personas se transformaban o expresaban lo que habían sentido. El silencio de este lugar es siempre distinto; cada vez que uno entra, experimenta una atmósfera con texturas sonoras únicas, probablemente irrepetibles.
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David Le Breton, sociólogo y antropólogo francés quien ha reflexionado sobre el silencio y su valor en la vida contemporánea, en una entrevista realizada en 2017 [4] planteó que “el silencio es la expresión más veraz y efectiva de las cosas innombrables; la toma de conciencia de que hay determinadas experiencias para las que el lenguaje no sirve, o no alcanza, es un rasgo decisivo del conocimiento”. Y, en ese espacio donde el lenguaje no alcanza o requiere de otros medios de expresión, aparece el silencio manifestado en las artes, las experiencias estéticas, la religiosidad, la espiritualidad y todo aquello que permite darle forma interior a lo inefable.
La representación del silencio en la historia no está libre de su valor trascendental. El gesto harpocrático, vale decir, el gesto convencional de llevarse el dedo índice a los labios, recibe su nombre de la helenización del dios egipcio Horpajard o Harpajered que significa ‘Horus niño’. Este dios para los egipcios representaba el sol del amanecer y la renovación constante. En su iconografía, aparece como un niño recién nacido con el dedo índice en la boca. Esta representación llevó posteriormente a que los griegos lo adoptaran como el dios del silencio y la confidencialidad; aunque luego “con el desarrollo de la iconografía cristiana la imagen del dedo en los labios se separa de la figura del dios egipcio y se convierte en un gesto y atributo de autónomo valor simbólico” (Labraña y Barrientos, 2016, p. 126), su motivación inicial deriva de una conexión con la divinidad.
Asimismo, en el plano teológico, hasta el día de hoy observamos tanto en tradiciones de Occidente como de Oriente, que el silencio es una experiencia fundamental de conocimiento y sabiduría. En la tradición cristiana el silencio es una vía para acercarse a Dios; en el budismo la práctica meditativa permite alcanzar estados de conocimientos más profundos sobre la naturaleza. En las religiones el silencio “se presenta como un medio que resulta indescriptible y superior a cualquier intervención hablada por significativa que esta sea, implicando la contemplación, la meditación o un estado de trascendencia que, a través de la palabra, no puede alcanzarse” (Furrasola, 1999).
Este rasgo distintivo de conocimiento que reconoce Le Breton en el silencio aparece de manera elocuente también en las artes. En la música, por ejemplo, además de la pieza célebre 4’33” antes mencionada y el profundo interés sobre el silencio de John Cage, los silencios musicales son un elemento fundamental para otorgar textura, ritmo y calidez a la composición; de hecho el silencio es parte de la notación musical y se utilizan distintas figuras para representar su duración. Al respecto, el músico argentino Charly García planteaba que lo importante en una pieza musical no son las notas, sino la distancia que existe entre ellas, establecida por los silencios musicales. Este rasgo es un elemento diferenciador en los distintos conciertos de una misma obra e incide en la profundidad y calidez de la interpretación.
En las artes visuales una obra equiparable a 4’33” de John Cage es la pintura Cuadrado negro de Kazimir Malevich, lienzo de 79,5 cm × 79,5 cm pintado con óleo de color negro; o también podríamos considerar la obra del mismo artista creada cuatro años después: Blanco sobre blanco, que, tal como lo indica el nombre, es un lienzo blanco pintado con óleo del mismo color. En ambas obras se excluye por completo la representación figurada de la realidad. Por medio del color negro y blanco total, el espectador se enfrenta a una carencia de signos y, por tanto, a un silencio y una ausencia de la representación. Esta experiencia de vacío de referentes amplía las posibilidades de interpretación. Si bien Malevich afirmó que este cuadro no representaba ni expresaba nada (Biguenet, 2021, p.60), esa misma falta de sentido libera las posibilidades de interpretación y abre infinitas experiencias estéticas en la audiencia.
