«El futuro de la lectura depende en gran parte de la capacidad y del deseo que tengan algunos lectores de compartir sus descubrimientos», escribió el legendario editor Hubert Nysseen, fundador de la editorial francesa Actes Sud. Podemos imaginar que esta convicción era clave en su trabajo como lector-editor. También lo es para quienes hacemos mediación de lectura.

En este texto invitado, la profesora, asistente social y bibliotecaria Libertad Argentina Margolles comparte tres libros que hablan de la lectura y que la marcaron como lectora. Una suerte de puesta en abismo: libros que hablan de otros libros, lecturas que exploran otras lecturas, que fueron para ella un descubrimiento y que comparte generosamente, con sencillez y claridad, con la comunidad lectora de este blog.

La idea de esta técnica literaria, la mise en abyme, puesta en abismo, cuando en un libro se habla, por ejemplo, del propio libro que se está leyendo o de otros libros o lectores, como en La historia interminable de Michael Ende o en la trilogía de Mundo de Tinta de Cornelia Funke, motivó dos sesiones de Mirar Libritos, el espacio de lecturas compartidas que desde hace doce años conduce Carola Diez y que empezó una nueva etapa virtual en su grupo de Facebook. 

En la primera, Carola, Marco Esteban Mendoza y Néstor Ramírez Peña mostraron un nutrido y suculento menú de libros «sobre libros», que se puede ver aquí. En la segunda, de formato cerrado, Carola, Maru Urbina y Mara Bautista, cómplices que se sumaron a esta nueva etapa de Mirar Libritos, me invitaron a pensar un recorrido bajo el título «Los libros y sus casas». Para ello tuve de acompañante principal al breve pero cabal Libro, una autobiografía de John Agard (Loqueleo, 2016), un testimonio en primera persona de ¡un libro! Es él mismo quien nos cuenta su historia a través de siglos, soportes y lectores. Fascinantes memorias y para todas las edades. 

En la primera sección de mi presentación compartí algunos títulos que son casa de la forma primigenia de libro o biblioteca: la voz humana, idea que recupera también Antonio Basanta en Leer contra la nada (Siruela, 2017) como nos muestra Libertad Argentina en una de sus propuestas. En esta categoría incluí tres libros excepcionales, defensa de la oralidad: Las lenguas del diablo. Lengua, cosmovisión y re-existencia de los pueblos de Abya Yala (Tumba la casa Ediciones, 2020) coordinado por José Ángel Quintero; Apapachaditos, un arrullo de juegos, libro-disco del grupo Abriendo Rondas e ilustrado por El Esperpento (Ediciones de la Terraza, 2016, de descarga gratuita aquí) y La jícara y la sirena de Berenice Granados y Ezekiel (Ideazapato, 2013). Sumaría también Lengua oral: destino individual y social de las niñas y los niños (FCE, 2020) en el que Evelio Cabrejo reúne, por primera vez en un libro, mucho de lo que ha estudiado y observado (que hasta ahora sólo había compartido de manera oral) de los muchos y experimentados mundos de los y las bebés.

En una segunda sección hablé de libros que son casa de otros libros de forma literal: catálogos, selecciones, listados, como los 1001 libros que hay que leer antes de crecer de Quentin Blake y Julia Eccleshare (Grijalbo, 2010) o las Guías de IBBY México. Pero también aquellos en las que se profundiza en diversos títulos para dibujar el retrato de un tiempo, una preocupación, una historia, una zona de creación, como Los grandes libros para los más pequeños de Joëlle Turin (FCE, 2014), Historia de la Literatura Infantil en América Latina de Manuel Peña Muñoz (Fundación SM, 2010) o Niños, niggers, muggles. Sobre literatura infantil y censura de Elisa Corona Aguilar (Deleátur y Secretaría de Cultura, 2010, de descarga gratuita aquí).

