«Ese mismo día decidió que nos fuéramos a Nogales, a la frontera, para buscar asilo, y esa noche alistaron una maleta con algunas cosas y se fueron. Yo nada más me llevé lo que había empacado para el viaje: ropa, champú, un cuaderno, unos plumones. Al día siguiente me encontré con mi mamá y mis hermanos en la Ciudad de México. No he regresado a mi casa desde entonces».

En el cuento «Una carta, una flor y un montón de gatitos», la escritora Gabriela Damián Miravete crea un personaje, una niña, Sinaí, que se ve forzada, con su familia, a dejar su casa en Guerrero por el asedio del crimen organizado, que controla la siembra de amapola, y la inacción de las autoridades locales. Sinaí se basa en varias niñas de la vida real que conoció la antropóloga de la infancia Valentina Glockner, quien estudiaba la migración y el desplazamiento forzado de niñxs y jóvenes, y defendía sus derechos, y quien deseó que existiera el libro La tierra que nos sueña (Heredad, 2025).

Conocí a Valentina en 2003, en la Universidad de las Américas de Puebla. Valentina, estudiante de Antropología Cultural, era conocida en el campus, ya desde entonces una investigadora-activista, que tomaba el micrófono en público, cuestionaba autoridades, organizaba foros para hablar de derechos humanos y viajaba al encuentro de comunidades migrantes. Se graduó con una tesis titulada «De la Montaña a la Frontera: Identidad, Representaciones Sociales y Migración de los Niños Mixtecos de Guerrero». Era inusual el lugar que daba a lxs propixs niñxs en su investigación, lo que plasmó en otro artículo que les recomiendo: «Infancia y representación. Hacia una participación activa de los niños en las investigaciones sociales». De allí: 

«Es asombroso descubrir que casi siempre los niños, aun a pesar haber pasado por experiencias muy fuertes a sus cortas edades, no dejan de mirar con lucidez, alegría e infinita imaginación sus vidas, el mundo y el futuro. Esto, además de ser una valiosísima lección, es un don que todos poseemos, pero que generalmente se va diluyendo hasta perderse con el transcurso del tiempo y las exigencias de la vida adulta. Valorar la inteligencia, la entereza y la fuerza espiritual de los niños, además de sus conocimientos y puntos de vista sobre el mundo, es una tarea que debe ser emprendida por todos nosotros, y no sólo por maestros, educadores o psicólogos. Es una labor importantísima que habrá de iniciarse en las escuelas, pero que habrá de ser continuada y respaldada con la creación de nuevos espacios, dentro y fuera de las aulas, para la participación de los niños y el reconocimiento de su voz, sus experiencias y sus conocimientos». Valentina Glockner.

Me reencontré con Valentina veinte años después de conocerla, en 2023, en casa de Daniela Rea, otra amiga en común (con quien también me reencontré precisamente por ese atípico trabajo de periodismo enfocado en infancia que realizó en formato de podcast y que ya he recomendado: «Crecer en distopía»). Era el mes de julio y, en casa de Dani, Vale nos contó que quería hacer un libro para niñxs y jóvenes a partir de los muchos casos de migración que había acompañado en la frontera norte de México. Le dije que contaba conmigo. Lamentablemente, Valentina falleció el 7 de diciembre de ese mismo 2023.

Comprometida como estaba, con la infancia, había sido de las primeras personas en mi círculo de amigxs en advertir que la «defensa» del Estado de Israel era un recrudecimiento del genocidio financiado por corporaciones. «El genocidio se financia con mercancías. También se frena con el boycott a las marcas», escribió en su cuenta de Instagram el 30 de octubre de 2023. Y el 4 de noviembre: 

De esta forma continuó activamente y por ella conocí la iniciativa «Cartas para las infancias palestinas», una exposición itinerante, en línea y presencial, de obras de arte dedicadas a las niñas y los niños de Palestina.