En el arte dramático el silencio, al igual que en la música, suele ser señalado por el creador de la obra dramática; la puntuación muchas veces no es suficiente y requiere de una acotación explícita. Ahora bien, el actor al interpretar el texto, además de estas indicaciones del autor, que pueden o no ser tomadas en cuenta, se vale del gesto para potenciar lo expresado o bien para representar aquello que no tiene palabras, aportando incluso muchas veces más significado que aquello que se dice. Pues el teatro, al ser un arte que busca representar la experiencia humana y su complejidad, devela en el silencio esa experiencia que no se puede verbalizar. Una situación similar se observa en el cine, en el que la representación de la realidad, a través de la interpretación o la utilización de los recursos del cuerpo, permite que la ausencia de sonidos o palabras amplíe las posibilidades de significar o de otorgar profundidad a la narración. En el cine mudo este elemento se exacerba: la articulación del cuerpo y el maquillaje sustituyen las palabras.
El poeta y novelista austriaco Rainer Maria Rilke (2016) escribe en uno de sus textos:
«¡Oh, cuántas veces uno quisiera hablar con unos grados más de profundidad! Mi prosa cala un poco más hondo […], pero uno solo logra avanzar una capa mínima; lo único que obtiene es un mero indicio del tipo de habla que puede ser posible ahí donde reina el silencio» (p. 91).
En literatura, el lugar donde “reina el silencio” tiene varios matices. Por una parte encontramos la incapacidad descrita por Rilke de llegar a nombrar la profundidad de la experiencia y que activa ese ímpetu de nombrar. Sin embargo, es ahí donde muchas veces surge la poesía; las figuras retóricas emergen en las zonas donde el habla aún no se ha materializado o donde la experiencia es inefable. Una segunda posibilidad de silencio la encontramos en los personajes, en las páginas en blanco o en los puntos suspensivos que el autor decide incorporar. Esos silencios construyen la trama y su atmósfera.
La música, las artes visuales, el teatro, el cine y la literatura nos permiten visualizar dos premisas sobre el silencio que iluminan el oficio de la mediación lectora para niños, niñas y jóvenes. Primero, que el silencio es una forma de conocimiento dado su potencial para conectar con el mundo interior y exterior, y facilitar la asociación de ideas, percepciones y emociones que muchas veces devienen en acciones; y, en segundo lugar, es un signo comunicativo y expresivo elocuente. En él aparece el gesto, la mirada, la expresividad del cuerpo, y también la posibilidad íntima de reflexionar e interpretar lo que nuestros sentidos perciben.
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La práctica de la lectura puede ser también analizada desde la experiencia del silencio. Tanto la lectura en voz alta —muchas veces colectiva— como la lectura silenciosa e íntima enmudecen nuestra propia voz para acceder a la de un creador o creadora. Si bien existen cada vez más evidencias de que el cerebro durante la lectura silenciosa interpreta ese contenido como un fenómeno auditivo (Biguenet, p.71), la acción de detener los propios pensamientos y aprehender la voz de un otro, puede ser una experiencia de descanso y reparación. Callar la mente, sobre todo en tiempos de estímulos constantes en que se nos exige producción, respuesta y atención, es un acto profundamente necesario para resguardar el bienestar. En Zaragoza, España, por ejemplo, existe el Centro Social Comunitario Luis Buñuel, el cual se define como un:
«Espacio concebido como un lugar para todas las personas bien en solitario, bien compartiendo, un lugar para la calma, el sosiego, la reflexión, la meditación y el descanso mental, si es lo que se desea, en una sociedad y ciudad carente de ese tipo de espacios. Entendemos el Espacio Silencio, no como un proyecto para realizar sin más actividades y experiencias que inicie en el silencio, sino como un espacio colectivo, estable y abierto, que forma parte del ‘corazón’ y del ‘estilo’ del Centro Social Comunitario Luis Buñuel”.