Y finalmente, también compartí algunas novelas en las que se describen «casas de libros» o bibliotecas memorables, como la de La isla del rey muerto de Jean-Claude Mourlevat (Castillo, 2013) y las de Corazón de Tinta de Cornelia Funke (FCE, 2008), así como una distópica biblioteca Biblioteca Vasconcelos convertida en centro de detención en Mexicoland de Jaime Alfonso Sandoval (Montena, 2018) o bibliotecas que han debido sortear la censura, tanto en la ficción: Fahrenheit 451 de Bradbury (1953/Debolsillo, 2016), como en la vida real: La Biblioteca Roja. Brevísima relación de la destrucción de los libros (Ediciones DocumentA/Escénicas, 2017). Un camino de bibliotecas para llegar, por supuesto, a La historia interminable de Ende (1979/Alfaguara, 2007), uno de los libros más emblemáticos para quienes aman los libros. Entre los muchos otros que podríamos incluir en esta categoría me vienen ahora a la mente Matilda de Roald Dahl (1988/Loqueleo, 2015) y Jette Peter Härtling (1996/Loqueleo, 2021)

Al recorte de libros de esta exploración, que dialoga con la de nuestra experta invitada, sumaría otros que he descubierto recientemente: Alfabeto del libro de conocimientos. Paradigmas de una nueva era de Ana G. Lartitegui (Pantalia Publicaciones, 2018); donde se plantea una estructura que soporta una lógica rizomática (horizontal, dinámica, cambiante, libre) para leer y preguntar al libro informativo hoy; Libros en vuelo. Literatura, infancia y sociedad de Lidia Blanco (compiladora) (Comunicarte, 2015) una antología de siete ensayos que abordan la poesía y el teatro infantil, el terrorismo de Estado, la representación de género, la marginación social… enhebrando obras clásicas y contemporáneas; y La muerte en segunda persona. Presencia de la soledad y de la muerte en la literatura infantil y juvenil de Bernardo Govea (Editorial Los otros libros, 2020), una aportación atípica en México, donde escasean los estudios críticos de literatura infantil publicados en forma de libro y con una mirada más divulgativa que académica, que recopila obras en donde la muerte o la soledad son centrales como Elvis Karlsson de María Gripe, Yo te pego, tú me pegas de Antonio Ramos Revillas y Amanda Mijangos y Tengo un monstruo en el bolsillo de Graciela Montes. 

Y algunos más que son ya desde varios años de cabecera para mí: Una casa de palabras. Entorno a los cuentos maravillosos de Gustavo Martín Garzo (Océano, 2012), Buscar indicios, construir sentido de Graciela Montes (Babel Libros, 2017), Veo, veo… ¿qué ves?. Cómo descubrir los secretos detrás de las imágenes de María Cristina Thomson con ilustraciones de Alfredo Grondona White (Ediciones Del Dragón, 2017) y Album(es) de Sophie Van der Linden (Ekaré, 2015).

Cierro esta nota introductoria regresando a la frase del inicio, que por cierto encontré en aquel libro emblemático muy en el corpus de esta entrada: 101 aventuras de la lectura (Artes de México / IBBY México, 2007) de Hubert Nysseen. Su proyecto editorial, Actes Sud, se regía bajo la máxima: «placer y necesidad», dos ejes que entretejemos también quienes nos dedicamos a «dar de leer», como Libertad Argentina Margolles, quien en su larga trayectoria ha sido aliada de lectores y lectoras: los ha hecho recuperar palabras y descubrir libros que se queden en sus vidas. Estoy seguro que será el caso de los tres siguientes, en los que de manera directa, pues nos hace leer sus lecturas, y honda, Libertad nos muestra por qué forman parte de la suya.

Adolfo Córdova

 

 

Lecturas para dar de leer

por Libertad Argentina Margolles*

Il.Armando Fonseca.

Les invito a acompañarme por tres libros relacionados con la lectura que me marcaron y conservo como un tesoro enterrado en mi biblioteca.

El primero y que llegó a mis manos allá por la década del 80 cuando retornando a mi trabajo como Asistente Social (AS), esta vez en escuelas primarias, descubrí y abracé como causa, que era más valioso lograr que un niño/niña accediera a la lectura, que conseguirle un guardapolvo o un par de zapatillas.

A partir de ese momento y mientras ocupé cargos de AS en distintas escuelas públicas, mi actividad principal más allá de las obligatorias propias del cargo, fue trabajar por la lectura, los libros y las bibliotecas. En los gabinetes de las escuelas del distrito de Lomas de Zamora en que trabajé siempre hubo una biblioteca y a veces ludoteca accesible para el docente, padre o niño que le interesara. En ninguna de esas escuelas había biblioteca y si llegaba algún libro por donación, como se consiguió desde una gran editorial de ese momento, cuando llegaron la directora los guardó en un armario de la dirección, ya que eran muy lindos y nuevos para ponerlos en las manos de para quienes estaban destinados. 