Valentina nació un 19 de noviembre de 1981, y creció con esa sonrisa generosa y esa mirada afilada y comprometida, que observaba profundamente, y con escucha radical. Así acompañó la vida de muchas personas, la mayoría niñas, niños y adolescentes.

Quisimos honrarla y hacer realidad esa idea de libro que ella nos había mencionado a varixs amigxs: «Vale nos dejó este encargo. Convocadxs por ella, nos reunimos, revisamos los archivos de su equipo, los expedientes, las transcripciones… Conversamos entre nosotros cómo honrar este legado. Escribimos, nos leímos, corregimos…», escriben Rafael Mondragón, Daniela Rea y Verónica Macías, quienes coordinaron la publicación.

«Vas a encontrar el nombre de Valentina Glockner varias veces en este libro (…) Queremos que sepas que fue una mujer maravillosa. Encabezaba al grupo de académicas a las que lxs niñxs y adolescentes que inspiraron estos relatos», continúan.

Alfonso Díaz Smith, quien también conocía a Vale desde la universidad y guió a través de las Prácticas Narrativas al grupo de personas que hicimos el libro, escribió, a manera de epílogo: «Vale sabía escuchar y lo hacía desde el cariño y la amistad, desde la dignidad. Vale construyó vínculos comprometidos. El vínculo comprometido que no reproduce una jerarquía de lxs buenxs y lxs malxs, lxs afortunadxs y lxs desafortunadxs, lxs que saben y lxs que no; que se aleja del asistencialismo que perpetúa esa jerarquía. El vínculo comprometido que se abre a lo que nos sucede cuando atestiguamos la historia de alguien más; es algo diferente a la empatía, no asume poder ponerse en los zapatos de las otras personas». 

En el libro, ilustrado por Manuel Monroy y diseñado por Regina Olivares, también hay textos de Nadia López García, Mariana Osorio Gumá, Verónica Macías Andere, Soledad Álvarez Velasco, Daniela Rea Gómez, Gabriela Damián Miravete, Jaime Sakäsmä, Judith Santopietro, Rafael Mondragón, María Teresa Bermúdez, Adriana Chalela, Alicia Molina y Delmar Penka, y también hay un cuento de ciencia ficción mío. Todxs acompañadxs por un grupo de academicxs, abogadxs, periodistas y activistas.

Compartimos en esta entrada el cuento de Gabriela Damián Miravete, que imagina a una niña «Valentina» escribiendo una carta desde la esperanza y el cuidado, y dibujando «un montón de gatitos haciendo de las suyas». Sinaí y Valentina, los personajes en el cuento, narran en primera persona lo que les ha ocurrido en plural, y se posicionan críticamente frente a las violencias que han atravesado. Son niñas, niños, como quería Valentina Glockner: «poseedores de experiencias y sabidurías que deben ser reconocidas y tomadas en cuenta como parte de nuestro acervo sociocultural y de nuestra riqueza como seres humanos. Sólo cuando les escuchemos y les permitamos participar y decidir sobre su educación, su sociedad y su vida, les estaremos dando el reconocimiento que se merecen y estaremos construyendo una sociedad verdaderamente más justa y más equitativa».1 

Adolfo Córdova

Valentina Glockner. Ilustración: Manuel Monroy para La tierra que nos sueña (Heredad, 2025).

 

 

Una carta, una flor y un montón de gatitos

HISTORIA DE MELANY, MAITE, VALENTINA, CAZZU Y LUZ CLARI.

Escrita por Gabriela Damián Miravete para La tierra que nos sueña (Heredad, 2025).

Acompañada por Edith Herrera Martínez y Emanuela Borzacchiello.