Al igual que el Patio del silencio mencionado anteriormente, este Centro reconoce el valor transformador de experimentar el silencio de manera “colectiva, estable y abierta” y de tener la posibilidad de elegir entrar a un espacio y tiempo distinto, como lo que ocurre también en el acto de leer y escuchar otra voz. Incluso al levantar la mirada y detener la lectura, podemos decir que nos acercamos a esa dimensión de conocimiento que mencionaba Le Breton, pues iniciamos un diálogo —silencioso— entre nuestros pensamientos y los del autor, pero mediante una conversación que exige escucha y, sobre todo, voluntad para dialogar, disposición esencial para la convivencia armónica entre las personas. Gregori Luri (2019), filósofo y pedagogo español, plantea de manera lúcida esta cualidad de la lectura:
«La lectura exige un dominio de sí, un control del propio cuerpo, una coordinación, un silencio que haga posible el diálogo con otro en el seno de la intimidad, la soledad y el silencio. Curiosamente en esta reclusión aprendemos a ser también lectores del mundo» (p. 17).
Más adelante, el autor plantea que aprender a leer es aprender a escuchar (p.87), lo que es coherente con la reflexión expuesta hasta aquí, sin embargo, ¿cómo mantener ese capacidad de diálogo de la lectura que, como plantea Luri, se da en el seno de la “intimidad, la soledad y el silencio”, en una experiencia colectiva y de compañía, como ocurre en una instancia de mediación lectora para niños, niñas y jóvenes? ¿Cómo preservar las condiciones de esa reclusión que permiten aprender a ser lectores del mundo en un espacio comunitario? Preguntas desafiantes que intentaremos responder a partir de la experiencia en la BILIJ y del trabajo de investigación de la académica argentina Cecilia Bajour, especialista en Literatura Infantil y Juvenil, quien ha reflexionado sobre este tema.
La experiencia del Patio del silencio en la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil nos ha permitido tomar conciencia del efecto transformador de espacios como este y de la necesidad imperiosa de desacelerar el ritmo de la ciudad y del consumo de información. El entorno natural del Parque Artesana Alicia Cáceres ayuda al aquietamiento de los visitantes y socios de la Biblioteca. Este efecto transformador contribuye posteriormente al momento de lectura; los visitantes ingresan a la Biblioteca con una disposición a escuchar activamente o bien a entregarse a la experiencia propuesta.
Para resguardar esa disposición al diálogo, escucha y conocimiento que fomenta la experiencia del silencio, o como le llamó María José Ferrada en una conversación, la Casa del Silencio Interior, en BILIJ hemos identificado tres elementos esenciales.
El primero es la selección de una lectura que despliegue distintos niveles de interpretación y elaboración de significados por parte del lector. Cecilia Bajour (2020) plantea que este tipo de obras, tanto en el texto como en la ilustración, suelen contar con “tácticas de silencio” en las que no hay “excesos del decir ni del mostrar” que subestiman a los lectores e interfieran en la construcción de significados. El mediador de lectura al momento de evaluar el nivel interpretativo y valor estético debe analizar el contenido escrito y visual. Las huellas de excesos, como menciona Bajour del plano lingüístico pueden
«encontrarse en explicaciones innecesarias que podrían resolverse con el contexto y el propio texto, así como en reiteraciones excesivas, preguntas retóricas que parecen inducir a una respuesta prevista de antemano, finales predecibles cargados de señales sobre cómo interpretarlos o apelaciones sobreprotectoras a los lectores y lectoras» (p. 19).
Por su parte, los excesos y supresores del silencio en el lenguaje de la ilustración, se evidencian en “la redundancia de la representación gráfica respecto a lo dicho por la palabra, la sobrecarga informativa (cuando no es una marca estilística sino un refuerzo explicativo) o el apego a estereotipos visuales” (p. 19). Es importante tener en cuenta que esta calidad estética no se da por la ausencia de palabras, pues hay libros silentes con progresiones temáticas predecibles que poco aportan a la generación de significados. Abrir espacios a lo no dicho ni mostrado, al silencio y a lo desconocido, permite que emerjan preguntas, asociaciones e intereses que cada niño, niña y adolescente trae de sus propias experiencias de vida. Y en esta posibilidad de aparecer o de sentirse movilizado a partir de la lectura, se siembran las primeras semillas del goce lector tan anhelado.