Ese primer libro leído fue:  Si nos dejaran leer… Los niños y las bibliotecas de Geneviève Patte.

Este libro ha sido para mí y lo es cuando lo vuelvo a consultar, un manual de instrucciones básicas para dar de leer dentro y fuera de mi casa. Y fue el libro que me llevó a estudiar bibliotecología, cuando trabajaba como AS escolar en los años noventaMi actividad posterior en el campo de la bibliotecología se centró en las bibliotecas escolares, organizando jornadas con ese objetivo y haciendo una investigación que titulamos Cimentando la biblioteca escolar: recopilación legislativa, con la cual participamos en IFLA 2004. En esa ocasión decíamos: Un niño, adolescente que egresa de sus estudios básicos sabiendo usar los recursos de información, va a ser un usuario defensor, difusor de los servicios bibliotecarios, en todas las instancias de su vida.

A través de esta profesión llegué a la Fundación El Libro de Buenos Aires, para integrar ad honorem, algunas de las comisiones que trabajan en la organización de las actividades educativas, que tienen lugar anualmente durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y en particular, desde hace dieciocho años, integrando el comité organizador del Congreso de Promoción de la Lectura y el Libro. 

El de Geneviéve es un libro que contiene todo lo relacionado con el libro y los niños y niñas: el por qué leerles; que libros poner a su alcance; la importancia de cada texto para cada niño/niña, que debe ser considerado en su individualidad humana y otras prescripciones específicas para quienes trabajan en una biblioteca infantil. 

 Transcribo algunos párrafos:

La organización de la biblioteca, permite la relación siempre nueva entre adultos y niños, basada en una receptividad muy atenta de los niños y enriquecida por la posibilidad de recurrir al mundo de los libros -y de otros medios de comunicación-, donde cada uno puede encontrar lo que le conviene, en el momento en que lo necesite: “the right book at he right time to the right person” (fórmula tradicional de los bibliotecarios anglosajones: El libro indicado, en el momento indicado a la persona indicada. ).” [1]

En la escuela

«…el libro debe responder a la vez a las necesidades de la enseñanza y a la sed de leer que despierta una buena iniciación y sin la cual no puede hacerse un verdadero aprendizaje de la lectura.”

 “Las lecturas del niño, sus selecciones, sus posibilidades -o imposibilidades- de lectura, dependen, pues, muy estrechamente de la concepción que su maestro tenga de los libros y de la lectura.”

Con respecto a la familia la autora nos dice: 

“También hay los que descubren con sus hijos el placer de compartir una historia. Son estas las familias en las cuales, el cuento antes de acostarse, constituye un rito, un instante privilegiado del día, un momento de intimidad y convivencia entre el adulto y el niño, una experiencia difícilmente reemplazable.” 

«Todo lo que puede esperarse de un libro es que despierte sed intelectual, sed que puede dar sabor a la vida entera. Cada libro, como cada experiencia de la vida, debería producir el deseo de ir más allá.” 

Entre sus páginas se hace referencia a autores de su momento que han reflexionad sobre la lectura como Robert Escarpit, Bruno Bettelheim, Italo Calvino, María Gripe y muchos otros relacionados con la bibliotecología. 

“No hay una biblioteca experimental única, no hay una biblioteca modelo: cada biblioteca asume las experiencias propias de todo acto educativo. En educación, más que en cualquier otro campo, no hay modelo ideal, no hay un método único y rígido. 

Gracias a las bibliotecas para niños todos los adultos pueden si lo desean, tener acceso a la experiencia del encuentro de los niños y los libros, experiencia que se hace a diario con cada uno, escapando así al peligro de una teorización en el vacío, a la generalización rápida, a los a priori sobre los gustos de los niños que se transmiten falsamente de generación en generación, sin ser puestos en tela de juicio.”

 

El segundo libro, que descubrí por casualidad en la Librería de Mujeres de Madrid, de pocas páginas, es de una autora totalmente desconocida por mí en ese momento, año 2015, pero cuyo título me atrapó.

La Analfabeta. Relato autobiográfico, de Agota Kristof.

Es el viaje de la autora desde su pueblo natal, en Hungría, donde su padre es maestro de escuela. Padecen la invasión alemana, luego la de los rusos, para finalmente tomar la decisión de huir e ingresar, ella con veintiún años, su marido y su pequeña hija, a un pueblo fronterizo con Austria. Desde ahí iniciarán un derrotero por campos de refugiados en Viena, Zurich, Lausana, para finalmente ser aceptados en Valangin, un pueblito Suizo. Ella no hablaba francés.  