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Querida amiga:

Te escribo sin saber quién eres ni cómo te llamas ni de dónde vienes, pero con la certeza de que serás mi amiga. Te escribo porque sé que, cuando nos sentimos tristes o angustiadas, es bueno contar lo que sentimos. No quiero andar ahí, tristeando delante de mi mamá y de mis hermanos, con lo difícil que está la cosa. Y, además, necesito una amiga para pedirle un favor muy grande… ¿Será que tú puedas ayudarnos

Bueno, pero primero voy a contarte un poco sobre mí. Me llamo Sinaí, tengo quince años. Nací en Chilpancingo, Guerrero. Mi amiga Laura decía que mi pelo era muy bonito y que eso se debía a mi signo, Leo. Yo no creo mucho en esas cosas, pero sí es cierto que soy Leo y que sí tengo un pelo bonito, aunque yo más bien diría que eso se debe a la genética. Me gusta mucho estar en la naturaleza, rodeada de árboles y animales, por eso me gusta mucho la biología. Tengo un hermano más chico que yo, de doce. Ya te imaginarás, está “en la edad de la punzada”, como decían mis tíos acerca de mi hermana cuando ella era una puberta y yo una niña. Pero la verdad yo creo que ninguno de nosotros, los hermanos, hemos “punzado” tanto. Claro que a veces, cuando nos mandan a hacer alguna cosa que no queremos, ponemos ojos de huevo cocido o decimos “Ashhh” porque nos da flojera, pero hasta mi mamá piensa que nos hemos portado muy bien, para todo lo que hemos vivido. Me da gusto que piense eso. Por otro lado, me da coraje que le vaya mal a la gente que se porta bien, como a mis tíos, y no a quienes hacen cosas malas, como la gente que mató a mis tíos. Me encantaba ir a visitarlos al pueblo donde vive toda la familia, a Toro Muerto. Aunque el pueblo no está tan grande, era divertido ir porque ahí siempre hay más familia que en Chilpancingo y convivíamos, los íbamos a visitar a todos, casa por casa. Siempre nos invitaban de comer algo rico: molito rojo, chilate de frijol, calabaza con leche… La cosa es que, precisamente como es el campo, siempre hay algo que hacer y toda la gente tiene que atender el rancho. Y tú, aunque seas visita, tienes que ayudar, porque el trabajo nunca termina. Nosotros nos quedábamos ahí también, a ayudar un poquito. Me gustaba ver los ojos de las vacas, tan de buena gente, con sus pestañotas, mirar a los colibríes volar de una flor a otra, a los colorines, los picogordos… hasta los zopilotes, con sus caras todas serias. O, si tienes suerte, ver un ocelote. Allá puedes oler el azul del cielo en el aire, puro y fresco, que hace bailar la hierba crecida.

Para mí, el asesinato de mis tíos fue lo que inició todo. Pero para mi mamá comenzó mucho antes.

El rancho de su familia, allá abajo de Toro Muerto, siempre ha sido un lugar muy verde, con mucha agua. Su familia siempre había cuidado mucho la madera, el agua. Cultivaban para comer maíz, frijol, calabacita, y del otro lado tenían su potrero, con las vacas, para que no fueran a pisar la milpa. Cuando mi mamá era niña, la gente del pueblo comenzó a sembrar amapola porque de ahí se podía sacar un dinerito para comprar ropa, útiles para la escuela de sus hijos, jabón, cosas que hacían un poco más fácil la vida, pero la familia de mi mamá nunca quiso hacerlo. Además de que no querían problemas, para qué lo hacían si el ejército en cualquier momento llegaba a fumigar los cultivos y todo ese trabajo se echaba a perder. Aun así, con el paso del tiempo empezaron a tener problemas porque las sequías hicieron que escaseara el agua. Entonces otra gente de la comunidad que sí sembraba amapola quiso sacar agua del rancho de la familia para irrigar su siembra, pero mis tíos no se dejaron. Eran pacíficos, pero corajudos. Empezaron a inventarles cosas y a crearles problemas, hasta que una mañana que salieron a comprar abono, los mataron. Incluso a un misionero que iba pasando por ahí, al que le estaban dando aventón en su camioneta, lo mataron. Iban desarmados. No es justo.

(Yo sé que las amapolas no tienen la culpa de nada, son flores. Quiero ser bióloga porque quiero mucho a todas las plantas, a los animales. Pero la verdad es que ahora odio un poco a las amapolas).