El segundo factor esencial para mantener los efectos del silencio es el mediador de lectura, quien, como menciona Felipe Munita en su libro Yo mediador(a) (2021), “pone en juego su propio mundo interior (afectos, emociones, experiencias lectoras) para crear el espacio de acogida y hospitalidad que necesita toda mediación” (p. 82); por lo tanto su ritmo, palabras y silencios inciden directamente en la experiencia de lectura que puedan tener las personas que visitan la biblioteca. Sin embargo, la conjugación de estos elementos no es simple. El mediador tiene desafíos múltiples que ocurren en simultáneo al momento de mediar la lectura. Observaremos estos desafíos primero desde el ejercicio práctico y luego desde sus significados simbólicos. El contenido de estos dos acercamientos surge a partir de un taller reflexivo en torno al silencio en la mediación, en el que participaron las mediadoras y bibliotecarias de Fundación Palabra.
En la mediación de la lectura se ponen en juego los modos de leer en voz alta, así como la conversación literaria posterior. A partir de lo propuesto por Cecilia Bajour sabemos que en ambas instancias es recomendable cuidar los tonos, acentos y preguntas, hurgar más allá del sentido literal y reconocer cuáles son los intersticios del relato que podrían despertar la imaginación y el pensamiento crítico de los lectores. Para lograrlo, el trabajo de mediación requiere previamente una lectura íntima que permita sensibilizarse con la obra, pues el mediador es también lector, por lo tanto la experiencia estética personal es un elemento que no solo enriquecerá el análisis literario y visual posterior, sino que también ayuda a tender puentes de diálogo y empatía con los niños, niñas familias o cuidadores que participan en la mediación. Una vez que el mediador ya ha realizado una primera lectura sensible, es recomendable realizar un análisis literario/visual que permita conocer y comprender los temas propuestos. En esta etapa, el contenido, la materialidad y el contexto de lectura se configuran como una oportunidad para abrir nuevas interpretaciones del mundo y conectar con otros lenguajes. Podemos decir entonces que la persona que tiende puentes de lectura es a su vez lector, creador y mediador.
La etapa de lectura y análisis es fundamental para que la narración en voz alta resguarde el potencial narrativo y apaciguador del silencio. Una de las mediadoras en el taller reflexivo dijo: “ningún silencio puede narrarse si no tiene un objetivo narrativo”, un tiempo que siembre la imaginación. Las suspensiones abren oportunidades para construir imágenes mentales y asociar ideas y recuerdos. Estos silencios narrativos también están dados al mostrar las ilustraciones de un libro álbum, por eso es importante seleccionar los tiempos de lectura y los tiempos de mostrar, cuidando siempre no saturar de signos la experiencia
Hasta ahora hemos abordado el silencio en la lectura pensando en la experiencia del niño, niña, jóven que nos oye, pero es relevante también reconocer qué potencialidades y/o efectos tiene también en el mediador. Si bien los silencios durante la lectura se configuran como una continuación de la narración, la suspensión que crean en la atmósfera son también una oportunidad para aquietar el espíritu del mediador, alzar la mirada y observar las expresiones de los niños y niñas oyentes. El silencio de la escucha reconforta y permite reconectarse con “ese espacio de acogida y hospitalidad que necesita toda mediación” (Munita, 2021).