El libro comienza así:

INDICIOS

“Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en mis manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa. 

Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar.

Vivimos en un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono.

Mi padre es el único maestro del pueblo. Enseña en todos los cursos, desde el primero hasta el sexto…

…El aula de mi padre huele a tiza, a tinta, a papel, a calma, a silencio, a nieve incluso en verano.

La gran cocina de mi madre huele a animal muerto, a carne cocida, a leche, a mermelada, a pan, a ropa húmeda, a pipí del bebé, a agitación, a ruido, al calor del verano… incluso en invierno…

Le digo a mi padre:

—No. Nada más.

Me da un libro con imágenes.

—Ve y siéntate.

Voy al fondo de la clase, donde siempre hay lugares vacíos detrás de los mayores.

Fue así como, muy joven, por casualidad y sin apenas darme cuenta, contraje la incurable enfermedad de la lectura. 

Cuando vamos de visita a casa de los parientes de mi madre, que viven en una ciudad cercana, en una casa que tiene luz y agua, mi abuelo me toma de la mano y, juntos, recorremos el vecindario. 

El abuelo saca un diario del bolsillo de su levita y dice a los vecinos.

—¡Mirad! ¡Escuchad!

Y a mí me dice:

—¡Lee!

Y yo leo. Normalmente sin errores, y tan rápido como me lo pida.” [2]

Agota Kristof transmite muy acertadamente, con una escritura escueta, descarnada, el drama que viven los refugiados que deben abandonar todo y, al perder su lengua, transformarse en analfabetos, como ella, alguien que leía desde los cuatro años. 

“…así es como, a la edad de veintiún años, cuando llego por casualidad a Suiza, una ciudad en la que se habla francés, me enfrento a una lengua totalmente desconocida para mí. Aquí empieza mi lucha para conquistar esa lengua, una lucha larga y encarnizada que durará toda mi vida.” 

“Esa es la razón por la cual digo que la lengua francesa, ella también, es una lengua enemiga. Pero hay otra razón, y es la más grave: esta lengua está matando a mi lengua materna.” 

Es muy impactante que alguien que se considera culto, por su acceso a la lectura y escritura, sienta en algún momento que es un “analfabeto”, consecuencia de su transculturización. Esto me llevó a poner el foco en aquellas poblaciones que están perdiendo su lengua. Tener en cuenta la realidad de cada uno de esos niños y niñas que llegan desde Bolivia, Paraguay o provincias argentinas que hablan la lengua de su pueblo o un castellano distinto al porteño o de los bonaerenses y son sometidos a tener que dejar y perder lo que traen desde sus raíces, si quieren ser aceptados y parte del sistema escolar. 

¿Perder tu lugar en el mundo y perder tu lengua es convertirte en nadie?

Su libro es también un viaje hacia la pasión por escribir que hace una mujer que trabaja, que se ocupa de las tareas del hogar, la crianza de sus hijos, el aprendizaje de una lengua nueva, el francés, y que quiere escribir.

Leer a Agota, es entrar en el mundo de una de las tantas mujeres que se han revelado contra las voces que querían y quieren hacerlas callar. Esta lectura afianzó mi participación en la lucha feminista que en Argentina se visualiza a través de movimiento como Ni una menos y los Encuentros Nacionales de Mujeres, ahora Plurinacionales.

“…Dejando de lado este orgullo de abuelo, mi enfermedad de la lectura me traerá sobre todo reproches y desprecio:

‘No hace nada. Se pasa el día leyendo’

‘No sabe hacer nada más’

‘Perezosa’

Y, sobre todo, ‘Lee en vez de…’

¿En vez de qué?

‘Hay miles de cosas más útiles, ¿no?’

Incluso ahora, por la mañana, cuando la casa se vacía y todos mis vecinos se van a trabajar, tengo un poco de cargo de conciencia por instalarme en la mesa de la cocina a leer los diarios durante horas en vez de… fregar los platos del día anterior, ir de compras, lavar y planchar la ropa, hacer mermeladas o pasteles…

Y, ¡sobre todo!, en vez de escribir.” 