La familia ni siquiera pudo denunciar a los responsables, porque allá la policía no le da seguimiento a esas amenazas y a quienes acusaste pueden irte a buscar y hacerte daño, pues las autoridades no le van a hacer nada. Ocurre lo mismo cuando nos pasan cosas feas a las mujeres. Como lo que vivió mi hermana Melany. Una tarde salió a la tortillería, que no estaba tan cerca de la casa. Había que atravesar un pedacito de vegetación. Y ahí, detrás de un amate, un árbol muy grandote, un hombre que andaba repartiendo materiales de construcción la agarró y hasta le desabrochó el pantalón. Mi hermana mantuvo la calma. Le comenzó a hablar, no sé bien qué le dijo al hombre, quizá que ella creía en Dios o le preguntó si él no creía en Dios, y entonces el tipo dudó y la dejó ir. Melany tenía once años y nadie hizo nada por castigarlo, nomás entre los vecinos nos cuidamos y nos pusimos más al pendiente de todos. A mí también me pasó algo feo. Una vez, un señor y un muchacho que iban en una camioneta me abordaron en la calle para preguntarme una dirección y yo, confiada, les di indicaciones. Empezaron a seguirme y el muchacho me tomó del brazo para subirme a fuerza a la camioneta, pero me solté y fui bien rápido hasta donde había unos militares, un poco más adelante, que me acompañaron luego a mi casa. Por suerte, me dejaron en paz. A las niñas, a las muchachas, a las señoras, nos hacen cantidad de cosas feas, incluso dentro de nuestras casas. Por eso mi mamá se separó de mi papá cuando yo tenía seis años, para cuidarse ella y cuidarnos a sus hijas, para dar chance de que tuviéramos una mejor vida. Pero no siempre dependerá de nosotras que la libremos.

Mi hermana y yo tuvimos mucha suerte.

Pero te estaba contando que, desde que asesinaron a mis tíos, la cosa se puso fea para nosotros. Empezaron a amenazar al resto de la familia. Aunque no vivíamos en el pueblo, sino en la capital, en Chilpancingo, teníamos miedo. Un día, llegaron unos hombres y entraron a la casa a la fuerza, dizque buscando a alguien que escondíamos. Amenazaron a mis hermanos. Yo me salvé de vivir eso porque mi mamá me había mandado a Michoacán con mis primos. Ese mismo día decidió que nos fuéramos a Nogales, a la frontera, para buscar asilo, y esa noche alistaron una maleta con algunas cosas y se fueron. Yo nada más me llevé lo que había empacado para el viaje: ropa, champú, un cuaderno, unos plumones. Al día siguiente me encontré con mi mamá y mis hermanos en la Ciudad de México. No he regresado a mi casa desde entonces.

De camino a la frontera, fueron muchísimas horas de viaje y muchos nervios. Cuando llegamos a la línea, el frío estaba canijo. Y luego nosotros ya andábamos casi casi cruzando la frontera sin saber, bien decididos, por andar buscando con quién hablar para que nos dijera de qué manera nos daban asilo. Luego hasta nos dio risa nuestro despiste. Los oficiales mexicanos de migración nos explicaron que debíamos esperar a que nos dieran un turno. La cosa es que hay mucha gente y, aunque te formes desde temprano, puede que no te den turno sino hasta días después. A nosotros nos tocó el 4,398. Tendríamos que buscar un lugar para quedarnos cerca el tiempo que hiciera falta hasta que nos atendieran. Y entonces fuimos al albergue.

Ahí supimos que había gente que venía de todas partes de México, pero también de Guatemala y Honduras. Si la gente viera con más cuidado, si se enterara de todas las historias que cuentan quienes pasan la noche en los albergues, se la pensarían dos veces antes de decir tantas tonterías en contra de la gente migrante. Para empezar, desear tener una mejor vida y buscar dónde eso puede ser posible no es ningún crimen. Pero, además, hay quienes, más que migrar, están huyendo. No siempre buscan mejor vida, sino protección. Sobrevivir, simplemente.