El mediador tiene el desafío de narrar con palabras, silencios e ilustraciones. Conjugar estos tres elementos para invocar la imaginación de los oyentes y generar esos soplos de regocijo que genera una experiencia lectora. Ahora bien, la escena descrita responde a un momento planificado, donde probablemente los roles de los participantes están muy claros: lector/a, mediador/a; pero esto no ocurre siempre en el trabajo de una biblioteca. La mediación de lectura puede ocurrir fuera de la agenda programática de actividades culturales y de manera espontánea e íntima. Por ejemplo, un niño o niña con su madre, padre o cuidador en una tarde de martes. Ante una situación como esta el mediador suele enfrentarse a la pregunta: ¿cuándo es el momento de acercarse a ofrecer una lectura? ¿Cuándo es oportuno interrumpir el silencio o la exploración libre de un visitante de la biblioteca? Como es de esperar, no hay una sola respuesta, ni tampoco una acertada o incorrecta. El mediador/a debe observar, leer la escena y decidir si esperar o acercarse. Nuevamente su oficio se construye con base en la observación sensible y a la lectura de su entorno.
Ahora bien, a partir de esta escena surgieron algunas preguntas que nos parece importante plantear en la medida que permiten matizar el significado del silencio en la mediación de la lectura para niños y niñas. Estas son: ¿cómo viven el silencio las infancias? ¿Es siempre el silencio reparador y segurizante? ¿Cuándo el silencio tiene el poder de ser amenazante? ¿Quién tiene derecho al silencio? ¿Quiénes pueden pedir silencio? Las respuestas a todas estas preguntas no son fáciles ni tampoco únicas, pero dan luces sobre la importancia de reconocer la dimensión simbólica del silencio y cómo a través de una experiencia gozosa de lectura se pueden resignificar signos, vivencias, roles y asociaciones. En este sentido, la socióloga estadounidense Elise Boulding en su libro Children and Solitude nos recuerda una cita del poeta Walter de la Mare que expresa de forma sugerente la capacidad de los niños de ser unos “observadores, que contemplan y reflexionan, al margen de la corriente principal de la vida, registrando la experiencia en el silencio de la mente”[5] (p. 10). Esta observación refuerza la idea de que el silencio, especialmente en la infancia, es una forma activa de estar en el mundo.
Por último, la comprensión de lectura ampliada y el componente de interactividad presente en el oficio de mediación promovida por Fundación Palabra son el tercer elemento guardián del silencio. Los vínculos con diversos lenguajes y conocimientos que se activan a partir de la lectura posibilitan acercamientos al silencio mediante disciplinas artísticas como la música, las artes plásticas y el teatro, tales como las actividades de folclor poético en las que se invita a escuchar los sonidos y silencios de una melodía; o la creación de portadas de libros a partir de una hoja en blanco y otros materiales a libre elección; o la manifestación de la escena de un relato a través del gesto. Si bien la mayoría de las veces esta experiencia no se transforma en una reflexión a viva voz, sí se planifican momentos en los que los niños, niñas y jóvenes viven el silencio como una experiencia interactiva que despierta el deseo de conocimiento y expresión.
El mediador de lectura, junto con la obra literaria y la metodología de mediación lectora son tres componentes esenciales para despertar interpretaciones, significados y diálogos interiores reconfortantes en los niños, niñas y jóvenes que posteriormente pueden incidir en el desarrollo del goce lector y, por tanto, en la posibilidad de que sigan aprendiendo durante toda su vida. Este aprendizaje no solo ocurre por tener acceso al conocimiento, sino que también por la posibilidad de adquirir las palabras para nombrar experiencias, expresar emociones, comprender la necesidad de construir y habitar la diversidad de silencios que cada uno trae consigo..
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La biblioteca pública es un espacio cultural en el que convergen los tres elementos que resguardan el silencio mencionados anteriormente, cada uno con sus propias formas y condiciones. Sin embargo, esta labor con el paso del tiempo se ha vuelto más desafiante para quienes trabajamos en estos espacios. Por una parte nos enfrentamos al sonido constante de las llamadas y mensajes telefónicos, al brillo de las pantallas, a la latencia de la ciudad; y, por otra, como consecuencia de la anterior, a la pérdida de atención, a la ansiedad e incomodidad ante la quietud y la ausencia de estímulos. En un panorama como este, experiencias como las relatadas en el Patio del Silencio o instancias de mediación diseñadas para vincular a los niños, niñas, jóvenes y familias con su entorno son muy valiosas. El filósofo Byung Chul Han plantea que “en pleno piélago de informaciones y de datos, buscamos anclajes narrativos” (p.15), y ¿qué es la biblioteca sino un espacio de resguardo de las narraciones comunes y personales?