Escribir: utilizar las palabras precisas y en cantidad mínima como escribe esta autora fue un norte a seguir. Ella habla de la miseria y cómo la supera con palabras justas e implacables. Cuando escribo algo intento hacerlo así.

«…En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulen en los cajones y los olvidemos para escribir otros.”  

 El libro finaliza con este párrafo:

“No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.

Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío. 

El desafío de una analfabeta.” 

¿Qué es ser una analfabeta? Una ignorante, una inculta, una iletrada o hay otras miradas posibles para esas definiciones y sinónimos tan arraigados en nuestra cultura.

 

El tercer libro, un tesoro de pequeñas dimensiones, muy bien diseñado y encuadernado, lo encontré en 2018, en la librería La Central en Madrid. Me sedujo en primer lugar su formato, casi como un misal, y su título. Su tamaño me permitió llevarlo en la cartera y leerlo y releerlo en espacios de espera o en el metro.

Leer contra la nada”  de Antonio Basanta.

En sus páginas volví a textos que habían quedado archivados y que, sin embargo, no pierden actualidad, como los de Emilia Ferreiro, Blas de Otero o Daniel Cassany. 

El autor va contando su relación con la lectura, que se inicia en la casa natal y en la voz de su madre, en los cuentos contados antes de dormir.

“La primera biblioteca que conocí en mi vida fue mi madre.

Ella fue quien antes me desveló el secreto de las palabras, su capacidad mágica de crear historias.

Cada noche, antes de dormir, visitábamos las estanterías de su memoria. Y un día era una canción antigua –’Gerineldo’, ‘Delgadina’, ‘Blancaflor’-; otro, un cuento de los de siempre: ‘Pulgarcito’, ‘El gato con botas’, ‘La bella durmiente’ o ‘Caperucita’, esa que nunca más podrá ya volver a Manhattan… Las más, unas rimas o unas risas. 

Más tarde aquellas palabras…

Y el baúl de las historias se iba llenando. Y jamás dejaba de haber sitio en él para una nueva. O para las mismas siempre repetidas, aunque nunca idénticas. 

Unas paperas me trajeron mi primer libro. Unas anginas, el segundo. Un cumpleaños, el tercero. Y así, poco a poco, fue naciendo mi biblioteca personal, imprevisible y caótica, como la vida misma.”[3]

Esa idea de la voz de los padres (familia) como primera biblioteca es sabida, pero, lo enfatizo en cualquier conversación, sobre todo con padres jóvenes que, muchas veces desbordados por la tecnología, no preservan esos tiempos y espacios.

Durante esta pandemia una de mis acciones fue leer cuentos y compartirlos a través de WhatsApp con niños y niñas que permanecían encerrados. Esas grabaciones fueron incorporadas a los Classroom de dos escuelas de Mar del Plata, que participan en la Maratón Nacional de Lectura. Otra tarea, de abuela: le leí a mi nieto Dailan Kifki de María Elena Walsh a través de Skype. Él en Madrid, yo en Buenos Aires, día a día, a una hora fija, nos encontramos cada uno en su pantalla; yo a leer, él a escuchar-leer conmigo un capítulo del libro.

Defender en las acciones diarias y pequeñas aquello en lo que creemos.

Otro tema en el que nos acompaña Basanta es en aceptar, sin temor, las nuevas tecnologías. Ellas fueron, al fin y al cabo, las que permitieron esos encuentros a la distancia en cuarentena. 

 “Lo distante se convierte en próximo. Lo sólido, en líquido. Y la oralidad retorna con una vitalidad insospechada…».

“Internet­ -y todas sus secuencias electrónicas- responde a una sociedad que desea, por fin, acortar las distancias espaciotemporales. Pero que no por ello debe desdeñar el valor del pasado. Que apoya la circulación de volúmenes de información jamás antes accesibles, pero que no ha de renunciar más bien al contrario– a establecer los necesarios contrastes críticos… Una sociedad que admite el fluir como el sinónimo de la vida. Todo lo que se fija muere. Todo lo que cambia tiene oportunidad permanente de vivir. De revivir. 

«…No se trata de caer rendidos a los pies de internet –y, por extensión, a toda su corte innumerable de criaturas electrónicas, sino de considerar sus indudables ventajas. Y sus servidumbres. Procuremos situarnos, en palabras de Roger Chartier, ‘entre la nostalgia conservadora y la utopía ingenua…’ «.