Mientras mi mamá pedía informes y Melany acompañaba a mi hermano al baño, yo me hice amiga de una gatita negra que fue corriendo hasta mí, maullando. La acaricié y luego luego se puso a ronronear. Luego pasó algo muy raro: me puso las dos patas delanteras en los hombros, como si me fuera a dar un consejo. Yo abrí las orejas, como si fuera a escucharla. Nos miramos largo rato. Algo había en ella que me recordaba a una de mis maestras de la escuela. Precisamente, a mi maestra de biología. Sentí que me quería decir algo, pero sólo escuché su ronroneo, que me arrulló. A pesar de que tenía mucho frío, me amodorré en el asiento helado y me quedé dormida. Cuando desperté, la gatita se había acurrucado sobre mi pecho. Ambas estábamos tapadas con una cobija, bien amodorradas. Junto a mí estaba sentada una mujer que quiso acompañarnos a mí y a mis hermanos en lo que mi mamá seguía hablando con gente. Nos dijo que se llamaba Manu. Ella nos había tapado con la cobija. Nos contó que ayudaba a la gente que llegaba al albergue y que había más personas como ella, que hacían trabajo social, investigaban, acompañaban, trabajaban como abogadas, psicólogas o
traducían al español a aquellas personas que hablaban otra lengua. Sabían lo difícil que es estar lejos de casa y en la incertidumbre y por eso querían ayudar. Se me quitó el frío mientras platiqué con ella y mientras la gatita dormía el quinto sueño encima de mí… hasta que ya me comenzó a pesar y me di cuenta de que ¡estaba bien panzona! Me entró mucha preocupación por ella y por los gatitos que tendría. No se veía que nadie la cuidara y ya sabemos que la gente, si es capaz de tanta indiferencia con las personas que sufren, puede llegar
a ser cruel con los animales.

En ese momento mi mamá regresó y yo le rogué que nos lleváramos a la gatita con nosotros. Me miró con cara de “Ni lo pienses”. Me dio mucho sentimiento imaginar la suerte de la gatita y de sus bebés, sobre todo porque la reacción de la mayoría de las personas es hacerle “¡Úshcala, fuera de aquí!”. La verdad es que tiene razón, no sabemos ni siquiera qué va a pasar con nosotros, porque ha decidido que no nos quedaremos aquí, sino que rentaremos un lugar cerca de la línea, ayudados por otros parientes que viven acá. De tanto sentimiento me puse a llorar. Lo bueno es que mi mamá seguía en la corredera y ni vio mis lágrimas. Pero Manu me dijo que era importante llorar, enojarme o lo que fuera; sentir, pues, todo lo que nos está pasando, que no es poca cosa. Que si no quería decírselo a mi mamá o a mis hermanos, podía escribirlo en mi cuaderno. Así que estoy siguiendo su consejo. Ahora me siento como cuando estaba en la escuela y le escribía recaditos a mi amiga Laura.

Te escribo esta carta que Manu prometió que guardará para ti, amiga, que no sé quién eres ni de dónde vienes, pero sé que seguramente sí serás mi amiga si también quisieras cuidar de la gatita. El favor que quiero pedirte es ese: que si acaso tú te quedas en el albergue y tienes la oportunidad de hacerlo, no dejes que le pase nada a ella o a los gatitos. Prometo que, si no cruzamos la frontera, volveré a este lugar y convenceré a mi mamá de que adoptemos a uno de los michis. ¿Te cuento un secreto? Si en mí estuviera decidir, yo no quisiera cruzar la frontera. Sé que nos llamarán a las cortes para presentar nuestro caso y ver si nos podemos cruzar o no. Mi mamá dice que ojalá tengamos una buena abogada que nos apoye. Si hay que hacerlo, ni modo, sé que será para bien. Pero no me gustaría acostumbrarme a otro idioma ni a comer tortillas feas ni al hecho de no vivir en mi país. Quisiera quedarme aquí y estudiar para ser guardabosques o para ser bióloga como mi maestra que se parece a la gatita. Me gustaría poder adoptar uno. Ayudar, poco a poco, a los animales que lo necesitan, así como Manu ayuda a las personas que están a la espera, que sufren y que ni pueden darse abasto cuidando un animalito. Por eso te dejo esta carta con ella, junto con unos pesitos que mi mamá me había dado para comprarme un sándwich. Que sirvan, mejor, para darle de comer a ella.