Por medio de los libros, del encuentro con otras formas de pensamiento y participación, y de momentos que permitan elaborar sentidos personales y colectivos es posible construir aquellos anclajes narrativos, tan propicios para cuidar y cultivar el alma. La biblioteca hoy, más que nunca, tiene la labor de resguardar estas experiencias y para ello es fundamental contar con silencios internos y externos que permitan enlazar y explorar sin miedo la realidad que nos circunda. Esto no quiere decir que la biblioteca deba ser silenciosa en todo momento, sino más bien ofrecer por medio del vínculo con la lectura, momentos de apaciguamiento y tranquilidad en contextos de aceleración. El editor, bibliotecario y escritor mexicano Daniel Goldin, quien ha contribuido a la concepción de las bibliotecas como espacios de hospitalidad, en su texto Los días y los libros: Divagaciones en torno a la hospitalidad de la lectura, plantea:
«[…] en el principio no fue el verbo, sino el silencio y el temor. Después vino la palabra, nos ofreció un resguardo y nos permitió construir una morada en un territorio hostil. Eso hizo más habitable el mundo. En la actualidad, esa dimensión trascendental de la palabra es la que está en juego. Aunque a veces, como ahora, haga falta el silencio para comprenderlo» (p. 21).
El silencio nos permite comprender, resguardar la morada común que logra hacer más habitable el mundo. En este sentido, no es coincidencia que ya en el siglo II A.C, en las estanterías de la Biblioteca de Alejandría se leyera la inscripción “Lugar del cuidado del alma” (Manguel, 2017, p.46).
En una biblioteca para niños, niñas, jóvenes y familias como la BILIJ, sobre todo bajo la metodología de lectura ampliada expuesta anteriormente, se viven instancias de socialización y encuentro donde la voz, el cuerpo, las expresiones aparecen en todo su esplendor, pero incluso en esos momentos el arte de la mediación y la literatura nos entrega oportunidades de silencio. Para leer el mundo hay que leer imágenes, miradas, gestos, afectos y silencios.
Con esta reflexión esperamos que los lectores encuentren o construyan sus propios patios del silencio, que las estanterías de las bibliotecas que les acompañan cuiden sus almas y por sobre todo que el silencio, a veces creador y otras apaciguador de significados, potencie el placer de leer el mundo.
[1] Fundación Palabra reconoce, valora y promueve la reflexión en torno a la equidad de género. Sin embargo, por razones de economía del lenguaje, y siguiendo la recomendación de la RAE al respecto, seguimos en este documento el uso que incluye en el género masculino singular y plural, a personas de género masculino, femenino y de otros géneros.
[2] El parque recibe este nombre en honor a Alicia Cáceres, destacada artesana y orfebre chilena originaria del barrio Matta Sur. En 2022, el parque fue nombrado en su memoria como reconocimiento a su legado y contribución al patrimonio cultural de Santiago.
[3] El inmueble donde se ubica la BILIJ fue concedido en calidad de comodato por la Ilustre Municipalidad de Santiago, convirtiéndose en la primera patrocinadora del proyecto.
[4] Disponible en: https://www.diariodesevilla.es/ocio/Guardar-silencio-caminar-resistencia-politica_0_1183081790.html
[5] Traducción propia.
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Bajour, C. (2017). La orfebrería del silencio. La construcción de lo no dicho en los libro-álbum. Comunicarte.
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Furrasola, M. A. (1999). Una aproximación a la semiótica del silencio. [Tesis doctoral]. Universidad de Barcelona, España.
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Vallejo, Irene. (2023) Manifiesto por la lectura. Siruela.