Antonio Basanta nos habla a través de palabras propias o citas de numerosos autores de la pasión de leer, el cerebro lector, el ADN de la lectura, la rebelión del lector. Y va intercalando «Lecturas de lectura», donde se reproducen textos que llevan como marca de identificación las letras del alfabeto, desde la A hasta la Z. En la «A»: cita a Marcel Proust en Sobre la lectura; en la B, a Marguerite Yourcenar en ¿Qué? La Eternidad; en la C, a Jorge Luis Borges en Sobre la escritura: Conversaciones en el taller literario; en la D, a Michael Ende en La historia interminable. Y así…

Y para finalizar, el libro nos deja el apartado «Palabras al margen», con reflexiones en torno a la lectura. Comparto algunas: 

“No es la falta de tiempo lo que impide la lectura: es la falta de deseo.” 

“Leer es siempre un ejercicio de descubrimiento. De autodescubrimiento.”

“No preguntéis cuánto se lee, sino cómo, desde dónde, hacia dónde, por qué, para qué y sabréis la razón del cuánto.” 

“A leer no se termina de aprender nunca. Aceptar esta condición es, a su vez, la premisa fundamental para entender la singladura, y el atractivo, de leer.” 

“Escribir no es sino una primera forma de lectura.” 

“La lectura siempre se ha presentado como un medio. Un modo de acceder. Una puerta. Sin embargo leer es sustancial, no únicamente procedimental. Leer tiene que ver no solo con estar, sino con ser.” 

Con citas de este libro cerramos el Congreso de Promoción de la Lectura y el Libro, en Buenos Aires 2019.

Hacia estas relecturas me llevó una convocatoria para escribir sobre lectura, lecturas para leer. Espero haber logrado el objetivo y que lean con pasión.

Il. Amanda Mijangos.

NOTAS

[1] Patte, Geneviève (1984) Si nos dejaran leer… Los niños y las bibliotecas. Editorial Kapelusz, Colombia / Déjenlos leer. Los niños y las bibliotecas. Fondo de Cultura Económica, México, 2008.

Geneviève Patte (Francia, 1936). Se formó como bibliotecaria en Francia, Munich y Nueva York; se especializó en literatura infantil y ha sido asesora de varios proyectos internacionales de fomento de la lectura. Dirigió durante 35 años la asociación La Joie par les Livres. Responsable de la creación de la Revue des Livres pour Enfants, que contribuyó al desarrollo de las bibliotecas para niños y jóvenes en Francia. Fondo de Cultura Económica ha editado Déjenlos leer. Los niños y las bibliotecas (2008) y ¿Qué los hace leer así? Los niños, la lectura y las bibliotecas (2011). 

[2] Kristof, Agota (2015) La analfabeta. Relato autobiográfico. Ediciones Alpha Decay, Barcelona. 

Agota Kristof (Hungría, 1935-2011) fue una escritora húngara que residió en Suiza y escribió en francés. Sus obras John et Joe, Un rat qui pase, poesía y teatro; su trilogía novelística ha sido publicada en España bajo el título Claus y Lucas. En 1995 publicó Ayer y en 2004 La analfabeta. 

[3] Basanta, Antonio (2017) Leer contra la nada. Siruela, Madrid.

Antonio Basanta (Madrid, 1953) es doctor en Literatura Hispánica. Ha dedicado toda su vida profesional al fomento y desarrollo de la lectura desde múltiples labores. Durante más de veinticinco años fue director de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Publicaciones: Caravana de lecturas, 2004; La lectura, 2010 y Leer contra la nada en 2017. 

 

*Libertad Argentina Margolles

Maestra, Asistente Social y Bibliotecaria. Con varios años de trabajo en instituciones públicas de orden municipal, provincial y nacional, como la Biblioteca Nacional de Maestro. Promotora de la lectura como participante de ABGRA y la Fundación El Libro integrando comisiones organizadoras de eventos relacionados con el libro y las bibliotecas. Ha impartido cursos en la Universidad de Buenos Aires y publicado en la revista Miradas y voces de la LIJ de la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil, así como el libro La historieta va a la escuela (Lugar Editorial, Buenos Aires, 2018).

 

Ilustración de Miren Asiain Lora.

Entrada No. 216.
Autora: Libertad Argentina Margolles. Autor de intro: Adolfo Córdova.
Ilustración de portada: Miren Asiain Lora.
Fecha original de publicación: 25 de mayo de 2021.

 

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