Amiga, muchas gracias por leer esta carta y escucharme. Si estás aquí es porque también hiciste un largo camino y debió haber sido duro. Ojalá pueda volver por uno de los gatitos (si nace uno pintito, apártamelo, por favor) y para darte un abrazo. Manu me prometió que me avisaría, si aún estamos aquí tanto la gatita como yo, para pasar a verlos. Pero si no puedo volver, dejo aquí este abrazo, en mi firma, con mucho cariño.

Sinaí

 

¡Hola, Sinaí!

Yo soy Valentina, tengo nueve años y sí quiero ser tu amiga, muchas gracias. Y sí he cuidado de la gatita. Espero que te guste el nombre que le puse, a mí me gusta mucho, se llama Panterita (no tengo que explicarte por qué, seguro ya adivinaste, ¿verdad?), me inspiré en la película «El libro de la selva», pues ahí sale una pantera muy grande, esta es una panterita chiquita porque no vive en la selva y en realidad es un gato… la verdad, mejor que viva aquí, porque así no se encuentra ni con serpientes ni con tigres. Aunque en las ciudades hay otros peligros, pero ella se sabe cuidar muy bien, también por eso se llama Panterita. Por eso y porque es mágica, pero ese es el secreto que yo te voy a contar a ti. Primero te cuento lo que no es secreto.

Fíjate que yo tenía unos plumones (bueno, unos colores) como los tuyos, pero los tuve que dejar cuando nos venimos de Honduras para acá. Al principio sentí feo porque me gustaba mucho dibujar. Dibujaba aviones, monas chinas, aliens, vestidos y animales porque a mí también me gustan mucho, pero mucho, los animales, Sinaí. Lo bueno es que las cosas que dibujo no viven dentro de los colores, sino en mi cabeza… entonces, cuando los dejé al ladito de un bote de basura y mi abue me dijo que no me pusiera triste, que se los estaba regalando a alguna otra niña o a un niño, me sentí menos triste, porque pensé que le estaba regalando a esa niña o ese niño el poder ver lo que hay dentro de su cabeza. Eso me hizo muy feliz: pensar que los colores dibujarán cosas diferentes a lo que hay en mi cabeza. Yo sé que me comprendes, porque las amigas nos entendemos, entre nosotras, “entre comadres”, dice mi abue. Ella es una experta en comadrismo porque ya ha hecho un montón de amigas en el trayecto y a mí se me hace muy bonito que a cada rato tenga una compita nueva, aunque no sean ni del mismo pueblo ni del mismo país. Antes, en el camino, me hice amiga de Luci que, como tú, es de Guerrero, de Atzompa, me dijo. Ella hablaba español, pero en su pueblo hablan tu’un saavi (que también se llama mixteco, nos explicó Manu). A Luci sus papás la habían mandado traer desde Estados Unidos para que se fuera a Alabama con ellos, pero Migración la retuvo porque viajaba solita y se la llevaron a un DIF  para regresarla con su familia. Mi abuela quería estar más al pendiente de ella, asegurarse de que volviera con su tía y su abuelita, sobre todo se complica si tu lengua materna no es el español. Pero ni modo, nosotros tuvimos que continuar nuestro viaje. Ojalá Luci esté bien.

Me da mucho gusto que seamos amigas, Sinaí. Digamos que tú y yo somos comadres porque tú fuiste madrina de croquetas de Panterita y ahora yo la estoy cuidando a ella y a sus gatitos. ¡Me dio mucha alegría ver cómo nacían! Yo no pude ver cómo nacía mi primo porque se murió junto con mi tía, en su panza, por eso nos tuvimos que ir de nuestra casa.