Es licenciada en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile y magíster en Sociología por la Universidad Alberto Hurtado. Actualmente cursa el Magíster en Políticas Públicas en la UC y se desempeña como coordinadora de mejora continua en Fundación Palabra. Ha colaborado en instituciones como IBBY Chile e IBBY LAC, donde estuvo a cargo del diseño de programas formativos para mediadores y de la coordinación editorial de la revista Voces & Tintas. Sus investigaciones abordan las trayectorias lectoras y el vínculo entre lectura, capital cultural de origen y experiencias biográficas.
Es bibliotecaria, Universidad de Chile. Magíster en Lectura, Libros y Literatura Infantil y Juvenil, Universidad de Zaragoza. Directora IBBY para América Latina y el Caribe 2020-2022. Miembro del Comité Ejecutivo de IBBY Internacional 2022-2024. Ex Presidenta IBBY Chile (2015-2021). Actual Presidenta de Fundación Palabra y Directora de la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil Juvenil, BILIJ. Desde hace 10 años es docente del Magíster Lectura, Libros y Literatura Infantil y Juvenil, Universidad de Zaragoza, España. Coordinadora Nacional de Bibliotecas Escolares CRA del Ministerio de Educación de Chile 1994 -2016. Autora de Formación del lector escolar (2016, Prensas de la Universidad de Zaragoza, España) y, junto con Christian Anwandter, de Bibliotecas escolares para el siglo XXI (2019, Narcea, España). Autora del libro Cultivar la lectura en Familia. Cultura y Comunidad (2022) Santiago, SM.

¿Qué otras palabras para nombrar el silencio han leído? ¿Comparten en comentarios? Aquí algunos de mis hallazgos.
«Un día podré caminar debajo de la tierra / entre el silencio y sus raíces. // Seré igual a todo lo que crece. / Me alimentaré de agua. / Mis palabras serán abono / para el tulipán rojo. // Un día dejaré de caminar sobre la tierra. / Seré entera con la red de la tierra más fina / y de vuelta a la arena / al fin me fundiré / en la intimidad del mar».
Los grillos son lo más bueno de la noche. / Parece que la fuerza pertenece a otros. / Sin embargo, suave sosiego es olvidar lo malo, / lo que vendrá. / Aprovecho el silencio ahora: el grillo dejó / por un instante de cantar…
-Pero ya oíste lo que dijo el doctor, que mis cabellos se iban a poner dóciles a medida que crecieran.
-Yo no quiero ver la rendición de tus cabellos, no quiero ni pensar en que en algún momento lleguen a clau-dicar tus pelos, no quiero ser testigo de la capitulación de tus vasos capilares, de la sumisión de tu tallo piloso; de veras te digo que no me agrada pensar, ni tan siquiera un momento, en la peinabilidad de sus cabellos ni en la cabellidad de sus peinados.
-Eso no ocurrirá nunca abuela -afirmó Tefita.
-Ojalá así sea -le contestó abuela Adelaida-, no sé por qué tiempo más, pero me gustaría seguir tocándote los cabellos para tomar evidencia de ti, de tus cabellos definitivamente hirsutos, mi nieta del alma, mi querida mamífera adolescente, mi siempre homínida, mi humana y bípeda siempre amada que tiene los pies firmes sobre la tierra y más enhiestos todavía sus inquebrantables cabellos.
-Ahora quisiera salir a la calle y que tú me acom-pañaras -pidió Adelaida.
Tefita no supo que responderle. Luego y en silencio, la tomó de la mano y juntas se dirigieron hacia la puerta de calle.
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Esta es la última entrada de 2025, pero en la BILIJ, en Santiago de Chile, continúan sus actividades. Aquí puedes consultarlas.
Si el espíritu de la regaladera navideña les convoca recuerden regalar libros, comprados a librerías independientes, y qué mejor, de editoriales independientes. Aquí algunas de las entradas con reseñas que he publicado más recientemente:
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