Todo empezó porque mi abuela no se deja, ella es muy valiente. Mi abuela no dejaba que los mareros dominaran la tierra, los iba sacando poco a poco de la comunidad. Cuando hacía reuniones, todos los palos de mango estaban llenitos de personas, la gente la escuchaba porque ella nos defendía a la comunidad y a la tierra. El problema fue que un tío se hizo malo, como malos son los mareros, y mató a balazos a su propia mujer por la espalda, delante de sus hijas. Si no le importó que fuera a tener a su bebé, mucho menos le íbamos a importar nosotros los sobrinos. Por eso dijo que también nos iba a matar, aunque estuviéramos chiquitos. Fue cuando mi abue dijo “Ni modo, nos tenemos que ir” y yo agarré mis colores y mis sandalias plateadas y nos fuimos de madrugada, toda la familia, en dos coches. Después tuvimos que cruzar un río y casi nos ahogamos (mi hermana se cayó en el agua, al principio me reí, pero luego me dio mucho miedo). Logramos cruzar. Caminamos durante meses y llegamos hasta acá, a la frontera, para pedir asilo. Por eso me da mucho gusto que aquí nos hayamos encontrado con tu carta y con Panterita, y que hayamos podido ayudar a que nacieran los gatitos. Mi abuela insistió mucho a la veterinaria que vino a revisarlos que esterilizaran a Panterita, para que ya no tuviera más hijitos. Nacieron uno blanquito, uno gris, uno negro y ¡uno pintito! El que tú querías, Sinaí, ¿vas a venir por él?

No creas que se me ha olvidado lo del secreto. Ahora sí, te lo voy a contar.

El día que la conocí, me pasó igualito que a ti: Panterita luego luego fue corriendo hacia mí y me ronroneó. Me acordé mucho de los animales que dejamos en casa de mi abuela: los patitos, nuestra perrita… me dio mucha tristeza saber que nunca los voy a volver a ver. Pero Panterita supo que yo estaba triste. “Los animales son sabios”, dice mi abuela, a lo mejor por eso te recordó a tu maestra de biología. Me puso las patitas en los hombros y se me quedó viendo muy fijamente con sus ojos que son mágicos, como de oro derretido, y te hacen escuchar una voz, la que se oye en el aire azul de tu tierra, en los patos cuando chapotean en el agua, en el susurro de los árboles de mango de la mía… Yo estoy segura de que esto te pasó a ti también por lo que me dices en tu carta.

Cuando supo que la escuchaba, Panterita me habló, como a ti. Pero yo creo que sí entendí lo que me dijo. Panterita piensa, como tú dices en tu carta, que las flores no tienen la culpa, porque ellas existen para ser bellas o para sanar dolores, no para adormecerlos nada más. Con su voz de gato y sus ojos de oro, me dijo, como mi abue decía allá en la comunidad, que el problema es la gente que no tiene juicio y que usa la tierra para brotar frutos que se acaban convirtiendo en balas y billetes y sangre. Y que por eso, Sinaí, tú y yo somos muy importantes: porque tú, con la vida que tendrás aquí o allá, en un nuevo lugar, estudiando biología o siendo guardabosques, puedes enseñar a la gente a amar el campo otra vez. A defenderlo, como mi abue me enseñó a mí.

Creo, Sinaí, que estamos en las mismas. No sé cuánto tiempo mi familia y yo estaremos esperando una respuesta, no sé si nos iremos del otro lado o si nos quedaremos aquí, pero mientras tanto aquí estamos, viendo a los gatitos crecer. Ojalá recibas esta carta pronto y puedas venir por el gatito pinto y te podamos conocer. Si no, no te preocupes: aunque yo me vaya, seguro otra comadrita cuidará bien de él, si le escribo una carta como la que tú me escribiste a mí.

Manu me consiguió unos colores. Espero que te guste este dibujo de Panterita y un montón de gatitos haciendo de las suyas en un campo de amapolas.

Con cariño, tu amiga,

Valentina.

Gabriela Damián Miravete (Ciudad de México, 1979) es una escritora cuyos cuentos han sido traducidos a varios idiomas: inglés, italiano, portugués, francés, euskera y japonés. Es autora de los libros La canción detrás de todas las cosas (Elefanta, 2024) y Soñarán en el jardín (Rosarium Press, 2023, Alfaguara, 2025). Ha sido merecedora de diversos galardones, como el Premio James Tiptree, Jr. (ahora conocido como Premio Otherwise), el Premio Shirley Jackson y el International New Star Fishing Fortress Award del Colegio de Ciencia y Tecnología de China, Tai Shan. Es co-fundadora de varios proyectos colaborativos, entre ellos “Mexicona: Imaginación y Futuro” y “Cúmulo de Tesla”, un colectivo de arte y ciencia que publicó el libro Mis pies tienen raíz (Océano Travesía, 2021).

Valentina Glockner Fagetti (1981-2023). Antropóloga mexicana especialista en temas de migración, infancias y las relaciones entre el Estado y el humanitarismo. Ganadora del Premio de la Academia Mexicana de Ciencias a la Mejor tesis de doctorado en Ciencias Sociales y Humanidades 2014 por su investigación sobre las relaciones entre las ONG, el Estado y la Infancia trabajadora-migrante en India. En 2007, su tesis de licenciatura sobre las experiencias de los niños y niñas mixtecos jornaleros ganó dos premios nacionales. Co-dirigió el proyecto Mosaico Etnográfico de la Migración Infantil en el Continente Americano, financiado por la National Geographic Society y que reunió un equipo de 8 antropólogas, geógrafas, educadoras y fotógrafas. Publicó diversos artículos y capítulos en libros colectivos sobre temas de infancia, migración, pobreza, pueblos indígenas y cosmovisión, gubernamentalidad y sociedad civil. Fue becaria del programa CLACSO-CROP para estudios sobre pobreza y del Institute for Advanced Studies de Princeton, y participó en proyectos de investigación del INAH, CIESAS-UNICEF, BUAP-PROMEP y UAMI-CONACYT. Fue una de las fundadoras de Colectiva Infancias, una red de investigadoras especialistas en los estudios sociales sobre infancias en el Sur Global, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México desde 2017.

«La voz firme de Valentina Glockner contribuyó a problematizar las múltiples dimensiones y experiencias de la migración infantil en el continente americano. En su trabajo, las niñas, niños y adolescentes son protagonistas de un fenómeno social, cuya atención inmediata es ineludible. De hecho, uno de sus trabajos recientes consistió en colaborar con más de 70 investigadores e investigadoras del continente americano para documentar y analizar los efectos que la pandemia de Covid-19 tuvo en la migración y el régimen migratorio contemporáneo», escribieron sus colegas del CINVESTAV en esta nota de despedida.

Valentina Glockner. Archivo Cinvestav.

1 Glockner Fagetti, V. (2007). Infancia y representación. Hacia una participación activa de los niños en las investigaciones sociales. TRAMAS. Subjetividad Y Procesos Sociales, (28), 67–83. Recuperado a partir de https://tramas.xoc.uam.mx/index.php/tramas/article/view/478

 

Entrada No. 274
Autor de la nota introductoria: Adolfo Córdova. Autora del cuento «Una carta, una flor y un montón de gatitos»: Gabriela Damián Miravete. Ilustración de portada: Manuel Monroy para La tierra que nos sueña (Heredad, 2025). Fecha original de publicación: 19 de noviembre de 2025.

 

4 Comentarios »

  1. Me emocionó el cuento , la resiliencia de esas niñas , su deseo de ser feliz. Tomo conciencia de esta difícil situacion que viven los migrantes rezo por ellos

    • Muchas gracias por contarnos, Marians. Sí, esa es justo la idea del libro, sensibilizar a lxs lectorxs sobre estas crisis migratorias e intentar involucrarse en proyectos que les ayuden o difundir las injusticias que atraviesan. Un abrazo.

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